Guillermo Atlas
La relación entre España e Israel no es sólo una cuestión de política exterior. Es también el resultado de una genealogía de ideas donde historia, diplomacia e ideología se superponen.
Las crisis entre España e Israel parecen siempre nuevas, pero rara vez lo son. En ellas reaparecen capas más profundas del imaginario político español donde el Estado judío sigue siendo percibido como una anomalía.
Cada crisis entre España e Israel suele presentarse como el resultado de desacuerdos circunstanciales: una operación militar, una declaración diplomática, una votación en Naciones Unidas. Sin embargo, la reiteración de estas tensiones sugiere que algo más profundo está en juego. La dificultad española para relacionarse con el Estado judío no pertenece únicamente al terreno de la política exterior. Se inscribe en una genealogía de ideas donde convergen imaginarios históricos, tradiciones diplomáticas y marcos ideológicos contemporáneos que tienden a situar a Israel en un lugar singular dentro de la cultura política española: no como un Estado entre otros, sino como una anomalía moral.
La decisión reciente del gobierno español de cesar a su embajadora en Israel, seis meses después de haberla llamado a consultas, confirma el deterioro progresivo de la relación bilateral. El nivel de representación diplomática queda así reducido a un encargado de negocios, en una situación de reciprocidad: Israel tampoco mantiene embajador en Madrid desde que España reconociera al Estado palestino. El episodio constituye el último capítulo de una tensión diplomática creciente, pero su significado va más allá de la coyuntura inmediata.
Este nuevo episodio se inscribe en una secuencia más amplia de fricciones diplomáticas entre Madrid y Jerusalén, acentuadas tras el 7 de octubre de 2023 y la guerra en Gaza. Pero reducir esta crisis a una reacción frente a acontecimientos recientes sería un error de perspectiva. La relación entre España e Israel ha estado marcada desde su origen por una incomodidad persistente que atraviesa regímenes políticos, generaciones ideológicas y transformaciones del sistema internacional.
Comprender esta relación exige descender por una verdadera genealogía de ideas donde se superponen distintas capas históricas: un sedimento cultural antiguo donde la figura del judío ocupó durante siglos el lugar simbólico de la alteridad moral; una tradición diplomática mediterránea marcada por el arabismo estratégico del siglo XX; y, más recientemente, la adopción de marcos interpretativos postcoloniales que tienden a leer el conflicto de Oriente Medio en términos morales absolutos.
Un rasgo histórico ayuda a comprender esta disposición particular. Durante siglos, España fue un país prácticamente sin judíos visibles, pero no por ello sin imaginarios sobre lo judío. Como señalé en un artículo publicado en estas páginas el 13 de agosto de 2025, tras la expulsión de 1492 la figura del judío desapareció como presencia social pero permaneció como categoría simbólica dentro de la cultura política y religiosa. A diferencia de otros países europeos donde el antisemitismo se desarrolló en relación con comunidades judías reales, en España sobrevivió como un prejuicio sin objeto: una gramática cultural heredada capaz de reproducirse incluso sin judíos.
En ese contexto histórico, el Estado de Israel terminó ocupando en el imaginario contemporáneo un lugar que durante siglos había pertenecido al judío abstracto de la tradición antijudía: una figura simbólica sobre la cual proyectar sospechas, culpas y narrativas morales.
Genealogía del antiisraelismo español
Las tensiones actuales entre España e Israel no pueden entenderse únicamente como el resultado de desacuerdos diplomáticos recientes. Forman parte de una genealogía más larga en la que distintos regímenes políticos —dictadura, democracia parlamentaria y gobiernos de izquierda— han articulado, con lenguajes diferentes, una relación particularmente distante con el Estado judío. No se trata de una continuidad ideológica lineal, sino de la persistencia de ciertos marcos culturales y estratégicos que han sobrevivido a los cambios de régimen.
Durante el franquismo, España fue uno de los pocos países de Europa occidental que se negó a reconocer al Estado de Israel. La posición respondía a una combinación de factores ideológicos y geopolíticos. Por un lado, el régimen heredaba una tradición de antisemitismo católico profundamente arraigada en la cultura política española. El nacionalcatolicismo franquista mantuvo viva la figura del judío como alteridad moral y espiritual, una presencia simbólica persistente en la cultura política española.
Por otro lado, el régimen cultivó una política de acercamiento al mundo árabe. Este arabismo no implicaba una verdadera afinidad cultural con el islam —el imaginario nacional-católico español conservaba una profunda desconfianza hacia él— sino una estrategia diplomática destinada a romper el aislamiento internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial y a reforzar la posición española en el Mediterráneo. En ese marco, la causa palestina fue incorporada progresivamente al discurso diplomático español como elemento de legitimación internacional.
La transición democrática no modificó de inmediato esa situación. España estableció relaciones diplomáticas con Israel recién en 1986, bajo el gobierno socialista de Felipe González, casi cuarenta años después de la fundación del Estado judío. El retraso fue significativo. Mientras la mayoría de países de Europa occidental habían normalizado sus relaciones con Israel desde los años cincuenta, España mantuvo durante décadas una posición de distancia prudente.
Incluso después de la normalización diplomática, la relación bilateral se caracterizó por una mezcla de cooperación pragmática y distancia política. España desarrolló vínculos comerciales, turísticos y tecnológicos con Israel, pero mantuvo una diplomacia particularmente sensible a las posiciones árabes en el conflicto palestino-israelí.
En las últimas dos décadas, el debate español sobre Oriente Medio experimentó una transformación adicional. Sectores de la izquierda política y académica comenzaron a interpretar el conflicto israelo-palestino dentro del marco conceptual del pensamiento postcolonial. En ese esquema binario —colonizador y colonizado— Israel pasó a ser presentado como una potencia colonial occidental, mientras Palestina era interpretada como paradigma de resistencia anticolonial.
