Francisco J. Figueroa Weitzman
Esta es la tercera entrega de la serie de artículos «Pensamientos diversos y dispersos» de Francisco J. Figueroa Weitzman
Este artículo es el intento de cierto nivel de respuesta a dos preguntas. ¿Actualmente, es posible continuar haciendo periodismo serio, con la avalancha de plataformas de comunicación, redes sociales, medios o pseudo medios en cualquier formato, es decir con los miles de datos y noticias que nos llegan cada hora de cada día, exacerbado aún más por la irrupción de la IA y por una urgencia casi histérica por comunicar todo de forma inmediata, dejando al periodismo de investigación o de largo aliento aún en peores circunstancias de las que ya se encuentra desde hace un tiempo? y ¿en este escenario de saturación informativa inversamente proporcional al rigor informativo, como queda Israel, gana o pierde?.
Mi respuesta anticipada a la primera interrogante es que es muy difícil hacerlo, es decir, continuar en una cruzada periodística basada en criterios rigurosos, pero eso no le quita legitimidad ni peso al intento. Sobre la segunda pregunta, creo que Israel pierde, porque en la confusión de un escenario mediático que ya no busca la verdad de los hechos, cualquier barbaridad se puede decir, más todavía de las que ya se han dicho en la historia sobre Israel y los judíos. Es decir, barbaridades o mentiras se han expresado siempre, pero antes era más fácil distinguirlas de la verdad e inteligencia analítica, hoy, se mezclan y confunden.
Por poner un solo ejemplo, desde que inició la actual guerra entre Israel y Estados Unidos en contra del régimen de Irán, no he visto una cobertura periodística que hable de la historia de odio, amenazas y terrorismo de la nación persa en contra del Estado judío. Lo que hay son opiniones, pero no una cobertura profesional. Décadas de agresiones y hoy los medios ponen el dedo en una guerra que solo lleva unos pocos meses.
UNA HISTORIA PERSONAL
El 7 de octubre del 2023, fecha de la masacre de civiles israelíes a manos del grupo terrorista Hamás, me encontraba trabajando con un medio de comunicación en Centroamérica, específicamente realizando unos documentales de investigación sobre diversos temas de alto impacto. Poco más de un mes después de esa tragedia, pasados los primeros días de shock absoluto y ya con la guerra declarada de Israel al grupo Hamás, pensé que era el momento para hacer algo en relación a este hecho, que sabíamos provocaría un cambio sustancial en la política internacional. Decidí partir con una entrevista al embajador de Israel en Guatemala, que aceptó la invitación y quisimos hacer lo mismo con algún representante diplomático palestino, que trabajaba desde el vecino país de El Salvador, pero esta última no se pudo concretar.
La mayor dificultad no la tuve en el exterior, sino en el mismo medio de comunicación. Fuera del Director General de este, que apoyó de inmediato la realización de la cobertura, el resto del personal periodístico y de producción se manejó entre un rechazo disimulado o abierto dependiendo quien y la indiferencia absoluta a esa iniciativa.
Uno me manifestó la antipatía abierta por Israel (el punto para él era la guerra librada en Gaza y las penurias de los palestinos, sobre la carnicería en suelo israelí ningún comentario) y por lo mismo el cuestionamiento al valor de la entrevista, otros dos me preguntaron (cuestionaron básicamente) ¿por qué o para qué lo hacía, cuál era el aporte o beneficio que obtendría el medio?

Plop, esa fue mi reacción. ¿Si integrantes de un medio de comunicación que además tenía un departamento de producción periodística, no comprendieron que incluir lo ocurrido el 7 de octubre, cuyo impacto afectaría por años no únicamente a Medio Oriente sino al mundo entero, era algo esencial, que se puede esperar de quienes no trabajan en el oficio periodístico?. No entendieron que cubrir esta noticia desde formatos que fueran más allá del mero titular y nota del día, era no solo necesario u obvio para cualquier medio serio, sino urgente.
Falta de entendimiento que me hizo confirmar primero el en ocasiones enorme malentendido en las disciplinas de la información, saber en dónde se encuentran sus valores más importantes y en segundo lugar, puso en evidencia el desconocimiento (o resentimiento, quizá si esta tragedia le hubiera ocurrido a otra nación hubieran mostrado mayor interés) con respecto a Israel. Sobre el oficio mi conclusión es que actualmente varios, más que medios periodísticos son agencias de relaciones públicas con profesionales preocupados de likes, algoritmos, rating, marcas y menos del alma, la esencia de lo que significa hacer periodismo con garra y rigor.
Con respecto a Israel, una ignorancia suprema no solo de su historia, sino de su rol en la geopolítica de la región donde se ubica, de su peso a nivel internacional y especialmente, de lo que significa vivir en un país geográficamente tan pequeño rodeado de enemigos geográficamente mucho más grandes, que solo quieren (y lo expresan abiertamente) su exterminio.
