Eric P. Kaufmann *
Publicado en Sapir Journal. Agradecemos su autorización para la traducción
¿Representan una amenaza para los judíos estadounidenses los influencers antisemitas en línea? ¿Están condicionando a sus seguidores —incluidos muchos jóvenes— para que sean antisemitas, formando así a una generación capaz de transformar el clima, hasta ahora favorable, en el que viven los judíos en Estados Unidos? Basándome en mi investigación y en amplios datos de encuestas, me complace afirmar que, si bien puede haber motivos para la preocupación, hay pocas razones para la alarma.
Ciertamente, existen pruebas de que un antisemitismo flagrante está penetrando en el discurso público de formas más abiertas a las que muchos de nosotros estamos acostumbrados.
Desde la derecha política, Rod Dreher advierte que, según fuentes de la administración, cerca de la mitad de los jóvenes republicanos que trabajan en la administración son «groypers»: seguidores de Nick Fuentes, una joven personalidad mediática antisemita. Fuentes ha aparecido en el popular pódcast de Tucker Carlson —a menudo crítico con Israel—, donde ambos coincidieron en numerosos puntos. Carlson evitó escrupulosamente plantear a Fuentes preguntas difíciles sobre sus declaraciones abiertamente pro-Hitler y antijudías. Y, cuando Tucker fue criticado por su falta de rigor periodístico, salió en su defensa la Heritage Foundation, un pilar del establishment conservador de Washington. Al interpretar estas señales, cabría concluir razonablemente que la derecha política estadounidense ha caído presa del odio hacia los judíos.
Mientras tanto, desde la izquierda, la oleada de protestas con campamentos propalestinos y antiisraelíes en campus universitarios y áreas metropolitanas —muchas de ellas surgidas inmediatamente tras los ataques del 7 de octubre— provocó un repunte en los incidentes antisemitas denunciados. En los campus de la Ivy League, la autocensura entre los estudiantes judíos se disparó. En el discurso progresista, Israel pasó a ser acusado rutinariamente de colonialismo de asentamiento, apartheid y, por supuesto, genocidio. Hasan Piker, un popular streamer de izquierdas, afirma no tener «ningún problema» con Hezbollah, considera que Hamás es «mil veces mejor que un Estado fascista de apartheid y colonialismo de asentamiento» —refiriéndose a Israel— y percibe que el sionismo comparte con el nazismo «una ideología supremacista etnorreligiosa de carácter exterminador». Varios políticos de izquierda han hecho campaña junto a Piker o han aparecido en su programa. El periodista progresista Ezra Klein defiende esta interacción como un ejercicio legítimo de la libertad de expresión y advierte que la estrategia de negar a Piker una plataforma de difusión probablemente resulte contraproducente.

Sin embargo, tanto en la izquierda como en la derecha, se sobreestima el papel que realmente desempeñan los influencers a la hora de moldear la opinión pública. Recientemente llevé a cabo la primera encuesta sobre los hábitos mediáticos de los jóvenes republicanos en relación con sus actitudes hacia los judíos, la población negra y el nacionalismo blanco. Los resultados se combinaron con datos de numerosos estudios previos. Como cabía esperar, constaté que la hostilidad hacia Israel está aumentando, con una atención desproporcionada centrada en el país y en sus acciones militares. Además, muchos jóvenes republicanos creen en teorías conspirativas sobre la influencia israelí y judía en los asuntos estadounidenses; estas teorías resultan profundamente ofensivas para la mayoría de los judíos y son percibidas como antisemitas.
La situación parece alarmante, pero para declarar la existencia de una epidemia de antisemitismo alimentada por influencers, deberíamos ser capaces de identificar indicadores claros de odio hacia los judíos y trazar los patrones causales. Cabría esperar que quienes consumen habitualmente el contenido de comunicadores de derecha contrarios a Israel —como Nick Fuentes, Candace Owens o Tucker Carlson— manifestaran actitudes antisemitas significativamente más marcadas que aquellos que siguen medios relativamente favorables a Israel, como los de Ben Shapiro o Fox News. ¿Respaldan las pruebas esta hipótesis alarmista?
No.
