Ramy Wurgaft
A partir del siglo 6aC, el Shemá Israel (Escucha, Israel) es la profesión de fe fundamental del judaísmo. La oración comienza reconociendo a YHWH como al Dios único del universo. Luego, dicta la exhortación de “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”. Sin embargo, al leer la Biblia hebrea descubrimos que ganarse el amor de su pueblo no cuenta como la máxima prioridad del Dios de Israel. A diferencia del cristianismo, donde Dios se ha encarnado en Jesucristo para que los seres humanos no le teman y puedan amarlo; en el judaísmo Dios pone de manifiesto, una y otra vez, su poderío avasallador, para que los hebreos aprendan a temerle. De ahí que en la teofanía del Monte de Sinaí -su estreno ante el pueblo elegido- YHWH compareciera en medio de un aterrador despliegue de “efectos especiales”: truenos, relámpagos, el monte que se estremece y el humo espeso que brota de él. Y es que YHWH ve en los hebreos, sus elegidos, una nación de dura cerviz, rebelde y con marcada propensión a la idolatría. Por ello, al menor desacato de sus Leyes -en el judaísmo las leyes o mandamientos son una emanación de la propia divinidad- YHWH castiga al infractor sin contemplaciones. ¡Qué sirva de escarmiento a los demás!
La Biblia hebrea da cuenta, repetidamente, del carácter irascible del Creador. Así por ejemplo en Nahum 1:2 “Dios celoso y vengador es YHWH ; YHWH es vengador y lleno de indignación”.
Considerando los riesgos que implica vivir bajo el riguroso escrutinio divino ¿no resulta insólito que Job, un simple mortal, se atreviera a desafiar abiertamente a YHWH y que YHWH no lo fulminara al instante? Más aún: ¿no resulta desconcertante que la historia de aquel insurgente -contenida el Libro de Job- haya sido incorporada a la Biblia hebrea?
Observación. Valga tener siempre en cuenta: quien reta a YHWH no es Job, sino el creador de aquel personaje ficticio; el autor anónimo del Libro de Job.
EL LIBRO DE JOB EN BREVE
Los historiadores modernos de la Biblia estiman que la obra fue redactada entre los siglos 7aC y 6aC, en territorio de Judea o en el exilio de Babilonia. Los biblistas contemporáneos como la mayoría de los eruditos de la antigüedad, coinciden en que el texto no es un relato histórico sino una parábola teológica-filosófica. Pero en la Biblia una parábola puede tener mayor
trascendencia que un hecho verídico.
El libro cuenta la historia de Job, un próspero varón de la tierra de Uz, un país imaginario situado en Arabia. A Job se le describe como “el más grande de todos los hijos de Oriente” , un opulento a quien la vida le sonríe. Hasta que un día, los Hijos de Dios (los ángeles) comparecen ante YHWH. Y junto con ellos se presenta Satán (Satanás). YHWH le dice a Satán “¿no te has fijado en mi siervo Job? ¡Nadie como él en la Tierra!: un hombre cabal, recto que se aparta del mal” (Job Capítulo 1:8). Aquí nos encontramos con una inesperada desviación de la teología bíblica (de origen supuestamente divino) donde, originalmente, Satán aparecía como un principio activo pero abstracto: el de la desviación de los buenos propósitos, de la incitación al mal. En cambio, en el Libro de Job, Satán figura como un personaje por derecho propio y como miembro pleno de la corte celestial. Más asombroso aún es el trato familiar que YHWH dispensa a Satán, pese a tratarse de un vasallo de mala reputación (Zacarías, capítulo 3).
Pues bien, Satán sostiene que si Job reúne tantas virtudes es porque YHWH lo ha colmado de riquezas y bendecido con siete hijos varones y tres hijas. Qué si lo privara de todo aquello, de seguro Job le daría la espalda. Convencido de la fe inquebrantable de su siervo, Dios autoriza a Satán a que lo despoje de todos sus bienes materiales y de sus hijos. Pese a recibir aquel golpe aplastante -que no duda en atribuir a la mano de Dios- Job no defrauda a su celestial valedor; se rasga las vestiduras en señal de duelo, pero aun así exclama: “YHWH concedió, YHWH privó. ¡Alabado sea el nombre de YHWH!” (Job 1: 21).