Esta historia entonces, por supuesto con la subjetividad que todo hecho de carácter personal tiene, pienso hace interesante analizar la relación entre medios de comunicación, Israel y la verdad o mentira que se instala entre ambos.
Partamos con la lógica que opera primero en las redes sociales que se han convertido, querámoslo o no, en medios de comunicación, dónde el ciudadano ha encontrado un espacio para publicar e informar (y mal informar lamentablemente).
PREMISA 1
De algún modo cada persona es un reportero. Pero la estructura general que opera en las redes en relación a hechos noticiosos, quitando todo el aspecto social de las mismas, o sea las historias de carácter íntimo o personal, es binaria.
Son en una parte importante publicaciones que inician y terminan con una conclusión categórica. Entregan de un “hecho” en general solo un lado, y de ese único lado solo imágenes y textos que validan lo publicado. Se trata de cajas cerradas de información, sin historia, sin contexto, sin contrastar fuentes. Dejando fuera lo que son publicaciones falsas, información e imágenes inventadas o trucadas, las que corresponden a noticias reales, igualmente están encajonadas en una verdad pequeña y con un carácter absoluto, que no permite el análisis, debate o discusión. Estás o no de acuerdo, le pones o no like.
Y esto juega desde cualquier lado, interés ideológico o nacional. En el caso de Israel, tanto quienes lo atacan como quienes lo defienden entran muchas veces en este juego de absolutos. Entonces ves textos e imágenes que crucifican a Israel o los judíos presentándolos como la peor pesadilla del mundo o ves defensas de Israel y los judíos que más que ayudar perjudican, porque caen en una narrativa “naif” y radical, sin admitir contrapesos.

Pero sin embargo hay una diferencia en esta lógica de las redes sociales con respecto a la nación judía. Normalmente se trata de ataques o defensas furiosas, con poco o ningún margen para la discusión, para la comprensión más allá de la ideología y para el conocimiento de un país, una cultura, trascendiendo el terreno bélico. El tratamiento periodístico con Israel a diferencia de otros países, carece precisamente de una ética periodística, cayendo continuamente en el sesgo fanático, tanto de rechazo como de aceptación. A nivel internacional definitivamente prevalece el rechazo que se transforma muchas veces en narrativas de odio irracional.
Veamos un ejemplo de algo reciente publicado en facebook y que me compartieron. Se trata de un análisis, más cercano a una opinión, lleno de ironía, sobre la lógica de las redes sociales y el papel de la prensa francesa, su odiosidad sobre la nación judía.
Firmado por Thierry Amouyal, refleja a mi gusto de modo certero la lógica operativa de las redes sociales en general y en lo particular, en las notas sobre Israel y los judíos. Pero Amouyal tiñe esto de una opinión demasiado subjetiva y emocional.
Amouyal escribe que su feed diario de Google “huele a alcantarilla”, y que la máquina le entrega, una y otra vez, una abrumadora mayoría de artículos desfavorables a Israel y al pueblo judío.
Relata cómo el sesgo antisionista de la prensa francesa lo deja ya casi filosófico, acostumbrado a filtrar un flujo de mentiras y perfidias, y cómo, desde la guerra con Irán y la operación contra Hezbolá, ese sesgo ha llegado a un punto que él considera “inmundicia medieval”, con acusaciones que evocan pogromos.
Entre los ejemplos que cita, aparecen imágenes de un “gran Israel” presentado como un imperio colonial ávido de ocupar “millones de kilómetros cuadrados”; comparaciones de las FDI con divisiones de las SS que masacran poblaciones inocentes; acusaciones de genocidio en Gaza y de un supuesto genocidio inminente en el Líbano; y la figura de Netanyahu caricaturizado como “nazi” que arrastra a Trump a una guerra “terrible e ilegal”.
Son ejemplos extremos, pero no aislados, de un lenguaje que mezcla demonización histórica y analogías nazis.
Amouyal atribuye este clima a una suerte de “puntos de conversación” producidos desde instancias oficiales francesas y difundidos por la gran prensa, y concluye con una referencia directa a Goebbels y a la idea de la “cinta transportadora” que, paso a paso, despoja a los judíos de sus posiciones, contactos y posesiones hasta dejarlos completamente vulnerables y listos para ser eliminados.
Su pregunta final, dirigida a los judíos que aún viven en Francia, es si esa cinta transportadora no está ya funcionando bajo sus pies.
Comparto este ejemplo no porque represente una verdad absoluta, sino porque ilustra dos fenómenos.
Por un lado, la forma en que las redes amplifican un lenguaje de odio que se nutre de viejos estereotipos antisemitas, ahora recubiertos de ropaje “crítico” y “político”.
