De la contrailustración al poscolonialismo: genealogía de una categoría moral
Por Guillermo Atlas *
“Occidente” ya no designa una tradición política y filosófica, sino que funciona como la esencia del mal: una categoría moral absoluta que ordena indignaciones y borra la razón. El odio anti-occidental, transversal a derechas e izquierdas, reemplaza análisis por pertenencia identitaria. La fijación obsesiva con Israel y la relativización de regímenes totalitarios exponen esa lógica con nitidez.
La palabra “Occidente” se ha convertido en un comodín moral. Designa, según el contexto, a Estados Unidos, Europa, el liberalismo, el capitalismo, la Ilustración, la ciencia moderna, el mercado, la secularización, el feminismo o una combinación indiferenciada de todo lo anterior. Esa elasticidad permite transformar a “Occidente” en culpable por definición, útil para ordenar indignaciones, distribuir legitimidades y justificar dobles estándares.
No se trata de negar la historia. Occidente fue —y en parte sigue siendo— colonial, imperial, violento, explotador y con frecuencia hipócrita. Intervino militarmente, impuso jerarquías raciales, sostuvo dictaduras y defendió intereses propios en nombre de valores universales. La crítica a ese legado es legítima y necesaria. El problema comienza cuando esa crítica abandona el terreno histórico y político y se convierte en metafísica. Cuando Occidente deja de ser un conjunto de instituciones, conflictos y decisiones situadas para convertirse en una suerte de metonimia del mal. A partir de ese punto, la política se degrada en una lógica de bandos.
El odio anti-occidental atraviesa todo el espectro ideológico. Se expresa en la izquierda poscolonial y en la izquierda liberal culpabilizada; en la derecha antimoderna y restaurativa; en nacionalismos identitarios y en fundamentalismos religiosos.
Cambian los lenguajes, las referencias y los afectos; no cambia la estructura. En todos los casos, “Occidente” funciona como una categoría totalizante que simplifica el mundo y libera de la exigencia más incómoda de la política: transigir, distinguir, jerarquizar.
Occidente como patología
Una de las marcas constantes del anti-occidentalismo es el uso de metáforas médicas. Occidente aparece como un elemento tóxico, una infección cultural, una degeneración moral. No como un adversario político discutible, sino como una patología. La modernidad sería corrosiva; el liberalismo, disolvente; la razón, deshumanizante; el individualismo, una anomalía histórica.
Ian Buruma y Avishai Margalit mostraron con precisión que este imaginario no es exclusivo del islamismo radical ni del llamado “Sur global”, sino que hunde sus raíces en tradiciones intelectuales europeas (Occidentalism: The West in the Eyes of Its Enemies, 2004). El Occidente odiado es la ciudad, el comercio, la vida material, el cálculo, la pluralidad, la autonomía individual. Frente a ello se exalta la autenticidad, la comunidad orgánica, el sacrificio y la pureza. Cuando el lenguaje es el de la enfermedad, la política deja de ser deliberación y se convierte en higiene: lo impuro no se corrige, se elimina.
Este patrón se repite con una regularidad inquietante. Aparece en el romanticismo alemán contra la Ilustración francesa y idealización de la naturaleza.
Oswald Spengler dio a ese clima su ideología fatalista en „La decadencia de Occidente“ (publicada entre 1918 y 1922): la caída como destino inexorable.
Eso tiene una expresión muy clara en la ideología de los fascismos europeos contra el „cosmopolitismo“.
Asimismo, cabe mencionar esa línea en el antimodernismo católico contra la secularización; y más tarde en el discurso iraní de la gharbzadegi, la «occidentosis” formulada por Jalal Al-e Ahmad en los años sesenta. En todos los casos, Occidente no es un conjunto de prácticas criticables, sino una plaga cultural que debe ser erradicada.
Isaiah Berlin describió este mecanismo como una reacción humillada: sociedades que se sienten derrotadas, relegadas o patronizadas responden no con reformas, sino con mitologías de pureza y grandeza pasada. El resentimiento se traduce en un rechazo del universalismo ilustrado y en la exaltación de identidades cerradas (The Crooked Timber of Humanity, 1990). El odio anti-occidental no nace de la confianza, sino de la herida narcisista.
Un capítulo particular lo constituye la tradición eslavófila rusa contra el liberalismo occidental.
El antioccidentalismo ruso hunde sus raíces en la teología ortodoxa del siglo XIX y en el pensamiento eslavófilo, que concibió a Occidente como una civilización espiritualmente agotada, corroída por el individualismo, el racionalismo y la secularización. Según esta cosmovisión, Rusia no es simplemente un Estado, sino una civilización alternativa que se atribuye una función katechóntica —la del «freno“ que retrasa el derrumbe moral del mundo moderno.
