Michael Walzer
Michael Walzer analiza las diferencias entre la política sionista convencional —que él considera, en líneas generales, pragmática y prudente— y el auge de una política de redención y de exilio; asimismo, sostiene que «el judaísmo del exilio está en guerra con la normalidad sionista».
Fuente: Fathom Journal. Agradecemos su autorización para su reproducción
Existen muchas formas de describir la decisión trascendental a la que se enfrenta el pueblo de Israel en los próximos meses (y años); yo quiero defender una sola descripción: la elección es entre un Estado sionista y un Estado dominado por la conciencia religiosa y política del judaísmo del exilio.
Permítanme explicarlo. A lo largo de los años de falta de Estado, persecución y peregrinaje, dos conceptos dominaron el pensamiento político y religioso judío: el exilio y la redención. El exilio era nuestra condición presente; vivíamos como extranjeros en los Estados de otros pueblos; estábamos gobernados por señores y príncipes extranjeros y defendidos, a veces, por los «judíos de la corte». Aspirábamos, en el mejor de los casos, a cierto grado de autonomía para gestionar nuestros asuntos locales —lo que Hannah Arendt llamaba con desdén «gestión doméstica»—. No teníamos una alta política de soberanía, guerra y paz.
La redención era nuestro futuro, prometido por Dios: la era mesiánica, imaginada como un tiempo en el que Dios intervendría, nuestros enemigos serían derrotados y regresaríamos triunfantes a la tierra de Israel. Existían versiones más rudimentarias, marcadas por el resentimiento de los oprimidos: ahora ellos nos gobiernan, pero en los días venideros nosotros los gobernaremos a ellos. También había visiones de paz universal, en las que Israel sería «una luz para las naciones». Sin embargo, creo que el retorno triunfal era el significado predominante de la redención. Los rabinos del exilio advertían contra el hecho de tomar la obra de Dios en nuestras manos y «forzar el fin», pero tal advertencia era necesaria porque la dureza del exilio provocaba, una y otra vez, un fervoroso anhelo de redención.
El sionismo: ni del exilio ni de la redención
El exilio y la redención agotaban el universo conceptual; no había nada entre ambos. Hasta la aparición del sionismo, que se entiende mejor como un esfuerzo por crear una vida judía que no fuera ni del exilio ni de la redención. Los escritores sionistas concebían el exilio en términos totalmente negativos —como una época de debilidad, subordinación y pasividad— y lo rechazaban (o «negaban») explícitamente. La redención se veía como una utopía propia del exilio, una fantasía de judíos carentes de poder. Cuando se empleaba este término en el discurso sionista, se secularizaba radicalmente y se imaginaba como un retorno a la tierra —acre a acre— tanto como a la Tierra (la Tierra de Israel). Sería obra de trabajadores que confiaban los unos en los otros, en sus propias fuerzas y en su compromiso, y no en un mesías enviado por Dios ni en fanáticos de inspiración divina. La idea de normalidad era fundamental para el proyecto sionista. Sus protagonistas miraban más allá de los años sin Estado, hacia la creación del reino bíblico. Recordaban a los ancianos de Israel que acudieron a Samuel para pedirle un rey «que nos juzgue y nos guíe en la batalla, como a todas las naciones». Lo que los primeros sionistas deseaban, ante todo, era un Estado como los demás Estados. Un poco mejor que algunos de ellos, pero, al fin y al cabo, un miembro más de la sociedad internacional. No era una ambición menor para un pueblo disperso y sin poder; de hecho, podría calificársela de redentora. Pero se trataba de una ambición terrenal, no religiosa, desprovista de cualquier expectativa de inspiración, asistencia o trascendencia divinas al final del camino. La normalidad sionista estaba moldeada por la Ilustración europea: implicaba el imperio de la ley, el consentimiento popular, el debate democrático y los derechos civiles. Si bien podían hallarse precedentes de algunos de estos elementos en la historia del exilio, lo cierto es que se entiende mejor como una política adoptada por muchos judíos —y, cabría decir, «hecha judía»— solo tras la emancipación. Existían versiones de derechas y de izquierdas de esta política —socialdemócratas y liberales-individualistas—, pero ambas se situaban en ese espacio intermedio o, mejor dicho, más allá del exilio y la redención. A la postre, fueron los socialdemócratas quienes