Francisco J. Figueroa Weitzman
HABLAN GEORGE STEINER Y ELIE WIESEL
George Steiner en su ensayo “El silencio de Heidegger” se refiere al silencio cómplice de este pensador alemán sobre el holocausto. Elie Wiesel, habla de la imposibilidad del lenguaje y las palabras, en abarcar y poder transmitir el horror vivido en los campos de exterminio, en este sentido, un silencio por trauma.
En base a lo expuesto por ambos pensadores este artículo es un intento de explicar cómo el silencio, la ausencia del decir, ha estado presente en el conocimiento sobre el holocausto judío.
Sobre las palabras y el silencio
Cuando se dice que el silencio no es lo opuesto a las palabras, sino su guardián, pienso que es cierto. El lenguaje y las palabras que lo componen, adquiere sentido porque hay silencios entre estas, existen espacios para conectarlas y hacer coherente un relato. En ocasiones guardar silencio es no solo cuidar las palabras, sino la mejor opción cuando no están las condiciones para la expresión verbal.
En este sentido el silencio es también un modo de hablar, se envía un mensaje con ciertos silencios. Pero en otros casos el silencio es la imposibilidad de expresar algo que se desearía decir, por miedo o por trauma o pudiendo y debiendo dar una opinión, tomar una postura a lo menos como un deber moral, se decide guardar silencio por cobardía o conveniencia.
El lenguaje y la Shoah
La Shoah es la Shoah, debido en una parte importante a la memoria histórica construida en torno a este hecho terrible. El lenguaje ha expuesto sin descanso sobre lo sucedido en los campos de exterminio nazis. Uno podría pensar entonces que en las décadas posteriores al año 1945, se ha dicho ya todo o lo suficiente con respecto al holocausto, ¿qué más se podría agregar a los miles o quizá cientos de miles de exposiciones, films, literatura, charlas, entrevistas, seminarios, testimonios, sobre este suceso? Quizá nada más, pero esto no significa que todos quienes podían o debían hablar lo hayan hecho.
Es en este punto donde adquiere sentido el concepto del silencio, no ya como guardián de las palabras, sino como cómplice de un acto o por la imposibilidad de decir algo. Se descubre así que no todo se dijo en su momento sobre las víctimas y los victimarios, que hay lagunas, las que si no se abordan dan pie a las relativizaciones de la Shoah o incluso su negación, como ha ocurrido. Sí, muchos o disminuyen el horror sucedido o simplemente dicen que no existió.
El trauma y la imposibilidad de decir
Elie Wiesel, pensador y escritor, sobreviviente de los campos de exterminio nazis, nacido en Rumania y fallecido en Estados Unidos, dedicó su vida luego de finalizada la segunda guerra mundial a exponer el horror sufrido. Fue una de las voces más importantes en este sentido, y es interesante analizar su discurso al respecto, porque así como promovió la no neutralidad en la denuncia de este gran crimen y de cualquier otro, instando a denunciar siempre al opresor, por otra parte expresó que las palabras no alcanzaban para comunicar al otro un sufrimiento de la magnitud de la Shoah. Dijo, “Sigo creyendo que debemos decir lo que tenemos que decir, los testigos deben dar testimonio. Pero también creo que la auténtica verdad con V mayúscula no podrá comunicarse nunca. Nadie que no estuviera ahí sabrá lo que fue estar ahí”.
Esta limitante del lenguaje para transmitir las vivencias, emociones y sentimientos más profundos y desgarradores puede deberse al trauma de lo que se ha debido soportar, pero también porque ante tal nivel de tragedia, de horror, de caída del ser humano a los abismos del infierno, ¿que se podía decir? Si el drama es tan grande, tan profundo, que sobrepasa la comprensión humana, “¿cómo otro ser humano puede hacerme esto?”, las palabras quedan inutilizadas. Este tipo de silencio no fue poco común, muchos sobrevivientes simplemente no hablaron, no quisieron o no pudieron. Miles de familias judías en todo el mundo lo han sentido. Sobrevivientes de los campos que una vez liberados y re-integrados en la vida de su comunidad o familia, enmudecieron con respecto a lo experimentado. Por lo mismo, hijos, nietos o bisnietos hoy en día no saben realmente de primera mano qué ocurrió con sus ancestros.