Ideólogos como Alexander Dugin proveen la legitimación escatológica de esa postura: la guerra contra Occidente como «guerra del fin de los tiempos”, donde el Katechon combate al Anticristo. El putinismo recicla esta postura ancestral y la convierte en coartada para su expansionismo agresivo.
La derecha y el rechazo de la modernidad liberal
Existe un anti-occidentalismo de derecha que suele pasar desapercibido porque se presenta como defensa de Occidente. En realidad, no defiende el Occidente liberal realmente existente, sino una fantasía restaurativa: un orden previo a la secularización, al pluralismo y a la autonomía individual. Su enemigo no es “Oriente”, sino el liberalismo anglosajón, la democracia pluralista, los derechos individuales y la emancipación de costumbres.
El antimodernismo católico restaurativo del siglo XIX y comienzos del XX ofrece un ejemplo claro. La condena del “modernismo” teológico bajo Pío IX y León XIII, y la imposición del Juramento Antimodernista en 1910, expresaban un rechazo frontal a la crítica histórica, a la ciencia moderna y a cualquier intento de conciliar fe y razón. La modernidad era vista como una amenaza espiritual. Ese reflejo no desapareció: reaparece hoy, secularizado, en discursos que denuncian la “decadencia occidental” mientras atacan precisamente los pilares que hicieron de Occidente un espacio de libertades: el Estado de derecho, la separación entre religión y política, el pluralismo moral.
Esta lógica adopta en el presente una forma reconocible en el trumpismo y en el universo MAGA. Allí, el rechazo al liberalismo, a las instituciones y al pluralismo no se formula como abandono de Occidente, sino como su supuesto rescate. Pero lo que se busca restaurar no es la democracia constitucional, sino una identidad cerrada, etno-nacional y antiliberal. El enemigo no es un actor externo, sino el propio Occidente liberal: las élites, la prensa, la universidad, la ciencia, los derechos civiles. Se trata, otra vez, de un antioccidente interno que combate la modernidad en nombre de una autenticidad imaginaria.
La izquierda y su lucha contra la «encarnación de la infamia“
En la izquierda, el anti-occidentalismo adopta otra forma, pero produce efectos similares. Parte de una crítica justa al imperialismo, al colonialismo y a las desigualdades globales. El pensamiento poscolonial, inspirado en parte en Edward Said, aportó herramientas decisivas para desmontar el eurocentrismo y las jerarquías implícitas del saber (Orientalism, 1978). El problema surge cuando esa crítica se clausura sobre sí misma y transforma a “Occidente” en un sujeto metafísico del mal.
En ese punto, la política deja de evaluarse en términos de decisiones, instituciones y responsabilidades concretas, y pasa a regirse por pertenencias identitarias.
Simplifica el mundo, ordena el campo de los culpables y libera de la incomodidad de la coherencia. Todo lo que ocurre “del lado occidental” se examina con lupa; todo lo que ocurre “del lado anti-occidental” se contextualiza, se relativiza o se excusa.
El marco poscolonial tiende a reinscribir motivos atávicos bajo nuevas categorías. El judío ya no aparece como “cosmopolita sin raíces”, sino como encarnación de la blanquitud colonial; ya no como agente del capital abstracto, sino como beneficiario estructural del orden occidental; ya no como cuerpo extraño a la nación, sino como núcleo mismo del poder global. El lenguaje cambia pero la animosidad sobrevive a través de una suerte de antisemitismo secundario sin judíos visibles, pero con Israel como sustituto simbólico pleno.
De esta forma, Israel funciona, para buena parte del anti-occidentalismo contemporáneo, como un condensador simbólico: modernidad, éxito material, alianza con Estados Unidos, soberanía nacional ejercida sin pedir permiso y, además, un componente judío que reactiva viejos imaginarios europeos sobre cosmopolitismo, dinero y “falta de alma”, analizados por Buruma y Margalit.
Por eso Israel no es juzgado como un Estado con políticas concretas —discutibles, criticables, incluso condenables— sino como la encarnación de un principio metafísico. La culpabilidad es ontológica. Cada acción confirma una esencia previa. El debate político se vuelve imposible porque ya no se discuten hechos, sino símbolos.
Cuando Israel deja de ser un actor político y se convierte en el emblema del “Occidente colonial”, toda distinción se borra: entre decisiones de gobierno y existencia del Estado; entre crítica y demonización; entre derecho internacional y retórica de integridad absoluta. El conflicto abandona la tragedia e invade la esfera de la teología.