encabezaron la lucha por alcanzar la condición de Estado ordinario. Y dicha condición se logró, efectivamente, sin asistencia divina, en un momento de la historia judía en el que Dios parecía haber vuelto la espalda o haberse ausentado definitivamente. El Estado del Mapai de 1948 en adelante —el Estado de Ben-Gurión— fue la culminación del proyecto sionista. No era del todo normal —carecía de fronteras reconocidas internacionalmente y de vecinos amistosos o siquiera neutrales—, pero se acercaba notablemente a la normalidad. El nuevo Estado de Israel era miembro de las Naciones Unidas; enviaba embajadores a casi un centenar de países; sus atletas participaban en todas las competiciones internacionales; sus académicos estudiaban e impartían clases en las universidades más prestigiosas del mundo. La vieja máxima del exilio de que «el mundo entero está en nuestra contra» fue sustituida por un reconocimiento más convencional de amigos y enemigos; y de países que se mostraban (sorprendentemente) indiferentes. Las principales aerolíneas transportaban pasajeros al nuevo aeropuerto internacional de Israel: judíos entusiasmados que comenzaban a cantar al avistar la tierra, pero también un gran número de empresarios y turistas.
El auge de la política redentora y de la política del exilio
Todo esto comenzó a cambiar tras el triunfo militar de 1967, un éxito al que muchos israelíes se negaron a atribuir el mérito correspondiente. Consideraron la victoria como un acto divino, una señal de que Dios retomaba su vínculo con la historia judía y el comienzo de la redención. Fue algo parecido a la reacción entusiasta que, una y otra vez, mostraban los judíos de la diáspora ante las noticias sobre quienes más tarde serían reconocidos como falsos mesías. Judíos recién fervorizados se apresuraron a asentarse en los territorios conquistados e inaugurar la era mesiánica. Aunque empezaron siendo pocos pero decididos, su número creció en los años posteriores a 1967. La política israelí se desplazó hacia la derecha y, en mi opinión, también hacia atrás. Pero eso es solo una parte de la historia, pues si bien algunos judíos creían estar participando en la redención, otros vivían en el nuevo Estado como si aún estuvieran en el exilio. Los ultraortodoxos haredim no veían en los kibutzim ni en la nueva ciudad de Tel Aviv señal alguna de la obra de Dios. Para ellos, el sionismo era una herejía, obra de judíos laicos y ateos. Sin embargo, tras el Holocausto, fueron precisamente esos judíos laicos y ateos quienes rescataron a los judíos ultra-religiosos supervivientes de Europa, los llevaron al nuevo Estado de Israel y les concedieron una generosa autonomía similar a la que disfrutaban en el exilio. Los haredim no habrían podido encontrar un lugar más complaciente que el Estado gobernado por el Mapai, ni un dirigente más dispuesto a atender sus necesidades que David Ben-Gurión, su primer primer ministro.

Ben-Gurión era uno de esos líderes de movimientos de liberación nacional de mediados del siglo XX —como Nehru en la India— que creían en el triunfo de la ciencia y la razón. La era de la superstición religiosa había terminado, por lo que resultaba fácil mostrarse generoso con el remanente de judíos haredim . La autonomía que se les ofreció incluía la exención del servicio militar; el derecho —efectivo, aunque no del todo legal— a gestionar sus propias escuelas; un sistema judicial comunitario que controlaba el derecho de familia y subordinaba a las mujeres; y un programa de bienestar social que permitía un nivel de participación relativamente bajo en la economía nacional. Todo esto para lo que, en un principio, era una población muy reducida, aunque no tardó en crecer. Los haredim vivían en el Estado de Israel sin otorgarle mucho más reconocimiento o apoyo del que habían brindado a la Rusia zarista en el pasado. Sin embargo, existía una gran diferencia: Israel era una democracia, los haredim eran ciudadanos y votaban en las elecciones israelíes. No defendían al Estado frente a sus enemigos, pero participaban en la elección de su gobierno. Por lo general, votaban en bloque, siguiendo las instrucciones de sus rabinos. El ciudadano ideal —informado sobre cuestiones políticas, que participa en partidos y movimientos, interviene en debates democráticos y decide por sí mismo a quién votar— puede ser poco más que un mito; pero los ciudadanos haredim de Israel (siempre con excepciones) ni siquiera conocían la existencia de tal mito.
