Periodismo, post verdad y el relato sobre Israel y los judíos

May 10, 2026 | Blog

Francisco J. Figueroa Weitzman

Esta es la tercera entrega de la serie de artículos «Pensamientos diversos y dispersos» de Francisco J. Figueroa Weitzman

Este artículo intenta ofrecer una respuesta, al menos parcial, a dos preguntas.
La primera: ¿es posible hoy hacer periodismo serio en medio de la avalancha de plataformas, redes sociales y medios o pseudomedios en todos los formatos, con miles de datos y noticias que nos llegan cada hora, fenómeno exacerbado por la irrupción de la IA y por una urgencia casi histérica por comunicar todo de inmediato, dejando al periodismo de investigación o de largo aliento en una situación aún peor que la que ya tenía desde hace tiempo?
La segunda: en este escenario de saturación informativa, inversamente proporcional al rigor, ¿cómo queda Israel, gana o pierde?

Mi respuesta anticipada a la primera es que hoy es muy difícil ejercer una cruzada periodística basada en criterios rigurosos, pero esa dificultad no le quita legitimidad ni peso al intento.
En cuanto a la segunda, creo que Israel pierde, porque en la confusión de un escenario mediático que ya no busca la verdad de los hechos, cualquier barbaridad se puede decir, todavía más de las que ya se han dicho históricamente sobre Israel y los judíos.
Mentiras y barbaridades siempre han existido, pero antes era más fácil distinguirlas de la verdad y de la inteligencia analítica; hoy se mezclan y confunden.

Por poner un solo ejemplo, desde que comenzó la actual guerra entre Israel y Estados Unidos contra el régimen de Irán, casi no he visto (si existe, no ha sido visible) una cobertura periodística que aborde la historia de odio, amenazas y terrorismo de la nación persa hacia el Estado judío. Lo que predominan son opiniones, no coberturas profesionales.
Décadas de agresiones quedan relegadas, mientras los medios ponen el foco casi exclusivo en una guerra que solo lleva unos pocos meses.

UNA HISTORIA PERSONAL

El 7 de octubre del 2023, fecha de la masacre de civiles israelíes a manos del grupo terrorista Hamás, me encontraba trabajando con un medio de comunicación en Centroamérica, realizando documentales de investigación sobre diversos temas de alto impacto.
Poco más de un mes después de esa tragedia, pasados los primeros días de shock absoluto y ya con la guerra declarada de Israel contra Hamás, pensé que era el momento de hacer algo en relación con este hecho, que sabíamos provocaría un cambio sustancial en la política internacional.
Decidí comenzar con una entrevista al embajador de Israel en Guatemala, que aceptó la invitación, y quisimos hacer lo mismo con algún representante diplomático palestino que trabajaba desde el vecino El Salvador, pero esta última entrevista no se pudo concretar.

La mayor dificultad no la encontré afuera, sino dentro del propio medio de comunicación.
Fuera del dueño y CEO, que apoyó de inmediato la realización de la cobertura, el resto del personal periodístico y de producción se movió entre un rechazo disimulado u abierto, según quién fuera, y una indiferencia absoluta frente a la iniciativa.
Uno me manifestó abiertamente su antipatía por Israel: para él el punto era la guerra en Gaza y las penurias de los palestinos; sobre la carnicería en suelo israelí no hizo comentario alguno.
Otros dos me preguntaron —en realidad cuestionaron— por qué y para qué hacía esa entrevista, qué aporte o beneficio obtendría el medio.

Foto ilustración. CC BY-NC 4.0

Mi reacción fue una mezcla de sorpresa y decepción. Si integrantes de un medio de comunicación que además tenía un departamento de producción periodística no comprendieron que incluir lo ocurrido el 7 de octubre —un hecho cuyo impacto afectaría durante años no solo a Medio Oriente, sino al mundo entero— era algo esencial, ¿qué se puede esperar de quienes no trabajan en el oficio periodístico?
No entendieron que cubrir esta noticia desde formatos que fueran más allá del mero titular y de la nota del día no solo era necesario u obvio para cualquier medio serio, sino urgente.

Esa falta de entendimiento me confirmó, primero, el enorme malentendido que existe en las disciplinas de la información respecto de dónde se encuentran sus valores más importantes.
Y, segundo, puso en evidencia el desconocimiento (o resentimiento; quizá si esta tragedia le hubiera ocurrido a otra nación hubieran mostrado mayor interés) respecto de Israel.
Sobre el oficio, mi conclusión es que hoy varios medios se parecen más a agencias de relaciones públicas, con profesionales preocupados por likes, algoritmos, rating y marcas, y menos por el alma, la esencia de lo que significa hacer periodismo con garra y rigor.