Este marco interpretativo encontró en España un terreno particularmente receptivo. No sólo porque coincidía con tradiciones antiimperialistas presentes en parte de la izquierda europea, sino también porque se superponía con imaginarios históricos ya existentes donde lo judío había ocupado durante siglos el lugar simbólico del poder ilegítimo.
Sánchez ante la guerra con Irán: el retorno del “No a la guerra”
La coyuntura más reciente introduce un elemento adicional en esta relación ya tensa. La escalada militar entre Israel e Irán ha reactivado en la política española un marco discursivo muy reconocible: el lenguaje del “No a la guerra”. El gobierno de Pedro Sánchez ha expresado su rechazo a una ampliación regional del conflicto y ha insistido en la necesidad de evitar una confrontación directa con Teherán, situándose en una posición crítica frente a la estrategia militar israelí.

Esta postura no puede interpretarse únicamente como una prudencia diplomática frente a una guerra regional potencialmente devastadora. También refleja un rasgo característico de la cultura política española contemporánea: la profunda huella que dejó la movilización contra la invasión de Irak en 2003. Desde entonces, el antiintervencionismo militar se ha convertido en uno de los marcos morales más influyentes del progresismo español.
En ese contexto, la confrontación entre Israel e Irán tiende a ser leída menos como una dinámica estratégica propia de Oriente Medio que como un nuevo episodio de abuso del poder militar. Incluso cuando el conflicto se desplaza desde Gaza hacia una confrontación directa entre Estados, Israel sigue ocupando con frecuencia el lugar del actor cuya acción militar debe ser contenida o denunciada.
La consecuencia es que la distancia política entre Madrid y Jerusalén no disminuye cuando el escenario regional cambia. Por el contrario, el nuevo conflicto tiende a integrarse dentro de marcos interpretativos ya existentes en la cultura política española, reforzando la percepción de Israel como un Estado cuya legitimidad aparece constantemente sometida a juicio moral.
El problema no reside en la crítica a gobiernos concretos —legítima en cualquier democracia— sino en la tendencia a convertir la existencia misma del Estado judío en objeto de sospecha moral permanente. Señalar este sesgo no equivale a absolver las políticas del actual gobierno israelí, objeto de un intenso debate dentro de la propia sociedad israelí.
Este deterioro ha alcanzado también un plano simbólico particularmente revelador. Medios vinculados a la Guardia Revolucionaria iraní difundieron imágenes de misiles en los que aparecía una pegatina con el rostro de Pedro Sánchez acompañada de una de sus declaraciones contra la operación militar. La cancillería israelí denunció públicamente la instrumentalización de esas palabras en un contexto bélico. En paralelo, declaraciones de miembros del propio gobierno español —como las del ministro Óscar Puente, quien calificó al primer ministro israelí de “genocida”— reflejan hasta qué punto el lenguaje político se ha desplazado hacia registros cada vez más confrontativos. Más allá de su carácter episódico, estos hechos ilustran una misma dinámica: la traducción de marcos discursivos en efectos políticos y simbólicos que trascienden el ámbito europeo.
La excepcionalización moral de Israel en Europa
La crítica a Israel no es, por supuesto, una particularidad española. En buena parte de Europa occidental se ha consolidado en las últimas décadas un clima intelectual donde el Estado judío ocupa una posición singular dentro del debate público. Sin embargo, el modo en que esa crítica se articula varía considerablemente entre países.
En Alemania, por ejemplo, la memoria de la Shoá sigue funcionando como un marco normativo que limita la legitimidad social de ciertos discursos. Las críticas al gobierno israelí son frecuentes, pero suelen coexistir con una fuerte conciencia histórica que introduce cautelas en el lenguaje político. La razón de Estado alemana incluye explícitamente la seguridad de Israel, lo que impone a la política y a los medios un umbral de contención relativamente alto frente a discursos que puedan percibirse como deslegitimadores.
En Francia, el debate está atravesado por una tensión distinta. La presencia de una importante comunidad judía y de una numerosa población de origen magrebí ha convertido el conflicto de Oriente Medio en un tema de política interna. Allí la crítica a Israel puede adquirir tonos muy duros en ciertos sectores políticos e intelectuales, pero también encuentra una reacción institucional más inmediata cuando deriva en expresiones abiertamente antisemitas.
Irlanda representa otro caso paradigmático. La identificación histórica con la causa palestina ha generado una cultura política particularmente crítica con Israel, alimentada por analogías entre el colonialismo británico y el conflicto israelí-palestino. Sin embargo, incluso en ese contexto, la relación con el Estado judío se formula principalmente en términos de política internacional y derecho humanitario.
España comparte con estos países el crecimiento de un discurso europeo cada vez más severo hacia Israel, especialmente desde la guerra en Gaza. Lo que distingue al caso español es otra cosa: la facilidad con la que la crítica política se transforma en condena moral total. Mientras en otros contextos europeos Israel es objeto de controversia, en el debate público español tiende a aparecer como una anomalía ética.
El conflicto deja entonces de ser interpretado como una disputa territorial o estratégica para convertirse en una narrativa moral donde Israel ocupa el lugar del culpable originario. En ese desplazamiento —de la crítica política a la excepcionalización moral— se revela la profundidad histórica de ese desencuentro.
En ese sentido, las crisis diplomáticas entre Madrid y Jerusalén no son meramente episodios de política exterior. Son también síntomas de una dificultad más profunda de la cultura política española para integrar la soberanía judía dentro de su imaginario histórico.


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