Sin duda, los nuevos medios de comunicación están cobrando mayor importancia. Los datos del Pew Research Center indican que un porcentaje creciente de estadounidenses se informa «a menudo o a veces» a través de pódcasts o vídeos de YouTube. Esto se aplica al 40 % de los estadounidenses menores de 50 años y al 20 % de los mayores de 65 años. De hecho, la proporción aumentó 10 puntos en todos los grupos de edad tan solo entre 2020 y 2025. Los votantes republicanos tienen el doble de probabilidades que los demócratas de confiar más en las noticias que obtienen de los pódcasts que en otras fuentes informativas. Esto indicaría que los pódcasts cobran cada vez más importancia a la hora de moldear las opiniones de los votantes, especialmente en el sector de derecha.
Sin embargo, aunque destacados influencers de derecha como Tucker Carlson, Candace Owens, Megyn Kelly y Marjorie Taylor Greene se opusieron a la guerra en Irán, el 79 % de quienes se identificaban como republicanos la apoyaron en una encuesta realizada a finales de marzo de 2026. Además, los republicanos que se oponen a la guerra se concentran entre quienes simpatizan con el Partido Republicano y entre los republicanos moderados, mientras que entre el 85 % y el 90 % de los republicanos que se identifican con el movimiento MAGA apoyan la acción militar. Esto exasperó a Fuentes, quien posteriormente arremetió contra Donald Trump y expresó su apoyo a los demócratas.
Cuando Tucker Carlson defendió a los musulmanes en diciembre de 2023 durante AmericaFest, un encuentro de activistas conservadores organizado por Turning Point USA, fue abucheado. Una encuesta interna realizada entre 30.000 asistentes reveló que el 87 por ciento consideraba a Israel un aliado, mientras que solo el 13 por ciento opinaba lo contrario. El mismo sondeo mostró que los asistentes percibían al islam radical como la principal amenaza para la nación.

La popularidad de la derecha revisionista y antiisraelí se puso a prueba cuando el representante Thomas Massie, de Kentucky, se enfrentó en las primarias a un rival respaldado por Trump: Ed Gallrein, agricultor y exmiembro de los Navy SEAL. Massie basó su campaña en un mensaje antibelicista y crítico con Israel, mientras que Gallrein apoyaba la postura de Trump en ambos asuntos. Finalmente, Massie fue derrotado con un 45 por ciento de los votos frente al 55 por ciento de su oponente, lo que llevó al comentarista de izquierdas Cenk Uygur a declarar en X: «Israel ha ganado en Kentucky. Ahora controlarán al Partido Republicano al 100 %». Por su parte, su colega Hasan Piker expresó su indignación afirmando que «la derrota de Massie demuestra que el Partido Republicano es una secta pro-Epstein y pro-Israel, dirigida por su líder —vinculado a Epstein y servidor de Israel—: Donald Trump».
Una discrepancia similar se observa en la opinión pública europea: el partido de extrema derecha británico Restore Britain cuenta con más afiliados que el consolidado Partido Conservador. En el momento de redactar este texto, el líder de Restore Britain, Rupert Lowe, roza los 900.000 seguidores en X, duplicando con creces la cifra de seguidores de Kemi Badenoch, la líder conservadora. Sin embargo, a pesar de estas cifras y de la audacia de su líder y de sus jóvenes activistas, Restore Britain apenas obtiene entre un 3 y un 4 por ciento de intención de voto a nivel nacional.
Para comprender estas incongruencias, conviene analizar las diferencias fundamentales entre las nuevas plataformas mediáticas y sus predecesoras convencionales. Como señala el periodista económico Noah Smith, el panorama mediático actual está fragmentado en ámbitos más reducidos que en el pasado. Incluso un presentador enormemente popular como Tucker Carlson, con su millón de espectadores en YouTube, es un pez pequeño comparado con Rush Limbaugh en la década de 1990, que contaba con entre 15 y 30 millones de oyentes. Además, muchos oyentes consumen múltiples pódcasts —a veces para entretenerse más que para informarse— y no coinciden plenamente con los presentadores e invitados en todas las cuestiones. Esto significa que los contenidos de los nuevos medios pueden experimentar un repunte de «me gusta» y reproducciones sin dejar de ser relativamente irrelevantes a la hora de moldear la opinión pública.