En cuanto a Israel, percibí una ignorancia suprema no solo de su historia, sino de su rol en la geopolítica regional, de su peso internacional y, especialmente, de lo que implica vivir en un país geográficamente tan pequeño, rodeado de enemigos mucho más grandes que declaran abiertamente querer su exterminio.
Esta historia, con toda la inevitable subjetividad de un hecho personal, me parece un buen punto de partida para analizar la relación entre medios de comunicación, Israel y la verdad o la mentira que se instala entre ambos.

Partamos por la lógica que opera primero en las redes sociales, que se han convertido, querámoslo o no, en medios de comunicación donde el ciudadano ha encontrado un espacio para publicar e informar (y desinformar, lamentablemente).

PREMISA 1

De algún modo cada persona es un reportero. Pero la estructura general que opera en las redes en relación con hechos noticiosos, dejando de lado el aspecto social —las historias íntimas o personales—, es binaria.

En una parte importante, se trata de publicaciones que empiezan y terminan con una conclusión categórica.
Presentan de un “hecho”, en general, solo un lado, y de ese único lado solo imágenes y textos que lo validan.
Son cajas cerradas de información: sin historia, sin contexto, sin contraste de fuentes.
Incluso cuando no son noticias falsas ni imágenes trucadas, las publicaciones sobre hechos reales suelen estar encerradas en una verdad pequeña y de carácter absoluto, que no permite análisis, debate o discusión.
Estás o no de acuerdo, pones o no un like.

Noticias falsas de Nick Youngson CC BY-SA 3.0 Alpha Stock Images

Esto funciona desde cualquier lugar, ideología o interés nacional. En el caso de Israel, tanto quienes lo atacan como quienes lo defienden caen muchas veces en este juego de absolutos.
Vemos textos e imágenes que crucifican a Israel o a los judíos presentándolos como la peor pesadilla del mundo, o defensas de Israel que más que ayudar perjudican, porque se enredan en una narrativa ingenua y radical que no admite contrapesos.

Sin embargo, hay un matiz importante en esta lógica cuando se trata de la nación judía. Con frecuencia se trata de ataques o defensas furiosas, con poco margen para la discusión, la comprensión más allá de la ideología y el conocimiento de un país y una cultura que trascienden el terreno bélico.
El tratamiento periodístico de Israel, a diferencia de otros países, carece a menudo de una ética periodística mínima y cae en un sesgo fanático tanto de rechazo como de aceptación, con un claro predominio del rechazo que se transforma muchas veces en narrativas de odio irracional.

Un ejemplo reciente: la prensa francesa y las redes

Veamos un ejemplo reciente publicado en Facebook y que me compartieron.
Se trata de un texto de Thierry Amouyal, más cercano a una opinión que a un análisis, lleno de ironía, donde reflexiona sobre la lógica de las redes sociales y el papel de la prensa francesa, con su hostilidad hacia la nación judía.
Firmado por Amouyal, refleja a mi juicio de modo certero la lógica operativa de las redes y, en particular, de las notas sobre Israel y los judíos, aunque teñido por una subjetividad emocional muy marcada.

Amouyal escribe que su feed diario de Google “huele a alcantarilla”, y que la máquina le entrega, una y otra vez, una abrumadora mayoría de artículos desfavorables a Israel y al pueblo judío.
Relata cómo el sesgo antisionista de la prensa francesa lo deja ya casi filosófico, acostumbrado a filtrar un flujo de mentiras y perfidias, y cómo, desde la guerra con Irán y la operación contra Hezbolá, ese sesgo ha llegado a un punto que él considera “inmundicia medieval”, con acusaciones que evocan pogromos.

Entre los ejemplos que cita, aparecen imágenes de un “gran Israel” presentado como un imperio colonial ávido de ocupar “millones de kilómetros cuadrados”; comparaciones de las FDI con divisiones de las SS que masacran poblaciones inocentes; acusaciones de genocidio en Gaza y de un supuesto genocidio inminente en el Líbano; y la figura de Netanyahu caricaturizado como “nazi” que arrastra a Trump a una guerra “terrible e ilegal”.
Son ejemplos extremos, pero no aislados, de un lenguaje que mezcla demonización histórica y analogías nazis.

Amouyal atribuye este clima a una suerte de “puntos de conversación” producidos desde instancias oficiales francesas y difundidos por la gran prensa, y concluye con una referencia directa a Goebbels y a la idea de la “cinta transportadora” que, paso a paso, despoja a los judíos de sus posiciones, contactos y posesiones hasta dejarlos completamente vulnerables y listos para ser eliminados.
Su pregunta final, dirigida a los judíos que aún viven en Francia, es si esa cinta transportadora no está ya funcionando bajo sus pies.

