Isaac Lev: sin autocrítica no hay defensa del antisemitismo

Sep 10, 2026 | Blog

 

Gracias, Isaac, por acceder a dialogar para JAD. Nos gustaría empezar con una breve presentación biográfica tuya: el recorrido que hiciste desde Barcelona a Israel, tus estudios, profesiones y actividades.

Nací en Barcelona, en una familia donde la búsqueda espiritual estaba muy presente. Crecí con la idea de que descendíamos de judeoconversos y de que estábamos regresando a nuestras raíces.

A partir de los seis años fui a una escuela judía. No era una educación religiosa, pero allí me empapé de identidad judía y sionista: aprendí hebreo, canté sus canciones y desarrollé un vínculo muy fuerte con Israel. Todavía no lo conocía, pero ya lo sentía como un hogar al que aún no había ido. El Talmud Torá y la sinagoga completaban esa educación con la dimensión religiosa.

Mi madre y yo nos convertimos primero en el movimiento reformista, en la comunidad Atid de Barcelona. Después nos acercamos a un judaísmo más observante y, tras varios años de estudio y práctica de la halajá, realizamos una conversión ortodoxa. Yo tenía trece años, aunque para mí la identidad judía ya era algo natural desde la infancia.

En casa convivían también otros lenguajes espirituales. Mi madre es analista junguiana y mi padre era antropósofo y maestro de antroposofía. Hacia los doce o trece años acompañaba a mi madre y a mi hermana a clases de Kábala. Entendía muy poco, pero aquel lenguaje me atraía. Creo que ahí se sembró buena parte de mi conexión posterior con la mística y la espiritualidad así como con la psicología.

En 2012, a los dieciocho años, vine a Israel con la idea de probar un año en una yeshivá antes de regresar a Barcelona para estudiar en la universidad. Aquel año acabó convirtiéndose en toda mi vida hasta hoy. Hice aliá y pasé unos ocho años estudiando en yeshivot de Jerusalén, seis de ellos en una yeshivá haredí, ultraortodoxa, de Rehavia.

Era una institución pequeña, de unos sesenta alumnos hispanohablantes. Yo apenas hablaba hebreo y estaba lejos de mi familia, de modo que los rabinos y mis compañeros se convirtieron en mi nuevo hogar. Vivía, estudiaba, comía y dormía allí. El estudio del Talmud ocupaba casi todo el día, desde la mañana hasta la noche. Trabajábamos principalmente en javrutá, debatiendo en pareja textos muy condensados en arameo y hebreo rabínico. Fue una formación lógica e intelectualmente muy exigente.

Hoy tengo una relación ambivalente con aquella etapa. Me dio una familia y una disciplina de estudio que valoro mucho, pero también viví el ambiente como cerrado y autoritario. Había poco espacio para los matices, para mis intereses en la Kábala y el jasidismo o para imaginar una vida diferente dentro del judaísmo. Sentía que todo mi futuro estaba trazado: cómo vestir, dónde vivir, qué educación dar a mis hijos y la expectativa de dedicarme exclusivamente al estudio de la Torá de por vida sin poder trabajar.

También chocaba conmigo la distancia de aquel mundo respecto al sionismo, al Estado y al servicio militar. Yo había crecido sintiendo que Israel era nuestro país. Me quedé más tiempo del que creo que me convenía, sobre todo por miedo a confrontar y a perder a aquella nueva familia pero finalmente me cambié a una yeshivá más abierta, donde sentí que podía respirar y pensar con mayor libertad.

Durante esos años estudié Psicología a distancia y en hebreo. Al principio traducía constantemente las palabras que no comprendía y construía mis propios diccionarios. Terminé la carrera ya casado. Mientras estudiaba trabajé como acompañante terapéutico de personas con esquizofrenia, trastorno bipolar o depresiones crónicas. Las ayudábamos en tareas cotidianas y, sobre todo, estábamos con ellas. Fue mi primera experiencia de contacto directo con el sufrimiento psíquico.

Más adelante, aconsejado por mi amigo el rabino Daniel Chapan, estudié coaching judío para integrar el acompañamiento personal con la dimensión espiritual. Él también me animó a abrir el canal Tikun Olam. Empecé simplemente para compartir mi visión del judaísmo, la Kábala y la vida interior, sin imaginar que de allí surgirían cursos, grupos de estudio o personas interesadas en hacer terapia conmigo.