La brecha entre el ecosistema digital y la vida real ha tomado por sorpresa a los observadores en varias ocasiones; sin embargo, la encuesta en dos partes que realicé —que abarcó a casi 400 votantes de Trump menores de 35 años y a otros 400 procedentes de una muestra representativa a nivel nacional— arrojó datos reveladores que permiten ver más allá del ruido mediático. En primer lugar, solo entre el 5 % y el 10 % de los adultos estadounidenses siguen a Tucker Carlson o a Candace Owens. En el caso de Nick Fuentes, la cifra se sitúa entre el 2 % y el 3 %, un porcentaje similar al de la audiencia de Alex Jones. No obstante, entre los republicanos menores de 35 años, entre el 15 % y el 20 % afirma seguir habitualmente a Carlson o a Owens, mientras que el 7 % consume contenidos de Fuentes. Se trata de cifras más significativas, aunque cabe destacar que el 45 % de los jóvenes votantes de Trump de mi muestra ve Fox regularmente y entre el 25 % y el 30 % lee habitualmente el New York Times. La idea de que los jóvenes de derecha tienen hábitos mediáticos radicalmente distintos a los de sus homólogos de mayor edad es errónea: los votantes de Trump mayores de 35 años consumen nuevos medios en proporciones solo ligeramente inferiores a las de sus pares más jóvenes.
Aunque a menudo se etiqueta a la audiencia de los influencers de derecha como joven, blanca y masculina, la realidad es más compleja. Alrededor de un tercio de la audiencia joven de Fuentes —y una cuarta parte de la de Carlson— no es blanca, y cerca de un tercio son mujeres. Más de la mitad de los seguidores de Owens son mujeres, algo que quizá no resulte tan sorprendente. Las personas de mayor edad están algo menos representadas entre estas audiencias. Además, existe una considerable superposición de audiencias entre los podcasters críticos con Israel, como Carlson o Fuentes, y fuentes favorables a Israel, como Ben Shapiro. Los oyentes de nuevos medios siguen a diversos influencers, mientras que las audiencias de los medios tradicionales y de la televisión por cable son menos propensas a consumir estos nuevos formatos.
Las encuestas del Pew revelan que el porcentaje de estadounidenses con opiniones negativas sobre Israel ha aumentado del 42 % en 2022 al 60 % en 2026. Esta cifra ha pasado del 53 % al 80 % entre los demócratas y del 27 % al 41 % entre los republicanos. El cambio hacia una postura negativa es más marcado entre los republicanos jóvenes (del 35 % al 57 %) y los demócratas de mayor edad (del 43 % al 76 %).
Dicho esto, existen dinámicas algo diferentes entre la izquierda y la derecha. Según el American National Election Study (ANES) de 2024 —considerado el estándar de oro en la materia—, tanto la afiliación política como la edad determinan el apoyo a Israel o a los palestinos. Casi la mitad de los demócratas menores de 35 años se inclinan por Palestina frente a Israel en el conflicto, y solo un 5 % apoya a Israel. En cambio, entre los republicanos mayores de 35 años, casi 6 de cada 10 respaldan a Israel, mientras que apenas un 2 % se posiciona del lado palestino.
Los republicanos menores de 35 años muestran menos apoyo a Israel que los republicanos de mayor edad (35 por ciento frente a casi el 60 por ciento), pero solo el 8 por ciento de los republicanos jóvenes apoyan a los palestinos. La mayoría opta por la categoría de «ninguno de los dos». Se trata de un distanciamiento, no de un cambio de bando.
En 2024, los demócratas de mayor edad apoyaban a «ambos» bandos en el conflicto, una postura mantenida por solo el 7 por ciento de los republicanos jóvenes. Los demócratas mayores parecen tener sus simpatías repartidas entre ambos bandos, mientras que muchos republicanos jóvenes adoptan un enfoque aislacionista y distante.
Desde 1964, la encuesta ANES ha preguntado a los participantes qué opinan sobre los judíos, los negros y otros grupos. Al centrarse únicamente en los menores de 35 años según su afiliación política, se observa que los demócratas jóvenes han mostrado una actitud cada vez más favorable hacia los judíos, especialmente desde 2008.
