UNA IRREPETIBLE PROYECCIÓN SOBRE LA MALDAD HUMANA
Francisco J. Figueroa Weitzman
Esta es la segunda entrega de la serie de artículos «Pensamientos diversos y dispersos» de Francisco J. Figueroa Weitzman
La Shoah (en hebreo שואה, que significa «catástrofe»), no cualquier catástrofe, sino el holocausto del pueblo judío a manos de los nazis. Fue un suceso histórico que construyó un cine particular sobre el mismo, el que se transformó en un parteaguas para comprender el mal y el horror del que es capaz el ser humano. El resultado fue casi un género cinematográfico por derecho propio, no existe otra tragedia experimentada por los hombres a manos de otros hombres que haya penetrado tan profundamente en nuestro espíritu y psiquis. La imagen jugó un rol fundamental en esto.
La Shoah y el cine poseen un vínculo complejo y que puede ser analizado desde ángulos diversos. Por un lado, la memoria histórica. Los films documentales tuvieron un papel relevante al preservar las imágenes del horror ocurrido en los campos de concentración, imágenes que comenzaron a ser registradas, en un grado importante, cuando los aliados ganaron la guerra. Militares estadounidenses y de otros países, al entrar en los campos de exterminio y observar el espanto, decidieron que había que filmarlo para que el mundo en el futuro no pudiera negar la masacre o por lo menos levantar la duda de que algo así existió.
Los cuerpos raquíticos de muertos en vida, esqueletos que aún caminaban; fosas comunes con restos de seres humanos pudriéndose a la intemperie; los galpones con los camarotes donde los internados dormían; las cámaras de gas y salas de experimentos. Los rostros cadavéricos con ojos gigantes, asombrados o embrutecidos mirando a la cámara; el vestuario a rayas particular de los prisioneros con su estrella de David cosida; la marca en el brazo, grabada en la piel y la carne, con el número asignado porque los internos eran eso, un número, no ya un nombre ni menos todavía una persona. Todas son imágenes que el mundo nunca olvidará.
Esta recopilación visual del horror logró entonces su propósito al transformarse para siempre en el símbolo del mal en su grado más extremo, no porque ese límite nunca haya sido cruzado antes, pero sí porque nunca había sido expuesto de ese modo. En este sentido el film documental tiene su subgénero en el documental del holocausto. El documental relató el terror y construyó la memoria al respecto, la Shoah es en parte la Shoah debido al registro fílmico que se hizo.
Hay en segundo lugar un aspecto psicológico, ya que la Shoah no es claramente el único genocidio o asesinato en masa perpetrado por un grupo humano en contra de otro. El genocidio en Ruanda en el cuál la etnia Hutu en complicidad con el gobierno y con un conflicto que tuvo su origen en la colonización belga, asesinaron a cerca de 1 millón de Tutsis. O los crímenes perpetrados por Stalin en la ex Unión Soviética a quien se le calculan 10 millones de muertes. Mao Tse Tung en China, el Khmer Rojo en Camboya. Y podríamos seguir, entonces, ¿qué hace diferente a la Shoah en cuanto a nuestra psiquis?
Diría aventurando una hipótesis, que el gran diferenciador es la estructura montada para exterminar a un pueblo de la faz de la tierra, que fue lo que quisieron los nazis respecto a los judíos. Este énfasis y objetivo, foco absoluto puesto sobre el pueblo judío sin que este lo haya provocado, no se repitió en los demás crímenes, en los cuáles aspectos políticos, ideológicos, tensiones entre grupos étnicos marcaron la pauta. Aunque los millones de muertes en otros genocidios son terribles, no obedecieron a un plan de exterminio tan sistematizado y organizado como lo hicieron los nazis respecto a los judíos en los campos de concentración. Pero la penetración psicológica de este holocausto le debe también al cine parte de su impacto. Hay obviamente películas sobre otros genocidios, pero no se han dado en tal cantidad, diversidad y calidad como ha ocurrido con la Shoah. Si la imagen posee un impacto enorme en nuestra psiquis, el pueblo judío y los aliados en un inicio comprendieron que el registro fílmico de esta tragedia sería la única forma de recordarle permanentemente al mundo lo vivido y, además, le permitiría al pueblo judío luchar por una reparación y “un nunca más”. Esto se dio en un comienzo de forma preponderante por medio del documental.