En este sentido, cuántas historias no contadas, cuántos testimonios que podrían haberse sumado a la inmensa cantidad de relatos sobre el horror, pero que finalmente no se dieron. Cuando mueran esos testigos morirán con ellos sus historias, únicas y por lo mismo irrepetibles. No hay que confundirse, cada víctima de los nazis fue o es una persona y una historia singular, cada uno experimentó la humillación, las vejaciones, las torturas o el asesinato de acuerdo con quien era, su escala de valores, su psicología, su fe, en fin, todas las particularidades que hacen que una misma experiencia sea diferente según quien la vive. Si el sobreviviente guardó sólo para sí el infierno experimentado, esto morirá junto con él y de algún modo morirá el lenguaje, las palabras que pudieron haber sido pero no fueron.
El silencio cómplice
Elie Wiesel expuso también esta clase de silencio. Expresó que había que denunciar la barbarie, el crimen, la injusticia, la neutralidad como una alternativa cobarde. Otro intelectual judío, Stephane Hessel, uno de los autores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos habla en términos parecidos, sobre el derecho y el deber de oponerse y denunciar ahí donde se produce un crimen, un atropello, una humillación. Su libro Indignaos es claro. Hay que indignarse ante la barbarie y denunciarla. Todo esto significa expresión mediante el lenguaje, bajo cualquier forma, pero palabras al fin. Su opuesto es la neutralidad o complicidad mediante el silencio, mediante el observar, darse cuenta, ser un testigo de un hecho atroz y no decir nada estando en la capacidad y situación de hacerlo.
Wiesel establece también una idea que pareciera ser contradictoria pero que finalmente es el reconocimiento de la relevancia de la palabra en la vida humana, aunque no pueda ser expresada. Entre todos los libros que escribió solo uno se refiere explícitamente a su experiencia en los campos de exterminio nazis. “La noche”, que habla en particular sobre Auschwitz. Expresó que los demás libros los escribió para no tener precisamente que volver a hacerlo sobre los campos de concentración. Esta negación ex profeso a escribir sobre la tragedia personal experimentada, es en cierto modo contradictoria con otra de sus reflexiones en la cual se refiere al concepto griego de “Alitheia” que significa verdad, verdad de las cosas que no pueden ser olvidadas y que Wiesel agrega, no deben olvidarse. La memoria cultural de los judíos como expresa también este autor está construida desde la Torah con el término “recuerda” que se repite constantemente. Recordar lo que no puede ni debe ser olvidado y al mismo tiempo tal como ha sucedido muchas veces, memoria no expresada, experiencias e historias guardadas para siempre en el silencio de tantos.
George Steiner, uno de los pensadores sobre la cultura occidental más importantes del siglo pasado, de ascendencia judía vienesa, nacido en Francia y que emigró a Estados Unidos junto a su familia huyendo de los nazis, escribió un ensayo titulado “El silencio de Heidegger”. En el mismo denuncia al intelectual alemán, una de las mentes privilegiadas de su época, por no decir nada ante el horror de los campos de concentración del cual fue testigo. En el ensayo hace hincapié, lo que no es algo menor, en la cómoda situación de Heidegger dentro del círculo intelectual y académico de su época. Es decir, alguien que contaba con la posición y recursos para haber denunciado con fuerza el crimen nazi. Incluso una vez finalizada la guerra con Alemania derrotada, no habló.