La encuesta utiliza un «termómetro de sentimientos», una escala de 0 a 100 en la que las puntuaciones más altas indican una actitud más favorable. Aunque la simpatía de los demócratas jóvenes descendió algunos puntos entre 2020 y 2024, su nivel medio de simpatía hacia los judíos se mantuvo muy alto, en 73 grados, ese último año. Los republicanos jóvenes muestran sentimientos menos intensos, aunque todavía positivos, hacia los judíos, a pesar de que la valoración cayó ligeramente de 65 a 61 grados entre 2020 y 2024. Los independientes jóvenes registran puntuaciones similares a las de los republicanos jóvenes. Siempre existe cierta volatilidad en los sondeos, incluso en encuestas de primer nivel como la ANES. Sin embargo, al analizar los últimos 60 años, llama la atención que las valoraciones actuales se mantengan dentro de su rango histórico y muy por encima del mínimo registrado: 53 puntos entre los independientes en 1976.
Al observar la misma escala de valoración (tipo termómetro) en mi propia encuesta, encuentro que los republicanos otorgan a los judíos una puntuación de 57 sobre 100. La diferencia con los datos análogos de la ANES para 2024 (61 puntos) es pequeña. Los oyentes habituales de Nick Fuentes muestran una actitud más fría hacia los judíos, situándose en torno a los 42 grados; no obstante, incluso en este grupo, la opinión sobre los judíos es más positiva que la que tienen sobre los palestinos. Los consumidores habituales de los programas de Carlson y Owens otorgan a los judíos una puntuación de 55, lo cual resulta ligeramente positivo para este tipo de medición. Esta cifra es solo ligeramente inferior al promedio de la muestra republicana (57) y Esta cifra es ligeramente inferior al promedio de la muestra republicana (57), así como a las puntuaciones otorgadas por los espectadores habituales de Fox News (62) y los seguidores de Ben Shapiro (65) sobre los judíos. Los análisis estadísticos (que controlan factores demográficos como edad, sexo, nivel educativo y raza) indican que seguir habitualmente a Fuentes y, en menor medida, a Owens predice actitudes más frías hacia los judíos, mientras que escuchar a Carlson no detecta ninguna asociación.

En última instancia, parece que Fuentes —el influencer con posturas más antisemitas— fomenta el antisemitismo hasta cierto punto, pero las plataformas de mayor alcance con posturas críticas hacia Israel, como la de Carlson, no tienen un efecto significativo. Influencers de alcance intermedio, como Owens, ejercen un impacto negativo moderado en las actitudes hacia los judíos. Incluso en el caso de los seguidores de Fuentes y Owens, cabe la posibilidad de que sean personas ya antisemitas quienes eligen escuchar estos programas, en lugar de que sean los programas los que las conviertan en antisemitas.
La influencia de estas figuras es similar en lo que respecta a las opiniones sobre Israel. Los seguidores habituales de Nick Fuentes muestran una actitud hacia Israel 15 puntos más fría que quienes no lo siguen. En el caso de Tucker Carlson, la cifra equivalente es de 6 puntos negativos, mientras que los seguidores habituales de Ben Shapiro muestran una actitud 9 puntos más positiva hacia Israel que el promedio de la muestra.
En conclusión, los influencers de derecha o bien no son lo suficientemente radicales (como Carlson) o bien tienen una audiencia demasiado reducida (como Fuentes) para alterar significativamente la opinión pública sobre los judíos o Israel. Esto ayuda a explicar por qué la tendencia general entre los jóvenes respecto a los judíos, según los datos de la ANES, apenas ha variado con respecto a su promedio histórico.
Más preocupante que estos sentimientos es el respaldo a teorías conspirativas sobre los judíos. El 60 % de los seguidores habituales de Fuentes coincide en que «Israel puede salirse con la suya en cualquier cosa porque sus partidarios controlan los medios de comunicación», una opinión compartida por el 50 % de la audiencia habitual de Carlson y Owens. Sin embargo, casi el 40 % de los espectadores de MSNBC y el 30 % de los lectores del New York Times incluidos en la muestra también suscriben esta idea. La proporción de personas que cree en teorías conspirativas relacionadas con los judíos es considerablemente mayor que la de quienes expresan actitudes negativas hacia ellos. ¿A qué se debe esto?