Pero existen también otros componentes de esta relación entre cine y la Shoah que han sido expuestos además del documental por el cine de ficción. Este último ha tenido en el holocausto un argumento lo suficientemente amplio y con innumerables matices para construir historias memorables. Las cualidades estéticas asociadas a una ética, la belleza fílmica y la verdad juntas. Films como la Lista de Schindler o El Pianista, que relatan episodios reales respecto al holocausto, lo hacen mediante el arte, lo que este puede lograr para transmitir de modo sublime lo vivido. Porque en el dolor también se puede dar la belleza. La escena de El Pianista, sobre la vida del músico judío polaco Vladyslaw Szpilman, cuando este encarnado por el actor Adrian Brody y escondido de los nazis en una casa en ruinas, es encontrado por un general alemán quien le ordena que toque algo en un piano también semi destruido, es de una elocuencia y dramatismo que no requiere palabras. El film dirigido por el cineasta francés de familia judía polaca, Roman Polanski, sobreviviente del ghetto de Cracovia y cuya madre murió en Auschwitz, habla además del vínculo emocional del realizador con esta historia. La sobriedad en la tragedia, la fotografía impresionante, el sentido del humor aún en las situaciones más dramáticas, el abordar la crudeza sin complejos, características tan propias de este realizador, se muestran de modo rotundo en esta película.
En el caso de la “Lista de Schindler” dirigida por Steven Spielberg sobre la vida de Oscar Schindler, el empresario alemán que salvó a miles de judíos de morir a manos de los nazis al contratarlos en su fábrica, fue un film que proyectó al director estadounidense judío a una categoría diferente. Estábamos acostumbrados a verlo en un registro de básicamente entretenimiento, esta película cambió eso.
Los films de ficción cuando son realizados por grandes directores y poseen un reparto de actores conocidos, tienen normalmente asegurada una cantidad de público y exposición mediática inmensamente mayor que los films documentales. En este sentido y haciendo una diferencia en relación a la Shoah, si el documental ha construido la memoria histórica, la rigurosidad en la exposición de los hechos ocurridos tal como fueron, la ficción ha trabajado sobre todo en el plano psicológico. Es el género que ha permitido comprender mediante el arte, la magnitud del drama de quienes sufrieron a manos de los nazis, especialmente cuando enfatiza en la tragedia personal de las víctimas. El documental muestra la crudeza de la realidad, del hecho histórico, la ficción se interna mejor en la verdad íntima, en el alma y la psiquis de quienes padecieron el horror. Ambos géneros han permitido comprender mediante los dos planos de la realidad, el asombroso límite que alcanzó el mal en el hombre reflejado en la Shoah.
Hitler como figura fílmica
Es interesante analizar el antecedente de Leni Riefenstahl, la cineasta de Hitler, en lo que significó posteriormente la imagen cinematográfica sobre la Shoah. Riefensthal, fotógrafa y cineasta, fue quien “construyó” la estética visual del movimiento nazi y de Hitler. Sus películas en blanco y negro, sus ángulos en contrapicado para resaltar y engrandecer los símbolos nazis y al mismo Adolf Hitler, sus panorámicas de las marchas militares, la música marcial, solemne, los primeros planos del líder mientras le hablaba a su pueblo, este aplaudiendo y mirando embelesado, fueron una cuidadosa puesta en escena para transformar al nazismo en una imagen mística y mítica. En este sentido Hitler se construyó cinematográficamente como un semi Dios, alguien con grandeza, adorado por su pueblo. El partido nazi y el mismo pueblo alemán como los destinatarios y símbolos de ese momento luminoso.