El ensayo de George Steiner sobre Heidegger es relevante, primero porque proviene de las reflexiones de un intelectual de talla mayor, alguien que analizó (y develó) la cultura y el siglo XX con rigor, conocimiento histórico y lógica inapelable. Además Steiner, un espíritu irónico, escribió otro ensayo (con un humor muy especial) en «defensa» de Adolf Hitler. Alguien, por lo mismo, con un sólido sentido del análisis crítico y objetivo. Para este pensador, la gran falta en el silencio cómplice ante una tragedia, una catástrofe como fue la Shoah pero podría haber sido también otra, es la cobardía de quien pudiendo hablar, cuándo hablar puede marcar una gran diferencia, decide no hacerlo, resguardándose en la seguridad de todo aquel que no se expone ante la injusticia, que prefiere la neutralidad cómoda. En el mismo ensayo no obstante, el autor menciona un primer período de Heidegger, cuando Hitler aún no tomaba el poder total, en el cual el intelectual como rector de la Universidad de Friburgo se opuso e impidió diversos actos antisemitas.
Posteriormente, con Hitler y el nazismo en el control y poder absoluto sobre Alemania, es cuando Heidegger apoya al régimen y guarda silencio sobre la sucesión de acontecimientos terribles que vendrían.
Este no decir, cuando existe un imperativo ético para hacerlo, cuando ante un horror de la magnitud de la Shoah un intelectual de la estatura y posición de Heidegger no habla, es imperdonable y Steiner enfatiza en este pecado. Porque ser una de las mentes privilegiadas de una época puede otorgar beneficios pero también exige deberes. No haber hablado claro, denunciado, no solo es un pecado ante los judíos, también es una afrenta, una degradación del rol del intelectual, aquel cuyas palabras son escuchadas, influyen y pueden modificar percepciones y acciones. En este caso las palabras y el lenguaje no estuvieron por decisión propia del pensador alemán y a su muerte las mismas, las palabras no dichas pero que debieron expresarse, (uno adivina cuáles pudieron haber sido), también se extinguieron para siempre.
Steiner lo deja claro en uno de los párrafos de su ensayo, cito textual: “¿Existe en alguna parte de la obra de Heidegger un repudio del nazismo; existe en alguna parte, desde 1945 hasta su muerte, por lo menos una sílaba sobre los hechos reales, sobre las implicaciones filosóficas del mundo de Auschwitz? Estas son las preguntas que realmente importan. Y la respuesta tendría que ser: No”.
Es entonces esta tensión entre decir y no decir, entre lenguaje y silencio, entre complicidad o trauma, entre decisión e imposibilidad, lo que mantiene en permanente discusión sobre cuánto más se pudo haber expresado sobre la Shoah, cuánto más con sentido, que hubiera aportado, despertado la sensibilidad de un ser humano hoy en día adormecido precisamente, valga la paradoja, por el exceso de información, de datos, pero escasez de un lenguaje con altura, palabras y relatos mayores.
La Shoah es la Shoah en un grado importante,gracias a la memoria construida sobre la misma en base a lo expuesto, lo dicho, lo expresado y testimoniado, pero también, la Shoah es la Shoah y no otro Holocausto, debido a lo no dicho, a los silencios, a las historias y palabras no transmitidas que murieron junto a las víctimas y claro está, también junto a los victimarios.
Y en esta vuelta por los silencios cómplices o traumáticos, existe un retorno, una reflexión sobre ese otro silencio, este sí, con mayúscula. No ya el que omite o se hace cómplice de la barbarie, sino el que es amigo de las palabras, el que las resguarda. Y en esta idea, no todo se debe decir sobre la Shoah, ahí sí, si no se trata de un testimonio genuino o una declaración con altura, es mejor no comentar nada. Es el tipo de silencio que se tiene al visitar los campos de exterminio hoy en día. Haberlos visto y obviar la expresión de ciertos sentimientos, por dolor y por pudor, obviar también las imágenes que se podrían obtener, son estos elementos a veces, el más poderoso discurso sobre el horror. Es en este caso un silencio que dice todo.


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