Por otro, la manera en que incluso quienes reaccionan a ese odio —como Amouyal— pueden caer, por la propia intensidad emocional, en un tono que difícilmente abre espacio al matiz o al diálogo.
¿Y qué pasa en medios periodísticos tradicionales y prestigiosos? Los grandes diarios y cadenas de televisión.
PREMISA 2
Casi no existe tratamiento y cobertura periodística sobre Israel que hable de algo más que sus guerras y también, de algo más que sus vecinos, incluídos palestinos, normalmente adjudicándole a Israel el rol de victimario y a los árabes, especialmente palestinos y actualmente libaneses, el de víctimas.
Los medios no hacen cobertura, no ven (y por eso no vemos) sobre Israel que muestre su cotidianidad social, sus comunidades, el día a día, sus complejidades internas que no tienen que ver necesariamente con la guerra u otros pueblos o naciones, es decir, un acercamiento abierto al país y su cultura, con todas las características, disyuntivas y luces o sombras que uno puede descubrir en cualquier otro.
A no ser que se trate de información específica como por ejemplo sobre turismo, parece ser que Israel representa para los medios de comunicación no una nación, sino un ejército, como si no tuviera una sociedad que vive y sueña igual que en todo rincón del planeta. Y cuando se muestra el aspecto de la guerra, muy pocos medios, a veces ninguno, dan el contexto completo.

Es evidente que cualquier selección de ejemplos es en sí misma una forma de sesgo, pero sirve para ilustrar tendencias.
Medios escritos internacionales – Algunos titulares 2023
- El País: “Hamás lanza contra Israel un ataque sin precedente desde Gaza”.
- El Mundo (Europa Press): “Hamás desata el terror en Israel y provoca una guerra total”.
- elDiario.es: “Israel ejecuta su ‘venganza’ y teme un nuevo frente con Hizbulá” / “Más de 1.100 muertos en Israel y Gaza por el mayor enfrentamiento en décadas”.
- Agencias tipo EFE: “Más de mil muertos en ambos lados en el segundo día de guerra”.
- Prensa de Oriente Medio (Qatar): “La resistencia palestina destroza el prestigio de Israel”.
Algunos titulares 2024
- The New York Times: “Incursión israelí en Rafah rescata a 2 rehenes y mata a decenas”; “EE. UU., la ONU y la Corte Penal advierten contra una invasión de Rafah”; “Israel prepara una guerra prolongada en Gaza durante 2024”.
- El País: “Israel intensifica su ofensiva en Gaza mientras crece la presión internacional”; “La crisis humanitaria en Gaza se agrava por los ataques israelíes”; “La ofensiva en Rafah dispara la alarma mundial”.
- BBC News: “Israel dice que la guerra en Gaza continuará durante todo 2024”; “Ataques israelíes alcanzan Rafah mientras crece la preocupación internacional”; “Israel mata a comandante de Hamás en ataque en Gaza”.
- Otras formulaciones frecuentes: “Crisis humanitaria se agrava mientras Israel continúa bombardeos”; “ONU acusa a Israel de graves violaciones contra niños en conflicto”; “Corte Penal Internacional busca órdenes de arresto contra líderes israelíes”; “Crecen acusaciones de crímenes de guerra en Gaza”; “Israel lanza mayor operación en Cisjordania en décadas”; “Israel e Irán intercambian ataques en aumento de tensiones”.
Cuando uno lee estos titulares, se da cuenta de que no existe mención a Hamás y Hezbollah como grupos terroristas, lo único que se acerca es el que dice que Hamás desató el terror en Israel. El 2024, ya las notas se olvidaron de lo que ocurrió el 7 de octubre del año anterior y todo se centró en lo que Israel hacía o dejaba de hacer, colocándolo en general en el rol del agresor. Tampoco hay coberturas que expliquen lo que Irán lleva haciendo décadas al financiar agrupaciones terroristas para que ataquen Israel. Es decir, igualan (en el mejor de los casos) la posición de ambos países.
REFLEXIONES FINALES
Si los miles de noticias que nos llegan cada día por distintos medios, en todos los formatos, hace imposible concluir otra cosa que seleccionar unos pocos ejemplos es nada en relación a cualquier otra selección que se pudiera hacer y que la lógica de la velocidad con que nos llega o enviamos la información hace también imposible seguirle el ritmo, en una escala de trabajo humana no es viable. En esto está de modo paradójico la evidencia y la trampa.
La evidencia de que casi cualquier noticia en relación a Israel es un relato ideológico, que de modo preponderante es odioso al Estado judío, va en contra de este, pero también existen los relatos que mediante una propaganda ingenua y radical, pretenden convencer de que todo lo realizado por ese país es bueno. Esto último le hace un muy flaco favor. Querer, admirar, tener un vínculo especial con Israel no debe cegarnos, al contrario, nos debe llevar a una crítica seria, responsable, que eleve el debate.
