Advertencias antiguas para una política temeraria
Columnista invitado: Darío Gabriel Teitelbaum *
No me gustan los diálogos imaginarios. Suelen ser un atajo literario, a veces una coartada. Pero hay momentos en que el presente empuja a forzar el recurso. Cuando viejas blasfemias regresan con voz de decreto, el rodeo se vuelve inevitable.
Imagino entonces a Jeremías (Mi profeta “dark” preferido) y a Ezequiel sentados frente a frente, no para debatir ideas abstractas, sino para hablar del ahora. De cómo el lenguaje del poder vuelve a confundir promesa con propiedad, fe con dominio, trauma con licencia moral.
Jeremías, sacerdote marginal de Anatot, fue llamado joven a una tarea ingrata: arrancar y derribar antes de cualquier posibilidad de edificar y plantar. Durante décadas combatió una ilusión persistente y peligrosa: la creencia de que la tierra estaba garantizada por derecho divino aun cuando la injusticia se volviera norma. El Templo, advertía, no protegía a nadie si el pacto era violado en la vida social concreta.
Ezequiel conoció algo distinto y más radical: el colapso. Deportado a Babilonia en 597 a. C., vio desaparecer soberanía, culto y seguridad al mismo tiempo. Desde el exilio habló como centinela, no para consolar, sino para obligar a mirar hacia adentro. La restauración —insistía— no empieza con mapas ni con repoblaciones, sino con una transformación interior: la sustitución del corazón de piedra por uno capaz de responder éticamente incluso bajo amenaza.
Jeremías rompe el silencio. Dice que vuelve a escuchar, una vez más, a líderes convencidos de que la respuesta al horror es reafirmar presencia, volver a poblar, corregir la historia con hechos consumados. Señala, sin rodeos, las declaraciones del ministro de Defensa de Israel, Israel Katz, sobre repoblar con judíos el norte de la Franja de Gaza, como si el trauma pudiera resolverse mediante ingeniería demográfica. En su tiempo —recuerda— también se creyó que la fuerza garantizaba legitimidad. Y no terminó bien.
Para Jeremías, la advertencia siempre fue clara: la promesa no equivale a escritura de propiedad. La permanencia en la tierra no se decreta; se sostiene con justicia. Cuando se derrama sangre inocente y se invoca a Dios como escudo retórico, la tierra misma se vuelve inestable.
Ezequiel asiente. Él vio el final de esa ceguera. Vio cómo la Presencia se retiraba sin estruendo, no por debilidad militar, sino por corrupción moral. Entiende el impulso de endurecerse después de una masacre; lo entiende demasiado bien. Pero sabe también que cuando el dolor se transforma en permiso, el alma se vuelve inhabitable. No hay retorno posible con el mismo corazón. Ninguna reconstrucción vale si el espíritu se ha vuelto impermeable al sufrimiento ajeno.
Jeremías lleva la conversación a otro punto que no admite evasivas: la violencia sistemática de colonos en los territorios ocupados. Ataques a aldeas palestinas, quema de casas y campos, agresiones y expulsiones que se repiten con una regularidad ya imposible de negar. No son excesos marginales ni accidentes del sistema: son síntomas de una degradación tolerada. No se puede clamar por la tierra mientras se pisotea al extranjero. No se puede invocar seguridad mientras se naturaliza la brutalidad cotidiana.
Ezequiel amplía el marco. La ocupación, dice, no solo hiere al ocupado: deforma al ocupante. En esto, incluso las voces más lúcidas del siglo XX fueron implacables. Yeshaiahu Leibowitz lo advirtió con crudeza: una sociedad que gobierna a otro pueblo por la fuerza termina destruyendo su propio tejido moral. La ocupación banaliza la violencia, vacía de contenido las palabras sagradas y convierte la fe en instrumento del poder.
El diálogo se detiene, no por falta de argumentos, sino porque ambos saben algo incómodo: las advertencias proféticas no fracasan. Simplemente se ignoran, hasta que ya es tarde.
Este rigor profético fue capturado siglos después por el filósofo Yeshaiahu Leibowitz, quien, al reflexionar sobre estos mensajes, afirmó de manera tajante: «La tierra de Israel no tiene santidad intrínseca; la santidad de la tierra es solo una función de las mitzvot (preceptos) que el hombre realiza en ella». Para él, como para los profetas, convertir la tierra o el Estado en un valor supremo por encima de la ética era la forma más peligrosa de idolatría.
La promesa de la tierra nunca fue absoluta. Fue condicional, exigente, incómoda. Nunca funcionó como salvoconducto político ni como indemnización automática por el sufrimiento. Convertirla hoy en mandato respaldado por cargos, uniformes y declaraciones altisonantes no fortalece al pueblo de Israel: lo expone.
Los profetas no hablaban para tranquilizar. Hablaban para advertir. Sabían que cuando el trauma se convierte en permiso, cuando la ocupación se normaliza y la fuerza reemplaza al juicio moral, el desastre no es una posibilidad lejana, sino una secuencia.
Lo que hoy es advertencia, mañana puede ser un nuevo 7.10.2023.
Y sus consecuencias, como ya estamos viendo, no se detienen en Israel: se despliegan brutalmente en Gaza, en vidas arrasadas, en destrucción sin horizonte y en una degradación ética que ningún discurso de seguridad logra ocultar.
Jeremías y Ezequiel lo sabían, y por eso siguen incomodando. Cuando un pueblo confunde poder con justicia, la historia no ofrece atajos. Solo factura.
* Darío es un antiguo educador y activista kibutziano, fue ex presidente de la Unión Mundial del partido Meretz. Pueden leer sus artículos en su Substack.


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