Isaac en una de sus clases en línea
Isaac en una de sus clases en línea

Me sorprendió que gran parte de quienes me escuchaban no fueran judíos. Eso me llevó a estudiar qué dice nuestra tradición sobre enseñar Torá y Kábala a la humanidad. En maestros como el rabino Yehuda Ashlag y Rav Kook encontré una visión universalista centrada en la unidad divina y en la expansión de la conciencia. Lo que al principio me generaba dudas acabé viviéndolo como una misión: compartir ese mensaje y aplicarlo a la vida emocional y psicológica. Así nacieron la Academia Tikun Olam y mi clínica online.

Me casé con Yudit, que es israelí, y tenemos dos hijos, Elyah y Ruth. Después de casarme estudié durante un año y medio en un centro de Kábala de Jerusalén. Actualmente me dedico al canal, a la terapia y a los grupos de la Academia. También doy clases semanales de pensamiento y filosofía judía en Midreshet Lindenbaum y curso una formación en psicoterapia junguiana, que me permite reencontrarme, ahora desde el estudio, con muchas ideas que escuché de niño.

Este último año Yudit y yo compramos un apartamento y nos mudamos a Alon Shvut, en Judea y Samaria, una zona conocida internacionalmente como Cisjordania y considerada territorio ocupado. Somos conscientes de esa definición, aunque no es la única forma en que vivimos nuestra relación con el lugar. La mudanza respondió sobre todo a razones económicas y familiares; además, allí vive mi rabino, Ramy Avigdor, que fue rabino de la comunidad de Barcelona durante mi adolescencia.

Isaac con su familia
Isaac con su familia

En medio de todo ese recorrido llegó la guerra. Lo ocurrido desde el 7 de octubre, además del miedo por mi familia, me obligó a replantearme para qué estamos aquí como pueblo, qué queremos construir y cuál es el propósito espiritual de nuestra vida en Israel. Esas preguntas han transformado profundamente mi manera de entender el judaísmo.

La situación de Israel, con sus divisiones políticas internas, y el aumento del antisemitismo en la diáspora nos indican que estamos en una situación muy difícil. ¿Cómo lo ves tú? ¿Qué es lo que se puede hacer?

Es una situación muy compleja, y parte del problema es que buscamos respuestas simples y rígidas. La polarización interna me preocupa profundamente. Incluso antes del 7 de octubre se hablaba de una posible guerra entre hermanos. Para empezar a salir de ahí necesitamos normalizar el diálogo con quien está al otro lado de nuestras posiciones políticas. Escuchar no significa estar de acuerdo.

Intento hacerlo incluso con posiciones que repudio. Participo en un grupo de WhatsApp vinculado a los jóvenes de las colinas, los naarei hagvaot. Son jóvenes colonos que levantan puestos de asentamiento en Judea y Samaria, muchas veces sin autorización. Dentro de ese entorno hay quienes recurren a la violencia para intimidar y expulsar a palestinos. Algunas personas con las que debato defienden abiertamente la conquista de toda la tierra, la expulsión de los palestinos e incluso su muerte como medio para lograrla. Entrelazan argumentos de seguridad con una visión mesiánica de la redención.

Considero ese fenómeno uno de los grandes peligros internos de Israel. Aunque los grupos violentos sean pequeños, sus ideas se difunden a través de las redes y se presentan a los jóvenes como valentía o fidelidad a la tierra. También me preocupan sus expresiones políticas. Tengo diferencias profundas con Itamar Ben Gvir y Bezalel Smotrich, y considero a Moshe Feiglin uno de los mayores peligros políticos del país. Temo la normalización del kahanismo y una deriva autoritaria, militarista y teocrática. Lo digo sabiendo que yo mismo apoyé algunas de esas ideas y que mi mirada cambió.

Naarei Hagvaot. Los "jóvenes de las colinas"
Naarei Hagvaot. Los «jóvenes de las colinas»

Con respecto al antisemitismo, debemos denunciarlo, proteger a las comunidades y reconocer que ciertos discursos antisionistas encubren odio hacia los judíos. La responsabilidad del antisemitismo recae siempre en quien lo ejerce. Ninguna decisión del Gobierno israelí justifica atacar a un judío, y los judíos de la diáspora no son responsables de ese Gobierno.

Pero combatir el antisemitismo no puede exigirnos renunciar a la conciencia crítica. A menudo escucho que, hagamos lo que hagamos, nos odiarán, y que cualquier crítica a Israel da combustible a los antisemitas. Entiendo ese temor y sé que nuestras palabras pueden ser manipuladas. Sin embargo, si reconocer un error se convierte en traición, ¿cómo vamos a corregirlo?