En cuanto a las notas de prensa en contra de Israel, que son la mayoría, un común denominador son las trampas lingüísticas para hacer parecer que es algo objetivo o analítico. Hamás hizo una masacre el 7 de octubre, pero Israel tiene a la población palestina sometida, …Hamás es un grupo de resistencia, (muchos medios lo llaman de ese modo), pocos se atreven a decir claramente lo que son, una agrupación terrorista, en el mejor de los casos lo llaman facción radical….Esa clase de trampas como cuando alguien lanza una barbaridad en contra de Israel o el judaísmo pero replica de inmediato, “…pero tengo muy buenos amigos judíos”, o la muy actual de “no soy antisemita, solo soy antisionista”.
Israel y el judaísmo, en la retórica, la narrativa, son siempre incómodos, levantan las alertas, siempre hay peros, siempre hay desconfianza, incluso en el halago se esconde una violencia, como cuando te dicen algo desagradable sobre los judíos y luego “…pero son muy inteligentes”. Israel y los judíos no son tratados desde el lenguaje como cualquier otra nación y pueblo. La violencia explícita o sutil, la agresión, el sarcasmo, comienza desde las palabras. Quienes somos judíos lo venimos escuchando y llevamos viviendo desde que nacimos.
Las redes sociales han permitido y exacerbado la posibilidad de atacar a Israel (y también defenderlo) sin ninguna tabla de rigor mínimo, básicamente hoy se puede decir lo que se quiera y millones lo creerán. Y medios de comunicación se supone prestigiosos y con tradición, en aras de intentar igualar esa velocidad, también están muchas veces publicando cualquier cosa.
Pensadores importantes han hablado de la época actual, momento que por las posibilidades tecnológicas está significando la muerte de la palabra, el análisis, la reflexión y el debate.
George Steiner, en un ensayo titulado “El abandono de la palabra” expresa. “El apóstol nos dice que en el principio era la Palabra. No nos da garantía alguna sobre el final”…..”Al hecho de su herencia greco judía la civilización occidental debe su carácter esencialmente verbal. La primacía de la palabra, de lo que puede decirse y comunicarse en el discurso, es característica del genio griego y judío y llegó hasta el cristianismo…… ¿Qué cosa fuera de verdades a medias, simplificaciones groseras o trivialidades puede, en efecto, comunicársele a ese público de masas, semianalfabeto que la democracia moderna ha reunido en las plazas?. (Ese público y esas plazas están hoy en las redes, en la virtualidad).
Byung Chul Han en una entrevista dada para Zeit Wissen expresó “Hoy ni siquiera hay conocimiento, sólo información. Saber es completamente diferente a la información. El conocimiento y la verdad suenan anticuados ahora. El conocimiento también tiene una estructura temporal diferente, abarca el pasado y el futuro. Y la temporalidad de la información es el presente, ahora.”
Quizá lo que falta es parar el frenesí de estar todo el día conectado, publicando o recibiendo información. Volver a las bases, investigar, buscar fuentes, evidencias, contrastar y llegar a la verdad de los hechos (o acercarse lo más posible en un esfuerzo genuino) tal como ocurrieron; al contexto y la historia que permiten comprender el trasfondo de un suceso. Porque en el ruido comunicacional es fácil ajusticiar a quien sea, no se requiere demostrar nada e Israel ha sido el chivo expiatorio perfecto.
Así como comencé cierro con una historia también personal. Un hermano y una amiga acaban de regresar de un viaje a Israel y a Polonia, país este último donde visitaron 4 campos de exterminio nazis. (Auschwitz, Treblinka, Birkenau y Madjanek). Sobre esta visita a los campos de concentración, mi hermano impactado me recalcó algo, que los guías siempre usan la expresión “los judíos o las personas que acá fueron asesinadas”, no “que murieron”, sino “fueron asesinadas”. Esto que podría ser una pequeña variante semántica o una obviedad, es de una importancia enorme. Porque la palabra, el lenguaje, será grande y expresará verdad (y por lo tanto belleza) en la medida de que lo usemos bien. Cada término expresa algo, la potencia de ese algo está en emplear las palabras que dicen lo que un hecho concreto significa. Si los medios y el periodismo ocuparan el lenguaje de los hechos y la evidencia sobre Israel y el judaísmo, es decir, buscaran la verdad, el mundo vería de un modo más claro lo que verdaderamente es Israel, su sociedad y el pueblo judío, con muchas más luces de las que ahora pueden observar y ciertamente y por supuesto, también apreciaría mejor sus sombras.


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