Otra serie de preguntas de una encuesta del Manhattan Institute revela que, entre los republicanos menores de 50 años, una cuarta parte se identifica como antisemita, un tercio como racista y casi la mitad afirma que el Holocausto no ocurrió o que está exagerado. Aunque el marco muestral impide extrapolar estas cifras al ámbito nacional, los datos ofrecen información interesante sobre la relación entre distintas actitudes en las personas. Es más probable que los jóvenes votantes no blancos y aquellos que abandonaron el Partido Demócrata en 2024 sostengan estas creencias. Sea como fuere, mi análisis de los datos indica que el factor más estrechamente vinculado a la negación del Holocausto es creer que los alunizajes fueron un montaje. La idea de que los atentados del 11 de septiembre fueron una operación interna está tan asociada a la negación del Holocausto como el hecho de identificarse abiertamente como antisemita. Una minoría significativa de votantes cree en teorías conspirativas, y quienes creen en una tienen muchas probabilidades de creer también en otras.
El patrón que emerge sugiere que la predisposición general a creer en conspiraciones y la aversión hacia los judíos son orientaciones distintas, mientras que las posturas sobre políticas públicas son, en gran medida, independientes de ambas. Los jóvenes republicanos que se identifican como antisemitas o racistas son, de hecho, más partidarios de la acción afirmativa que aquellos que rechazan el antisemitismo y el racismo. Es más probable que los antisemitas declarados afirmen que los blancos gozan de ventajas en la sociedad estadounidense, que a afirmar que los judíos gozan de esas ventajas.
Al combinar esto con los resultados de mi propia encuesta, concluyo que el conspiracionismo es una orientación transgresora, mágica y recreativa que trasciende las actitudes hacia grupos específicos. La creencia en teorías conspirativas atraviesa las diferencias de opinión sobre políticas como la acción afirmativa. Es importante no interpretar la creencia en conspiraciones judías —por muy chocante que resulte para la sensibilidad judía o por muy contraintuitiva que parezca— como algo motivado principalmente por el odio a los judíos. En 2024, solo el 8 % de los estadounidenses menores de 30 años declaró a la Encuesta Social General (GSS) que se puede confiar en la mayoría de las personas; se trata de la cifra más baja registrada desde que comenzaron los datos en 1972. La confianza de los jóvenes votantes en el gobierno federal también se encuentra en mínimos históricos, y la confianza en las instituciones se ha desplomado. El pensamiento conspirativo prospera en este clima.
Los comunicadores de los nuevos medios que recurren a la provocación agitan a sus audiencias y compiten por mostrarse antisistema y transgresores. El público «prefiere el pensamiento mágico» y «ansía el drama y los giros argumentales», observa Scott Greer, podcaster nacional-populista partidario de Trump. «Mientras los influencers presenten sus ideas absurdas como algo que las «élites» no quieren que sepas, sus oyentes «de pensamiento libre» las devorarán sin dudarlo».
A mi juicio, estas ocurrencias tienen un impacto general limitado en la opinión pública sobre los judíos. Muchos sectores de la derecha han criticado a Fuentes, Owens y Carlson por ser unos fantasiosos que se muestran débiles frente al islam, y casi ningún conservador del movimiento MAGA apoya a los palestinos. En la izquierda joven, no existe correlación estadística entre los sentimientos hacia los judíos estadounidenses y los sentimientos hacia Israel. Puede que los jóvenes estadounidenses antisionistas sean insensibles a las inquietudes de la mayoría de los judíos que ven en Israel su patria, pero no son antisemitas.
Lo que revelan las investigaciones es que la influencia de las redes sociales en lo relativo al antisemitismo guarda muchas similitudes con el papel de estas plataformas en general: tienden a la exageración y a alejarse considerablemente de la realidad fuera de la pantalla. Saber si esta tendencia se mantendrá exige, por supuesto, especular sobre el futuro; no obstante, los judíos estadounidenses harían bien en no dejarse atrapar por contenidos sensacionalistas diseñados para atraer clics.
* Eric P. Kaufmann es profesor de Política en la Universidad de Buckingham, donde dirige el Centro de Ciencias Sociales Heterodoxas.


0 comentarios