No hablo de presentar a Israel como la fuente de todos los males ni a los palestinos como víctimas perfectas sin responsabilidad. Esa sería otra simplificación. Hablo de aceptar que nuestro Estado, nuestro Gobierno y nuestra sociedad pueden equivocarse. Podemos reconocerlo sin dejar de ser sionistas. Precisamente porque amamos a Israel y nos importa su futuro, debemos poder señalar aquello que lo daña.

Para mí existe además una responsabilidad espiritual. Entiendo la elección del pueblo judío como una misión de justicia, libertad y bien, no como una garantía de infalibilidad. La Torá y los profetas muestran una y otra vez a Israel equivocándose y siendo llamado a corregirse. Nuestra responsabilidad ética no desaparece cuando quien nos critica es injusto o aplica un doble rasero.

Hace poco escuché al rabino Moshe Lichtenstein, rosh yeshivá de Har Etzion, hablar de la violencia de colonos extremistas y de la autocomplacencia dentro del sionismo religioso. Su crítica no se dirigía solamente a quienes atacan, sino también a la sociedad que calla. No basta con decir que son una minoría: debemos preguntarnos si condenamos sus actos, los justificamos o miramos hacia otro lado.

Esa exigencia tiene raíces profundas dentro del propio sionismo religioso. Tras la masacre de Sabra y Chatila en 1982, el rabino Yehuda Amital apoyó la creación de una investigación estatal. Para él no era solo una cuestión política o militar, sino una herida en el alma del pueblo judío y un jilul Hashem, una profanación del nombre de Dios. Me pregunto qué diría hoy ante la violencia ejercida en nombre de Israel y ante nuestra dificultad para reconocer el sufrimiento palestino.

Rav. Yehuda Amital z'l
Rav. Yehuda Amital z’l

Por eso creo que debemos hacer dos cosas a la vez: defendernos del antisemitismo y decir con claridad cuándo algo cometido en nuestro nombre contradice nuestros valores. La autocrítica no acabará por sí sola con el antisemitismo, pero nos permite hacernos responsables de nuestras acciones. Para mí, ese ejercicio de conciencia también es una forma de cuidar a Israel. El silencio no garantiza nuestra seguridad, del mismo modo que la autocrítica no causa el antisemitismo.

¿Siempre has tenido esta visión del conflicto? ¿Cómo cambió tu mirada después del 7 de octubre y qué experiencias te llevaron a cuestionar tus propias posiciones?

No. Para mí es importante reconocerlo con claridad. Al principio de la guerra, el miedo y la incertidumbre me llevaron a posiciones muy radicales. Me identifiqué con el ejército, la guerra y la conquista. Apoyaba a Moshe Feiglin y su propuesta de expulsar a todos los palestinos, y también a los jóvenes de las colinas, a quienes hoy critico profundamente.

Me dejé llevar por una visión mesiánica que identificaba la redención casi exclusivamente con la conquista bélica de la tierra de Israel. Después del derrumbe del 7 de octubre, esas ideas me devolvían una sensación de control y seguridad. Por eso, cuando hablo de mi evolución, no hablo desde una supuesta superioridad moral. Hablo de revisar lo que yo mismo defendí y de asumir mi responsabilidad.

Empecé a dudar al escuchar comentarios de conocidos y declaraciones de dirigentes políticos, periodistas y tertulianos: «muerte a los árabes», «no hay inocentes en Gaza» o «hay que destruir toda Gaza». Veía en esas expresiones una deshumanización de todo un pueblo y una lógica directamente genocida.

Me impactó especialmente encontrar ese lenguaje en Moshe Feiglin, precisamente porque yo lo había apoyado. Su proyecto de conquista, expulsión y asentamiento había conectado conmigo. Pero le escuché presentar a los bebés de Gaza como enemigos y reclamar más destrucción y más bebés muertos. Eso me obligó a mirar de frente lo que estaba apoyando. Conservo los vídeos porque sé que algunos pensarán que exagero. Lo que me asustó fue encontrar ese discurso dentro de nuestro propio mundo judío israelí. No representa a todo Israel, pero puede extenderse en una sociedad herida por el trauma. Yo mismo fui vulnerable a él.

También me cambiaron las imágenes. Después del 7 de octubre vi vídeos de los asesinatos cometidos por Hamás porque quería comprender lo ocurrido y conocer al enemigo. Vi cadáveres y escenas terribles. Al principio casi me desmayaba; después advertí que me estaba volviendo insensible.

Más adelante entré en un canal de Telegram israelí para seguir la guerra en Gaza. Junto a las noticias militares aparecían imágenes sin censura de palestinos muertos: mujeres, ancianos, niños y bebés. Lo que en un informativo podía resumirse en una cifra tenía ahora cuerpos concretos. Había visto la muerte de judíos y ahora veía la muerte de palestinos. Desde una pantalla, sí, pero ya no podía ignorar lo que una bomba en Gaza hace en un cuerpo humano.