Los judíos observaron esto y cuando Alemania cayó, fue entonces el momento de construir una imagen propia, primero mostrando el horror sufrido, lo innombrable y además y algo no menor, una imagen de la que se despedirían para siempre. Porque se da la paradoja de que aunque se han producido innumerables films sobre la Shoah, el pueblo judío se prometió a si mismo que lo que estas películas muestran, una comunidad vulnerable, frágil, humillada, torturada y masacrada, el mundo no lo volvería a ver. Luego vino el nuevo Estado de Israel, refugio de un judío renovado en espíritu y cuerpo, fuerte, decidido, poderoso. De ahí por ejemplo el documental “Los hijos del sol” que muestra la vida de los primeros kibutzim en la patria judía. Y en esta filmografía Hitler y el nazismo cayeron al otro extremo de lo mostrado por Riefenstahl. Se mostraron como lo que en realidad fueron, un líder y un movimiento despreciables. El juicio de Nuremberg, el proceso judicial entablado contra los principales líderes nazis una vez finalizada la Segunda Guerra, se sustentó en una parte importante en películas y fotografías que mostraron el horror de los campos de exterminio.
Por eso quizá Leni Riefenstahl ayudó, sin quererlo, a construir la estética de la filmografía sobre la Shoah y el Israel que vendría, porque los judíos necesitaban una documentación visual tanto o más impactante que la creada por la realizadora alemana. La diferencia es que Riefenstahl creó un relato basado en una estética, fue un ejercicio de propaganda estilizado, en cambio la filmografía sobre el holocausto no necesitó crear (inventar) nada, solo bastó con mostrar las cosas como ocurrieron, solo eso ya fue demasiado impresionante. Si la de Riefenstahl fue una producción que duró pocos años, el cine sobre la Shoah puede ser eterno.
Hay un film en particular que es uno de los mayores referentes del cine sobre El Holocausto judío. La película documental “Shoah” de Claude Lanzmann.

Qué es lo que dicen algunas fuentes sobre esta producción:
“Shoah es un documental monumental dirigido por Claude Lanzmann, estrenado en 1985, que aborda el exterminio de los judíos durante el Holocausto.
A diferencia de otros documentales, Shoah no utiliza imágenes de archivo históricas. En su lugar, se construye casi exclusivamente a partir de entrevistas realizadas en los años 70 y 80 a sobrevivientes, testigos y también a nazis. Entre estos últimos está la entrevista al SS Franz Suchomel, rodado con cámara oculta bajo la promesa (incumplida) de no ser revelada la identidad del entrevistado. A través de estos relatos, la película reconstruye cómo funcionaron los campos de exterminio y la maquinaria del genocidio.
El film se centra especialmente en lugares como Treblinka, Auschwitz y Sobibor. Las historias personales —muchas veces estremecedoras— revelan detalles sobre las deportaciones, las cámaras de gas y la vida cotidiana bajo el horror.
Uno de los aspectos más impactantes es que Lanzmann filma los lugares tal como se veían décadas después, en aparente calma, contrastando con los testimonios que evocan lo ocurrido allí. Esto refuerza la idea de memoria y ausencia: lo que pasó no se ve, pero permanece en quienes lo vivieron.
En esencia, Shoah no es solo un relato histórico, sino una exploración profunda de la memoria, el testimonio y la imposibilidad de representar plenamente el horror del Holocausto. Su duración (más de 9 horas) refleja la intención de dar espacio y tiempo a las voces de quienes vivieron esa tragedia”.

Existen obviamente innumerables otros films documentales y de ficción sobre el Holocausto. Repasemos un breve listado.
Noche y niebla (1956) – de Alain Resnais, un documental de media hora de duración y realizado solo 11 años después de finalizada la Segunda Guerra, por lo que aún se estaba intentando comprender el horror sucedido en los campos de exterminio nazis.
El hijo de Saúl (2015) – de László Nemes, joven director húngaro de familia judía por el lado materno, parte de la cuál desapareció en los campos de concentración.