Lejos de darse por vencido, Satán invita (¿incita?) a YHWH a doblar la apuesta. Que le autorice esta vez a contagiar a Job con un mal espantoso, a ver si el mortal persiste en su devoción. YHWH accede con tal de que Satán no le quite la vida a su eximio siervo. Ni corto ni perezoso, el Maligno descarga sobre Job una peste que le cubre, de pies a cabeza, con purulentas llagas.
Aposentado en una pila de basura, Job se rasca con un trozo de cerámica hasta desgarrarse la piel.
En ese lamentable estado se encuentra, cuando vienen a consolarlo tres amigos quienes al verlo se conmueven hondamente. Pero la compasión de Elifaz, de Bildad y de Sofar es de mecha corta. Bastará con que Job sostenga que YHWH se ha enseñado injustamente con él, para que los tres acompañantes descarguen sobre él toda su artillería dogmática. A medida que se desenvuelve, el coloquio entre Job y sus ahora adversarios se convierte en una virulenta disputa teológica.
La defensa que el trío de Bildad, Elifaz y Sofar (a los que más tarde se suma Elihú) hace de YHWH, responde al concepto de teodicea. La teodicea es la rama de la filosofía y de la teología que se encarga de justificar la bondad y justicia inherentes a Dios, pese a la existencia del mal y el sufrimiento en el mundo. En el contexto de la historia que nos ocupa, la postura de los amigos/adversarios representa una teodicea rígida, basada en el dogma de que YHWH es matemáticamente justo. Por tanto, el sufrimiento de Job es directamente proporcional a la gravedad de sus pecados. Y mal hace el penitente en achacarle un trato injusto a Dios en vez de hacerse un examen de conciencia y suplicar perdón por sus faltas. Desde luego, ninguno de los contrincantes hubiera podido imaginar algo tan descabellado como la apuesta que YHWH y Satán habían cruzado.

Básicamente, los interlocutores de Job asumen que el ser humano es un ser corrompido desde el momento en que Adán mordió la manzana. En cuanto a Job, sus enjuiciadores presumen que las riquezas que ha acumulado lo han vuelto soberbio. Es decir, que ha incurrido en el hybris que en la mitología griega significa traspasar los límites impuestos por los dioses. En el pensamiento hebreo la misma infracción se expresa como la Yuhará: la arrogancia que contraviene a la humildad debida ante Dios.
JOB, EL HOMBRE QUE DESAFIÓ A DIOS Y VIVIÓ PARA CONTARLO
Primeramente, Job hace apología de su rectitud ante Dios y ante los hombres, especialmente los desposeídos “Era yo los ojos del ciego y del cojo los pies. (…). ¿No he llorado por el que vive en estrechez? ¿No se ha apiadado mi alma del mendigo?”( Job capítulo XXIX :15-25).
A medida que recrudece el pleito con sus acompañantes e indudablemente en razón de sus tormentos -que juzga inmerecidos- Job experimenta una transformación que reorienta su concepción de YHWH. Si antes lo consideraba como la fuente misma de la bondad, ahora lo percibe como el arquitecto de la iniquidad. “Al infortunio (léase, al infortunado); sólo el desprecio. (…) Mientras que viven en paz las tiendas de los salteadores…en plena seguridad viven los que irritan a YHWH, los que meten a Dios en su puño” (Job XII: 5-7). O bien en los siguientes versículos: “A los consejeros ÉL hace andar descalzos y entonces a los jueces hace andar descalzos y a los sabios arrebata el juicio (…) Sobre los nobles vierte el menosprecio” (Job XII: 17-20). Las imputaciones de Job se hacen eco de un conciso y demoledor aforismo, que aparece en diferentes escritos del judaísmo, como en el Talmud y en los Salmos: “Al justo, el sufrimiento. Al malvado, la dicha”.