Comparto este ejemplo no porque represente una verdad absoluta, sino porque ilustra dos fenómenos.
Por un lado, la forma en que las redes amplifican un lenguaje de odio que se nutre de viejos estereotipos antisemitas, ahora recubiertos de ropaje “crítico” y “político”.
Por otro, la manera en que incluso quienes reaccionan a ese odio —como Amouyal— pueden caer, por la propia intensidad emocional, en un tono que difícilmente abre espacio al matiz o al diálogo.

PREMISA 2

Casi no existe tratamiento periodístico sobre Israel que hable de algo más que sus guerras y sus vecinos —incluidos los palestinos—, adjudicándole por lo general a Israel el rol de victimario y a los árabes, especialmente palestinos y hoy libaneses, el de víctimas.

Bulevar Rothschild, Tel Aviv
Bulevar Rothschild, Tel Aviv

Los medios rara vez ofrecen coberturas que muestren la cotidianidad social de Israel, sus comunidades, su día a día, sus complejidades internas no ligadas directamente a la guerra u otros pueblos o naciones.
Falta un acercamiento abierto al país y a su cultura, con todas las características, disyuntivas, luces y sombras que podemos encontrar en cualquier otro lugar del mundo.
A menos que se trate de notas muy específicas —por ejemplo, sobre turismo—, pareciera que Israel no fuera una nación sino únicamente un ejército, como si no tuviera una sociedad que vive y sueña igual que en cualquier rincón del planeta.
Y cuando se muestra el aspecto bélico, muy pocos medios ofrecen el contexto completo.

ALGUNOS EJEMPLOS

Es evidente que cualquier selección de ejemplos es en sí misma una forma de sesgo, pero sirve para ilustrar tendencias.

Medios escritos internacionales – Titulares 2023

  • El País: “Hamás lanza contra Israel un ataque sin precedente desde Gaza”.
  • El Mundo (Europa Press): “Hamás desata el terror en Israel y provoca una guerra total”.
  • elDiario.es: “Israel ejecuta su ‘venganza’ y teme un nuevo frente con Hizbulá” / “Más de 1.100 muertos en Israel y Gaza por el mayor enfrentamiento en décadas”.
  • Agencias tipo EFE: “Más de mil muertos en ambos lados en el segundo día de guerra”.
  • Prensa de Oriente Medio (Qatar): “La resistencia palestina destroza el prestigio de Israel”.

Titulares 2024 (muestra resumida)

  • The New York Times: “Incursión israelí en Rafah rescata a 2 rehenes y mata a decenas”; “EE. UU., la ONU y la Corte Penal advierten contra una invasión de Rafah”; “Israel prepara una guerra prolongada en Gaza durante 2024”.
  • El País: “Israel intensifica su ofensiva en Gaza mientras crece la presión internacional”; “La crisis humanitaria en Gaza se agrava por los ataques israelíes”; “La ofensiva en Rafah dispara la alarma mundial”.
  • BBC News: “Israel dice que la guerra en Gaza continuará durante todo 2024”; “Ataques israelíes alcanzan Rafah mientras crece la preocupación internacional”; “Israel mata a comandante de Hamás en ataque en Gaza”.
  • Otras formulaciones frecuentes: “Crisis humanitaria se agrava mientras Israel continúa bombardeos”; “ONU acusa a Israel de graves violaciones contra niños en conflicto”; “Corte Penal Internacional busca órdenes de arresto contra líderes israelíes”; “Crecen acusaciones de crímenes de guerra en Gaza”; “Israel lanza mayor operación en Cisjordania en décadas”; “Israel e Irán intercambian ataques en aumento de tensiones”.

Cuando uno lee estos titulares constata varias cosas. Por un lado, la casi total ausencia de la palabra “terrorista” asociada a Hamás o Hezbolá; en el mejor de los casos se habla de que “desatan el terror”, o se les describe como “grupo de resistencia”, “facción radical” o expresiones similares.
Por otro lado, a partir de 2024 se vuelve evidente el olvido del 7 de octubre: las notas se centran casi exclusivamente en lo que Israel hace o deja de hacer, colocándolo en el rol de agresor, mientras se diluye o desaparece el contexto de décadas de ataques y de la financiación iraní a grupos terroristas que tienen como objetivo declarado la destrucción de Israel.
En el mejor de los casos, se iguala la posición de un Estado y la de sus agresores.

REFLEXIONES FINALES

Si aceptamos que miles de noticias nos llegan cada día por distintos medios y formatos, resulta evidente que seleccionar unos pocos ejemplos —como los que he citado aquí— es casi nada frente a lo que podría elegirse.
La velocidad con que producimos y recibimos información hace humanamente imposible seguirle el ritmo.
En esta constatación se encuentra, de modo paradójico, tanto la evidencia como la trampa.