En los primeros tiempos del Estado, sus rabinos convivían cómodamente con el Mapai, el partido dominante. No obstante, dado que los haredim carecían de una política propia más allá de la defensa de su autonomía, tanto los partidos de izquierda como los de derecha podían pugnar por su apoyo; así, ambos sectores son responsables del crecimiento de esta población de ciudadanos que viven en el exilio. Con el tiempo, a mi juicio, la deriva natural de su política se inclinó hacia la derecha, donde hallaron a los aliados más afines a la autonomía religiosa. Cuando sus líderes ocupaban cargos ministeriales, actuaban como si gobernaran un kahal —una comunidad autónoma judía— compuesta exclusivamente por miembros judíos; mostraban escaso interés por el bienestar de los ciudadanos no judíos o no religiosos, ni por el bien común. Se dedicaban a fortalecer su comunidad y a aumentar su cuota del presupuesto estatal, dejando que los gobiernos a los que apoyaban actuaran a su antojo.
Las elecciones de noviembre de 2022 dieron lugar al gobierno más derechista de la historia de Israel, y entre sus componentes clave figuraban estos judíos comprometidos con la política pre-sionista del exilio y la redención. Fue este el gobierno que emprendió una ofensiva contra la Corte Suprema y el Estado de derecho, respaldado tanto por los militantes de la redención —que temían la oposición judicial— como por los haredim, que preveían que la Corte avalaría impugnaciones igualitarias contra su autonomía. Fue también el gobierno que hubo de responder al ataque terrorista masivo del 7 de octubre; los haredim y los militantes de la redención desempeñaron un papel fundamental en la configuración de dicha respuesta. Los partidos ultraortodoxos se negaron a renunciar a la exención del servicio militar para sus jóvenes, pero apoyaron firmemente una guerra total, siempre y cuando la libraran los hijos de otros. Asimismo, aportaron la mayoría necesaria en la Knéset —sin la menor objeción— a un gobierno que toleraba, fomentaba e incluso participaba en la violencia contra los palestinos en Cisjordania; ni siquiera han pronunciado una palabra de crítica respecto del asedio de Gaza. Los militantes de la redención se fijaron el doble objetivo de conquistar, destruir y posteriormente colonizar la Franja de Gaza, así como de anexionarse Cisjordania. Aspiran a la realización definitiva del Gran Israel. No sabría decir si realmente creen que esto daría inicio a la era mesiánica, pero sin duda han actuado con una suerte de temeridad de inspiración divina.
El sionismo como política pragmática y convencional
Por el contrario, la política sionista mayoritaria —lo que denominaré política del Mapai— ha sido, si bien no en todo momento, sí de manera bastante constante, pragmática y prudente. Ambas cualidades se manifiestan a lo largo de la historia de Israel: desde la creación de un protoestado previo al Estado propiamente dicho, pasando por el rechazo del terrorismo, hasta la aceptación de la partición. Las guerras de Israel, hasta el 7 de octubre, concluyeron con retiradas pragmáticas del Sinaí (en dos ocasiones) y del sur del Líbano, con treguas y altos el fuego en el Líbano y Gaza, y con acuerdos de paz con Egipto y Jordania. Todo ello cabe calificarlo de arte de gobernar; su principal fracaso radica en la persistente ocupación de Cisjordania, a pesar del compromiso inicial del gobierno de Eshkol de retirarse de ella.
Sin duda, este fracaso se debe, en primer lugar, a la política árabe de rechazo —autoperjudicial—, pero también, a partir de esa premisa, al creciente poder de los militantes de la redención, para quienes la ocupación es un mandato divino. No pretendo negar que muchos derechistas laicos se opusieran a gran parte de esta gestión política, tanto por motivos de seguridad como por razones nacionalistas. Sin embargo, incluso el líder de la derecha, Menachem Begin, en su momento de mayor apogeo, optó por la diplomacia y la coexistencia pacífica. Por su parte, los partidos ultraortodoxos (haredim), que carecían de política exterior propia, le brindaron su apoyo, tal como habían hecho anteriormente con el Mapai. No estoy describiendo una simple oposición entre derecha e izquierda, ni siquiera entre lo religioso y lo laico. Existen judíos conservadores y religiosos que anhelan un Estado normal, así como izquierdistas —procedentes del antiguo Ahdut HaAvodah, por ejemplo— que apoyan con entusiasmo la expansión territorial.