Que la injusticia abunda (¿predomina?) en este mundo, cualquier ser humano consciente lo puede constatar, ahora como entonces. No obstante, para los creyentes reflexivos (no necesariamente eruditos), esta constatación supone una lacerante paradoja; pues, aparte de omnipotente y omnisapiente, se supone que YHWH es también bondadoso y justo. ¿Por qué entonces el Señor no ejerce, o sólo ejerce esporádicamente sus atributos más afables?” A esta encrucijada teológica que toca los fundamentos de la fe, el profeta Isaías, entre otros, ofrece la siguiente explicación. “¿Acaso no lo sabes? (…). El Dios eterno es el Creador de los confines de la tierra (…). Y su entendimiento es inescrutable” (Isaías 40:28). De ahí proviene la famosa y frustrante máxima vigente en el judaísmo hasta nuestros días: “Insondables son los caminos de Dios”.
Pero Job no admite la condición de inescrutable al entendimiento humano que se le atribuye a YHWH. De igual manera la rechazaría Baruj Spinoza en el siglo 17, cuando calificó ese concepto como “el asilo de toda ignorancia”. Asimismo, David Hume, filósofo escocés del siglo 18, establece en su obra Historia Natural de la Religión (Aproximación Antropológica a las Religiones Monoteístas) que Dios no es un “algo” sino un “alguien”. Dios está dotado de una “inteligencia antropomorfa”, parecida a la nuestra, por lo cual podemos “entendernos y mantener una relación privilegiada con Él”. Cierto, en su omnipotencia Dios no requiere de la ayuda humana para mover una montaña. Sin embargo, puesto que es inteligente “de alguna forma habrá menester de la aprobación y del reconocimiento de los mortales”, dice Hume.
A su modo, Job se adelanta al ideario de Spinoza y de Hume, cuando considera el hermetismo de YHWH no como una cualidad inherente a Él sino una actitud premeditada y hostil que la divinidad adopta a su antojo. ¿Será que el Señor se divierte jugando con Job a las escondidas? “Si voy a Oriente no está allí; sin voy a Occidente no lo encuentro”, declara el desdichado (Job 23:8). Bastaría con estas reflexiones para escandalizar a cualquier doctrinario de la época y aún de nuestros tiempos. Pero a Job todavía le queda tela por cortar. “Todo da igual (…) Si un azote acarrea la muerte de improviso, Él (YHWH) se ríe de la angustia de los inocentes”, declara nuestro personaje (Job 9: 23). ¿El Altísimo burlándose de la desgracia de los seres humanos, la joya de su creación e incluso de los hebreos, con quienes ha pactado una alianza eterna?
Una acusación de ese calibre, ni la más liberal de las actuales corrientes del judaísmo la admitiría. ¿Es que en medio de su tormento Job ha renegado de su fe, con lo cual, dicho sea de paso, Satán habría ganado la apuesta? Ninguna interpretación conocida del texto convalida esa conjetura. En la humilde opinión de quien escribe estas líneas, ocurre justamente lo contrario. Si Job ha llegado a la blasfemia es porque no ve otra forma de arrancar al Señor de su mutismo.
Job cree fervientemente en YHWH y se aferra a esa convicción como un náufrago se aferra al madero que lo mantiene a flote. Y es en virtud del “loco salto de fe”, que menciona el filósofo danés Soren Kierkegaard, que Job resuelve, cómo último recurso, entablar una querella contra YHWH. “Mirad, un proceso he preparado, consciente de que tengo razón. ¿Quién es el que quiere litigar conmigo? (…) Arguye Tú (YHWH) y yo responderé o bien yo hablaré y Tú me responderás” (Job 13: 7-11).
En su fuero interno, Job entiende que, aunque el proceso se concretara, no habría forma de que él saliera airoso puesto que YHWH comparecería como fiscal, juez y parte. “No hay entre nosotros un árbitro que ponga sus manos sobre ambos, para que Él (YHWH) aparte de mí su vara” dice el desdichado. (Job 9: 32-34).