La zona de interés (2023) – de Jonathan Glazer. En esta película adaptación de un libro de Martín Amis, el director le da una vuelta al horror explícito mostrado por mucha de la filmografía sobre la Shoah. Acá, el mal se sugiere, lo que muchas veces es más impactante, mostrando el otro lado, la vida cotidiana de una familia nazi cuyo luminoso hogar es vecino del campo de exterminio de Auschwitz. Todo ocurre en esta casa, lo que pasa al otro lado de sugiere o se muestra sutilmente. Esta película es uno de los mejores ejemplos de lo que la filósofa Hannah Arendt llamó la banalidad del mal. Es decir, el mal y el horror pueden convivir perfectamente con situaciones domésticas, incluso felices y con personajes comunes y corrientes.
No pueden faltar “La vida es bella” de Roberto Benigni, sobre lo que es capaz un padre para proteger a un hijo, en este caso en un campo de concentración y la cantidad de versiones que se han hecho sobre la vida de Ana Frank, la joven holandesa que escribió su diario mientras permanecía escondida de los nazis.
¿Cuál sería una conclusión que considero importante y que puede ser una clave para comprender la diferencia en el impacto del holocausto judío, la Shoah, con respecto a otros holocaustos y como el cine colaboró con esto? No es la tragedia de la muerte horrorosa en sí misma, en eso no hay distinción, la masacre de un pueblo, cualquiera sea este, siempre será terrible. La diferencia es cuánto ha perdurado en la historia y en nuestra psiquis la Shoah como el mayor reflejo, muestra, de la maldad humana por sobre otros actos criminales. Creo que tiene que ver con tres aspectos.
El primero, la sensibilidad del judío por ser un pueblo que ama profundamente la vida. En este sentido, toda muerte injusta, el asesinato, una masacre de tal magnitud como fue la Shoah no podía quedar impune, no podía no exhibirse metódicamente a través de la historia por todos los medios posibles para que nunca se negara y para que los asesinos pagaran en lo posible por sus crímenes. (Recordemos sólo como ejemplos, el juicio de Nuremberg y la labor del cazador de nazis Simón Wiesenthal, además del juicio a Eichmann en Israel, luego de ser capturado en Argentina donde vivía escondido). En el segundo aspecto, la industria de los medios de comunicación, del cine y periódicos, tuvo una vez finalizada la Segunda Guerra una participación importante de judíos como productores, realizadores y periodistas.
Y por último, mostrar los horrores del holocausto en películas de toda índole, marcó el contrapunto para lo que sería el pueblo judío e Israel como su patria, con posterioridad a la Shoah. Las imágenes del judío frágil, humillado, torturado, asesinado, debían mostrarse precisamente para girar la aguja al otro extremo. “Hicieron esto con nosotros, entenderán que algo así nunca más ocurrirá. Entonces hoy el judío e Israel son un pueblo orgulloso, fuerte, poderoso, imponente”. El cine influyó de modo relevante al proyectar estos aspectos de la historia.
Y queda entonces una pregunta que siempre se hace y que es difícil responder claramente. ¿El cine refleja o construye realidad? Como hecho histórico sólo la refleja, porque el suceso existió (o existe) haya o no sido filmado o representado en el cine. Los 6 millones de judíos asesinados en los campos de concentración fueron masacrados independiente de las películas al respecto. Pero a nivel psíquico el cine, como ningún otro arte o disciplina, construye y le da su peso específico a los asuntos. Imaginemos la Shoah como hecho histórico si no existieran films al respecto, si solo por ejemplo se hubiera escrito sobre esta, se hubieran expuesto algunas fotografías, nada más. Por muy extensos y rigurosos de los libros que la hubieran relatado, con información amplia, completa, verificable, la percepción del horror, de la tragedia vivida en los campos de concentración no sería ni de cerca la que hoy es.
Francisco J. Figueroa Weitzman
12 de abril del 2026


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