La evidencia es que casi cualquier noticia relacionada con Israel se convierte en un relato ideológico que, de modo preponderante, es hostil al Estado judío.
También existen relatos que, mediante una propaganda ingenua y radical, pretenden convencer de que todo lo que hace Israel es bueno, lo que le presta un flaco favor.
Querer, admirar o sentir un vínculo especial con Israel no debería cegarnos; por el contrario, debería llevarnos a una crítica seria y responsable, que eleve el nivel del debate.

En las notas de prensa en contra de Israel, el común denominador son las trampas lingüísticas que hacen parecer que se está en un terreno analítico y objetivo.
Se dice, por ejemplo: “Hamás cometió una masacre el 7 de octubre, pero Israel mantiene a la población palestina sometida”; o se presenta a Hamás como “grupo de resistencia”; en el mejor de los casos se le califica de “facción radical”, evitando llamarlo claramente por lo que es: una organización terrorista.
Es el mismo mecanismo de quien lanza una barbaridad antijudía y enseguida aclara “pero tengo muy buenos amigos judíos”, o la versión actual de “no soy antisemita, solo soy antisionista”.

Israel y el judaísmo, en la retórica y la narrativa, son casi siempre incómodos.
Despiertan alertas, sospechas y peros constantes; incluso en el elogio suele esconderse una violencia: se dicen cosas desagradables sobre los judíos y luego se remata con un “pero son muy inteligentes”.
Israel y los judíos no son tratados desde el lenguaje como cualquier otra nación o pueblo.
La violencia explícita o sutil, la agresión y el sarcasmo comienzan en las palabras.
Quienes somos judíos lo venimos escuchando y viviendo desde que nacimos.

Las redes sociales han permitido y exacerbado la posibilidad de atacar a Israel (y también de defenderlo) sin ninguna tabla de rigor mínimo.
Hoy básicamente se puede decir lo que se quiera y millones lo creerán.
Y medios supuestamente prestigiosos, con tradición periodística, en su intento por igualar la velocidad de las redes, también terminan muchas veces publicando casi cualquier cosa.

Pensadores importantes han descrito la época actual como un momento en que las posibilidades tecnológicas están significando la muerte de la palabra, del análisis, de la reflexión y del debate.
George Steiner, en un ensayo titulado “El abandono de la palabra”, recuerda que “en el principio era la Palabra”, pero no se nos da garantía alguna sobre el final.
A la herencia greco-judía, dice, la civilización occidental debe su carácter esencialmente verbal: la primacía de la palabra, de lo que puede decirse y comunicarse en el discurso.
Y se pregunta qué puede comunicarse más allá de medias verdades, simplificaciones burdas o trivialidades a un público de masas semianalfabeto reunido en las plazas; esas plazas, hoy, son las redes.

Byung-Chul Han, en una entrevista para Zeit Wissen, afirma que hoy “ni siquiera hay conocimiento, solo información”, y que “el conocimiento y la verdad suenan anticuados”.
El conocimiento, dice, tiene una estructura temporal que abarca pasado y futuro, mientras que la temporalidad de la información se agota en el presente, en el ahora.

Quizá lo que falta es detener el frenesí de estar todo el día conectados, publicando o recibiendo información.
Volver a las bases: investigar, buscar fuentes, evidencias, contrastar versiones y acercarse lo más posible a la verdad de los hechos tal como ocurrieron; al contexto y la historia que permiten comprender el trasfondo de un suceso.
En medio del ruido comunicacional es fácil ajusticiar a quien sea sin demostrar nada, e Israel ha sido el chivo expiatorio perfecto.

Quisiera cerrar como comencé, con una historia personal. Un hermano y una amiga acaban de regresar de un viaje a Israel y a Polonia, donde visitaron cuatro campos de exterminio nazis (Auschwitz, Treblinka, Birkenau y Majdanek).
Sobre esa visita, mi hermano, impactado, me recalcó algo: los guías siempre utilizan la expresión “los judíos o las personas que aquí fueron asesinadas”, no “que murieron”.
Esta diferencia, que podría parecer una variación semántica menor o una obviedad, es de una importancia enorme.

Porque la palabra y el lenguaje serán grandes y expresarán verdad (y por tanto cierta belleza) en la medida en que los usemos bien.
Cada término expresa algo, y la potencia de ese algo reside en emplear las palabras que dicen lo que un hecho concreto significa.
Si los medios y el periodismo usaran el lenguaje de los hechos y de la evidencia sobre Israel y el judaísmo, si buscaran genuinamente la verdad, el mundo vería de un modo más claro lo que verdaderamente es Israel, su sociedad y el pueblo judío: con muchas más luces de las que hoy se alcanzan a percibir y, por supuesto, también con sus sombras.

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