Al margen de estas consideraciones, ¿cuál sería el Delito con mayúsculas que Job le imputaría al Altísimo? No la injusticia que prevalece en este mundo, como propone la lectura casi canónica del libro. Tampoco los daños materiales y las devastadoras pérdidas humanas que él ha encajado ni la peste que le atormenta. La mayor angustia del protagonista y por tanto su mayor reclamo proviene del silencio ensordecedor del Señor ante el sufrimiento de tantísimos inocentes y del suyo propio.
Para Job, que Dios no responda a sus súplicas probaría que el orden moral del universo está roto. El protagonista ignora que ese orden ya se había alterado en el momento en que YHWH se avino a cruzar una apuesta con Satán.
Pero hete aquí, que cuando los ruegos de Job parecían inconducentes, YHWH comparece en medio de un torbellino. Esta aparición no es un dato pueril, es una declaración de intenciones: en la Biblia hebrea, el torbellino o tempestad se asocia con la manifestación imponente de Dios (ver en Salmos 77:18 o en Nahúm 1:3). Representa una fuerza que el ser humano no puede dirigir, contener ni cuestionar bajo sus propios términos. Este portentoso efecto climático/divino, es el preámbulo del discurso con el cual el Altísimo pretende poner a Job en el lugar que le corresponde como simple mortal. No importa si antes lo había reconocido (ante Satán) como al hombre más virtuoso de la Tierra.
YHWH finalmente le habla a Job, pero no en el tono íntimo de complicidad con que se comunicaba con Abraham y con Moisés. A Job se dirige en el tono altanero que emplearía un señor feudal con el porquerizo que viene a reclamarle algún derecho.
Debido a la extensión del listado de sabidurías y prodigios que YHWH desglosa para apabullar a Job -¡no olvidemos que éste quiso llevarlo a juicio! – citaré sólo algunos de los pasajes más elocuentes (entre el capítulo 38 y el 41 del Libro de Job). “¿Quién es este que empaña el Consejo con razones sin sentido? ¡Ciñe tus lomos como un bravo!; voy a interrogarte y tú me instruirás ¿De verdad quieres anular mi juicio (…) me vas a condenar? ¿Tienes tú un brazo como el de Dios? ¿Truena tu voz como la suya?”, retumba YHWH con manifiesto sarcasmo. Y prosigue: “¿dónde estabas tú cuando fundaba yo la Tierra? Si lo sabes es que ya había nacido entonces y bien larga es la cuenta de tus días”.
Luego le pregunta retóricamente a Job si sería capaz de obrar prodigios monumentales como los suyos. “¿Puedes tú anudar los lazos de las Pléyades o desatar las cuerdas de Orión? ¿Conoces las leyes de los Cielos? ¿Aplicas sus fueros a la Tierra? ¿Parten los relámpagos a tus órdenes, diciendo aquí estamos?”. YHWH concluye su discurso, con una nota de manifiesta ironía: “¿Cederá el adversario de Shaday (otro de los nombres de Dios)? ¿El censor de Dios va a replicar aun?”.
Job baja la cabeza: “He hablado a la ligera (…) Me taparé la boca con mi mano (…) Ya no insistiré”. Y por último: “sé que eres todopoderoso: ningún proyecto te es irrealizable (….) Yo te conocía sólo de oídas más ahora te han visto mis ojos. Por eso me retracto en polvo y cenizas (en el judaísmo, el polvo y la ceniza son símbolos de aflicción)”.
De que Job se doblega ante el poderío de YHWH…que duda puede caber. Pero ¿lo habrán convencido los argumentos que esgrimió el Creador? Veamos qué opina al respecto Maimónides (Rambam), considerado el más grande filósofo judío de todos los tiempos. En la parte que dedica a Job, en su obra magna La Guía de los Perplejos, Maimónides admite que Job era un hombre devoto y de gran rectitud moral, pero… “carecía del verdadero conocimiento filosófico (sabiduría)”, de ahí que su alegato contra YHWH fuera un despropósito. El filósofo cordobés sostiene que sólo cuando YHWH le habló desde el torbellino, Job adquirió una verdadera sabiduría intelectual y abandonó su visión equivocada de Dios.