Irán y la indulgencia estructural
La otra cara del mismo fenómeno es la relativa indulgencia frente a la República Islámica de Irán. No se trata de una simpatía abierta ni de una defensa explícita, sino de un trato diferenciado. Irán suele ser leído como potencia regional que resiste a Occidente, víctima de sanciones, actor “complejo” en un entorno hostil. Su carácter teocrático, la represión sistemática de mujeres y minorías, la persecución de disidentes, la exportación de violencia regional y su programa ideológico totalizante pasan a segundo plano.

No desaparecen, pero se diluyen. Se explican. Se contextualizan. Se relativizan.
El punto no es establecer equivalencias simplistas ni absolver a nadie. El punto es la coherencia. Si el criterio moral es la libertad, la dignidad y la igualdad ante la ley, esos principios no pueden suspenderse cuando el opresor no es occidental. Cuando eso ocurre, ya no estamos ante una crítica política, sino ante una ética de lealtad ideológica.
El espejo paranoico
El anti-occidentalismo no opera solo fuera de Occidente. Alimenta también una paranoia inversa dentro de él: la idea de que “el mundo nos odia”, de que “no nos agradecen los valores que les dimos”, de que “los bárbaros están a la puerta”. Este relato, frecuente en ciertos discursos políticos contemporáneos, es el reverso narcisista del odio anti-occidental. Ambos se necesitan. Ambos simplifican. Ambos evitan la autocrítica real.
Jan Nederveen Pieterse advirtió con razón contra esta paranoia occidental, que confunde la pérdida relativa de hegemonía con una amenaza civilizatoria (en diálogo con Michael A. Peters, “Understanding the Sources of Anti-Westernism”, Policy Futures in Education, vol. 10, n.º 1, 2012). El reequilibrio global no implica necesariamente el colapso de Occidente, sino el fin de su monopolio simbólico y moral. Para Europa, esto es un proceso largo; para Estados Unidos, una experiencia reciente y traumática.
También en España asoma el mismo mecanismo, incluso en clave de sátira. En “Cipayuso” (El País, 14 de febrero de 2026), Ana Iris Simón reduce la relación histórica con Estados Unidos a una narrativa de sabotaje civilizatorio: “la civilización hispana fue saboteada y expoliada por el imperio angloamericano”. Es una imputación moral total, donde Occidente —ahora anglo— vuelve a ser esencia del mal. Y no es solo antiamericanismo: reaparece un viejo reflejo hispano-católico, antimoderno y antiliberal, que lee la cultura anglo-protestante como fuerza corrosiva y reduce el conflicto a una guerra civilizatoria doméstica. Ese antioccidentalismo de tono nacional-bolchevique no discute hechos. Sólo fabrica un sujeto culpable y clausura el análisis.
Conclusiones
El odio anti-occidental no es solo una mala explicación del mundo: es una forma de evasión política. Reduce conflictos complejos a esquemas morales simples, sustituye el análisis por pertenencia identitaria y transforma la crítica en un ejercicio de autocomplacencia ética. No interpela al poder; lo desplaza. No exige responsabilidad; la redistribuye selectivamente.
Al convertir a Occidente en una esencia del mal, el anti-occidentalismo libera a quienes se le oponen de toda obligación de coherencia. Permite suspender principios universales en nombre de causas supuestamente emancipatorias, relativizar autoritarismos “alternativos” y tolerar violencias siempre que no provengan del lado equivocado del mapa moral. En ese gesto, la política deja de ser un espacio de decisiones trágicas y se convierte en un ritual de pureza.
En un mundo atravesado por autoritarismos de distinto signo, esta renuncia no es inocua. Donde se abandona el universalismo liberal —con todas sus imperfecciones históricas— no emerge una política más justa, sino una lógica de bandos cerrados, indulgente con los propios y feroz con los ajenos. Esta forma de ver el mundo otorga patente de corso a los propios y excomunión a los ajenos.
* Guillermo Atlas, residente en Frankfurt, es sociólogo, periodista y ensayista. Desde hace años escribe sobre política internacional, pensamiento judío contemporáneo y formas actuales de antisemitismo, con especial énfasis en los debates en torno a Israel y a la recepción poscolonial del conflicto de Oriente Medio. Colabora habitualmente con el periódico Nueva Sión y con otros medios de la comunidad judía de habla hispana, donde aborda las tensiones entre universalismo e identitarismo, así como los modos en que las guerras culturales redefinen el lugar del judaísmo en las sociedades democráticas.


extraordinario ensayo!!! claro y agudo.