El judaísmo del exilio en guerra con la normalidad sionista
Pero ahora, mientras escribo esto en el verano de 2026, la división de Israel puede describirse de forma más sencilla: los haredim están aliados con los militantes de la redención, el judaísmo del exilio está en guerra con la normalidad sionista y se desvanece la esperanza de un Estado judío que sea miembro reconocido de la sociedad de Estados. El hombre que fraguó esta alianza, Benjamin Netanyahu, no es una figura del exilio; él mismo es un producto del sionismo: un político como los demás —peor, en este caso, que la mayoría de ellos—, pero típico en su oportunismo y narcisismo. Y Netanyahu, como si hablara en nombre de sus aliados, repite a menudo la máxima del exilio: el mundo entero está en nuestra contra. Cualquier crítica, incluso aquella que pretende ser constructiva, es antisemita por definición. El llamamiento de Netanyahu, hace apenas un año, para que Israel se convirtiera en una «super-Esparta» fuerte y autosuficiente puede sonar a política estatalista de mano dura. No lo es; es paranoia y fantasía. O tal vez no: imaginemos un Estado neoexílico con un ejército moderno.
Los haredim, volcados hacia su propio mundo, y los militantes de la redención se alían para generar una política nacionalista de extrema derecha que encuentra aliados en un mundo donde una política similar, también de inspiración religiosa, tiene una fuerte presencia. Realmente existe una posible Esparta judía: el Gran Israel, consolidado militarmente y con una población palestina brutalmente reprimida; una comunidad ultraortodoxa plenamente autónoma; un sistema judicial dócil; unos medios de comunicación políticamente sumisos y el apoyo internacional de, por ejemplo, nacionalistas cristianos y militantes hindúes. Sería un Israel radicalmente distanciado de gran parte de la diáspora judía y también de sus antiguos aliados europeos. Sería, además, un Israel no sionista, un país que habría renunciado a la esperanza de una política normal, más allá del exilio y la redención.
Debo decir ahora mismo, antes de terminar, que la respuesta militar al 7 de octubre fue una respuesta totalmente «normal» (y justificada), muy parecida a la que cualquier Estado de la sociedad internacional daría ante un ataque similar. Las decisiones estratégicas y tácticas también fueron normales; un tema que queda para otra ocasión y para una crítica necesaria, aunque distinta.
Lo crucial aquí es que los debates y las políticas se han visto distorsionados por el retorno de la política del exilio. Es cierto que los pogromos en Cisjordania y las medidas encaminadas a una limpieza étnica en Gaza cuentan con partidarios nacionalistas laicos, pero han sido impulsados con mayor entusiasmo por los militantes redencionistas. Y la indiferencia ante el sufrimiento del pueblo de Gaza —tan extendida en Israel tras el 7 de octubre— parece repetir una respuesta propia de la mentalidad del exilio. Recuerdo a mi abuela leyendo noticias sobre un accidente de tren en los periódicos de Nueva York y buscando si había judíos entre las víctimas; solo le importaban ellos. De niño no lo entendía; años más tarde sí: ella solo había conocido la hostilidad de los gentiles. Eso no ocurre con los israelíes de hoy; tienen amigos en el mundo, no solo amigos que apoyan el nacionalismo religioso, sino también amigos que, aunque críticos, respalden una política propia de la era posterior al exilio; y es preciso expresar esto abiertamente y celebrarlo, tanto los sionistas liberales y laicos de Israel como los de la diáspora. El exilio ha terminado. Israel debe actuar en Oriente Próximo como un Estado que reconoce las máximas fundamentales de la normalidad internacional: tras la guerra llega la diplomacia; tras la guerra llega la coexistencia. Ha llegado, por fin, el momento de dejar atrás el exilio y la redención. Y el momento de empezar a hacerlo es… el 27 de octubre.


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