Con todo el respeto debido a Maimónides, ya antes de que llovieran sobre él las desgracias, Job reconocía, como cualquier judío devoto, la omnipotencia y la infinita sabiduría de YHWH. Pero, lo que le llegó a mortificar fue aquel silencio astral, aquella olímpica indiferencia de Dios frente a las calamidades que padecen los humanos; los justos en particular. ¿Acaso el infalible Arquitecto no debía rendir cuentas por los fallos en su diseño del mundo? En vista de que YHWH no respondió a los asuntos que le inquietaban -¿se habrá corrido por la tangente?- es dudoso que Job experimentara la iluminación que, según Maimónides, habría adquirido tras su encuentro con Dios. Unos pocos comentaristas, como Rabi Shlomó Yitzjaki (Rashi), sostienen que Job podía darse por satisfecho, ya que YHWH le concedió una “entrevista (teofanía) particular” lo cual era un privilegio alcanzado por muy pocos. Como suele ocurrir en los debates y exégesis del judaísmo, el asunto se presta a múltiples interpretaciones.
¿UN EPÍLOGO POSTIZO?
Al cierre de la historia YHWH censura a los tres amigos/adversarios del protagonista por no haber hablado de Él con la verdad “como hiciera mi siervo Job”. Acto seguido, Dios “indemniza” a Job con la restitución de sus siete hijos varones y de sus tres hijas y multiplicando su hacienda original con catorce mil ovejas, seis mil camellos, miles de yuntas de bueyes y asnas. “Después de esto, vivió Job todavía ciento cuarenta años y vio a sus hijos y a los hijos de sus hijos, cuatro generaciones (…) (Job, Epílogo 16:17).

Ha bajado el telón. Pero basta con una lectura atenta para constatar que el epílogo es un retazo cosido con hilo grueso al texto original.
Yair Hoffman, destacado biblista israelí, autor de “Un Comentario sobre el Libro de Job”, postula que el “final feliz” desentona intencionalmente con la respuesta de Dios desde el torbellino. En esa teofanía YHWH no le promete a Job ninguna restitución ni le explica el porqué del sufrimiento. Según Hoffman, el cierre añadido funciona como una fórmula para que el Libro de Job resulte aceptable dentro del canon sagrado. Para León Wieseltier, crítico contemporáneo de la Biblia hebrea, el verdadero climax filosófico de la historia termina con Job humillado ante la majestuosidad amoral de la naturaleza de YHWH. La restitución de los hijos y de los rebaños actúa como “parche teológico” para contentar al lector promedio.
ANEXO
EL JUICIO A DIOS, OBRA DEL ESCRITOR ELIE WIESEL
Habían transcurrido más de 2.500 años desde que Job mantuvo su pleito con YHWH, cuando un suceso similar, aunque en circunstancias mucho más trágicas, ocurrió en el campo de exterminio de Auschwitz. Elie Wiesel, un adolescente confinado en aquel matadero, dice haber sido testigo del peculiar episodio qué décadas más tarde publicó y estrenó una obra teatral titulada El Juicio a Dios. Se entiende que Wiesel, judío nacido en Rumania, sobrevivió al Holocausto.
La historia cuenta que, reunidos en el stalag (barracón) que compartían, tres rabinos, hombres eruditos y piadosos- decidieron procesar a YHWH por permitir el exterminio de su pueblo: el mismo con el que había pactado una alianza eterna. El juicio duró varias noches. Se escucharon testimonios, se recogieron pruebas, se extrajeron conclusiones…todo lo cual culminó en un veredicto unánime: el Señor Todopoderoso, Creador del Cielo y la Tierra fue declarado culpable de crímenes contra la humanidad. Cerrado el proceso, un silencio que Wiesel describe como “infinito” se extendió por el barracón. Hasta que uno de los enjuiciadores, erudito talmúdico, miró al cielo y dijo: “es hora de la Tfilat Maariv (rezo vespertino)”. Los demás orientaron sus cuerpos hacia el oriente (Jerusalén) y rezaron con él. Este final paradójico, que desafía el sentido común, encierra en sí los dilemas del judaísmo que, en su grado más excelso, combina la fe pura con la reflexión filosófica.


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