La inversión moral del antitrumpismo

Abr 27, 2026 | Blog

De la crítica legítima a la normalización del antisemitismo y el autoritarismo islamista

Yojanan ben Abraham *

Es indudable que la actual política de Estados Unidos provoca rechazo en amplios sectores progresistas. Desde numerosos centros de opinión, sus posiciones han sido consideradas regresivas en múltiples ámbitos y ese rechazo forma parte del juego democrático.

Para mí, el problema comienza cuando la oposición a esta política empuja a parte del discurso progresista hacia una zona que veo mucho más inquietante: la normalización, justificación o blanqueamiento de actores que representan un ataque frontal a los derechos humanos más básicos.

Organizaciones como Hamás, Hezbolá o el régimen de Irán no son alternativas políticas “incómodas” dentro de un marco democrático, como puede ser el propio trumpismo. Son estructuras de poder autoritarias que reprimen la disidencia, restringen libertades fundamentales y ejercen violencia sistemática contra su propia población. En esos contextos, las mujeres ven limitados sus derechos, las minorías son perseguidas y la oposición política se enfrenta a cárcel, tortura o ejecución.

El contraste resulta difícil de ignorar. Mientras se critica con dureza a gobiernos occidentales a los que aún les falta mucho para alcanzar el grado de brutalidad de sus rivales geoestratégicos, se observa una indulgencia sorprendente hacia actores que encarcelan periodistas, reprimen protestas y aplican castigos extremos por motivos ideológicos o personales. Esta asimetría responde a una lógica política conocida: el enemigo de mi adversario pasa a ocupar un espacio de tolerancia o incluso de legitimación.

Las voces que proceden de esos mismos territorios desmienten esa narrativa complaciente. El activista palestino Bassem Eid ha denunciado abiertamente el control represivo de Hamás sobre la sociedad de Gaza. En el Líbano, Paula Yacoubian ha señalado el papel de Hezbolá como un obstáculo estructural para cualquier proyecto democrático. Desde Irán, figuras como Shirin Ebadi o Masih Alinejad llevan años alertando sobre la represión sistemática del régimen y el silencio selectivo de parte de la comunidad internacional.

Estas voces representan a sectores amplios de sus sociedades que rechazan el autoritarismo bajo el que viven. Ignorarlas mientras se repiten consignas alineadas con esos mismos actores implica una desconexión preocupante con la realidad sobre el terreno.

Existe además un desplazamiento discursivo con efectos profundos. En determinados espacios progresistas se han adoptado marcos narrativos que coinciden con los de Hamás, Hezbolá o el régimen iraní. No hace falta mencionarlos. Basta con reproducir su lenguaje, sus objetivos políticos o su forma de presentar el conflicto. Ese alineamiento indirecto funciona como un altavoz que amplifica sus intereses.

El fenómeno no es nuevo en la teoría política. Hannah Arendt ya advirtió sobre la capacidad de ciertos marcos ideológicos para alterar el juicio moral hasta el punto de normalizar realidades profundamente injustas. Su análisis sobre la banalidad del mal abarca entornos donde el lenguaje y la narrativa permiten integrar actores violentos o autoritarios en discursos que se perciben como legítimos o emancipadores. El encuadre ideológico desplaza los hechos, reconfigura la percepción de la realidad y diluye la responsabilidad moral.

Desde otra perspectiva, Michel Foucault explicó cómo el poder opera a través del discurso, definiendo qué se considera aceptable, qué queda fuera del campo de lo decible y qué formas de violencia se vuelven invisibles. La repetición de determinadas consignas, la selección interesada del lenguaje y la omisión sistemática de ciertos hechos construyen un marco donde actores autoritarios pueden circular sin el rechazo que generarían en otro contexto.

En este contexto discursivo, el antisemitismo encuentra nuevas formas de expresión y se ha convertido en un elemento constitutivo del antitrumpismo. A pesar de asumirse mayoritariamente la definición de la Alianza Internacional para la Memoria del Holocausto, que identifica como manifestación contemporánea del antisemitismo la aplicación de dobles estándares o la negación del derecho del pueblo judío a la autodeterminación, la tendencia a exigir a Israel comportamientos que no se reclaman a ningún otro Estado, mientras se minimizan o se excusan las acciones de organizaciones como Hamás o Hezbolá, encaja plenamente en ese patrón.

En este contexto antisemita el alineamiento de Trump con Netanyahu en política exterior es en sí mismo una argumentación del antitrumpismo, por sí sola. Así, mientras se califica de “resistencia armada” la actividad terrorista de Hamás, Hezbolá o Irán también  contra de su propio pueblo, parece ser genocida defenderse de quien tiene como objetivo último la extinción misma del Estado de Israel. Este término ya se utilizaba mucho antes de las operaciones militares que siguieron al 7 de octubre de 2023.

El resultado es una inversión preocupante de prioridades. Se construye un discurso que sitúa a democracias imperfectas en el centro de la crítica, mientras se diluye la gravedad de actores que practican la represión sistemática y son regímenes autoritarios.  Esta distorsión debilita cualquier pretensión de coherencia ética.

La oposición a una política conservadora puede ser firme, legítima y necesaria desde una perspectiva progresista. Esa oposición pierde credibilidad cuando se apoya en marcos que terminan beneficiando a fuerzas aún más reaccionarias, violentas y autoritarias. Elegir compañeros de viaje en el plano discursivo define el horizonte político y moral de un proyecto.

Ser progresista y antitrumpista se ha convertido en una identidad política casi automática en ciertos espacios. El problema aparece cuando esa identidad pierde anclaje en principios y empieza a organizarse en torno a reflejos: todo lo que se opone a Trump parece legítimo, incluso cuando implica asumir discursos, marcos y aliados que encarnan exactamente lo contrario de los valores que se dicen defender.

En ese desplazamiento, el progresismo corre el riesgo de perder su brújula moral y de convertirse en el vehículo involuntario de causas mucho más reaccionarias. Es justo lo que empieza a pasarle a buena parte de la izquierda europea. ¿Vendrá el fascismo por la izquierda?

* Abogado y doctor en Filosofía, reside en Madrid. Se lo puede contactar al correo parresiastes77@hotmail.com

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