Ahí se quebró mi idealización de la guerra. Tras el 7 de octubre, me emocionaban los aviones, los tanques y las operaciones militares. Aquella demostración de fuerza calmaba mi impotencia. Per las imágenes que vi de Gaza me obligaron a ver el sufrimiento que esa fascinación dejaba fuera. Incluso el vuelo de los aviones en Yom Ha’atzmaut ya no me emociona igual, porque pienso en los bombardeos y en sus consecuencias.

Esto va más allá de decidir si una guerra es necesaria o está justificada. Alguien puede afirmar que las muertes civiles son inevitables o que Hamás utiliza escudos humanos. Ninguna explicación hace desaparecer la tragedia. Incluso cuando una acción militar se considera necesaria, debemos mirar las vidas que termina y las familias que rompe.

Me asustaron también las reacciones en el chat de Telegram. Entre quienes escribían, muchos celebraban aquellas muertes y se reían incluso cuando las víctimas eran civiles o bebés. Cuando yo protestaba, respondían: «No hay inocentes en Gaza» o «los niños crecerán y serán terroristas». Todavía encuentro comentarios semejantes en las redes. Ahí se me cayó otra venda: también entre nosotros podía aparecer la lógica de declarar culpable a todo un pueblo y alegrarse de su muerte. Sin equiparar los actos ni las responsabilidades, reconocí también en nuestro lado esa sombra que condeno en Hamás.

La violencia de los jóvenes de las colinas contra palestinos inocentes terminó de quebrar mi posición. Yo los había idealizado y excusado. Pero llegó un punto en que la cantidad y la gravedad de los ataques, algunos calificados como terrorismo por el propio ejército de Israel, hicieron imposible seguir negando el daño.

Todo eso me llevó a cuestionar el grado de destrucción en Gaza. La guerra debía acabar con Hamás y hacernos más seguros, pero yo veía la devastación y me preguntaba qué futuro estábamos construyendo. Debemos reconocer que las acciones de nuestro Gobierno y nuestro ejército han causado un sufrimiento enorme a la población civil palestina.

Me aterra pensar que mi hijo pueda tener que combatir dentro de quince años contra quienes hoy son huérfanos en Gaza. Temo que el trauma y el deseo de venganza alimenten otra generación de violencia: que nuestra respuesta al 7 de octubre provoque una nueva venganza y esta, a su vez, otra respuesta nuestra. ¿Cómo salimos de ese ciclo?

Empecé a comprender que la fuerza, aunque a veces sea necesaria para defendernos, no puede ser nuestra única respuesta. Echo en falta una propuesta política. ¿Qué futuro planteamos para los millones de palestinos de Gaza y de Judea y Samaria? ¿Qué relación queremos construir con ellos? No basta con contenerlos militarmente y confiar en más armamento. Necesitamos proteger a nuestra población y, a la vez, construir un horizonte político que nos permita dejar de repetir la violencia.

El cambio no ocurrió en un instante. Me llevó años y estuvo lleno de resistencias. Yo era el primero que se enfadaba cuando alguien criticaba a Israel y podía considerar traidores o antisemitas a quienes lo hacían. Fue doloroso perder la certeza de que nuestro lado era absolutamente bueno y reconocer que, además de sufrir, también podíamos hacer sufrir.

Al mismo tiempo, sentí una gran liberación. Dejé de cargar con la obligación de defenderlo todo a cualquier precio. Amar a Israel no significa conceder un cheque en blanco a ningún Gobierno. Está bien dudar y señalar aquello que contradice nuestros valores.

Lo más sanador fue encontrarme con palestinos a través de Shorashim, o Roots, un proyecto cercano a mi casa en el que palestinos y judíos, incluidos colonos religiosos, nos reunimos para dialogar. Aquellos encuentros pusieron rostros concretos a una población con la que apenas había tenido relación humana y empezaron a sanar parte del odio y del miedo que llevaba dentro.

Rav. Yehuda Judelman, y un colega palestino de la organización Roots
Rav. Shaul Judelman, y un colega palestino de la organización Roots

También me obligaron a mirar mis contradicciones. Vivo en Judea y Samaria y soy colono. Me considero humanista y universalista, pero formo parte de un sistema que ocupa militarmente a otra población. A la vez, sigo creyendo en el valor de la presencia judía en esta tierra y temo que Hamás pudiera tomar el poder bajo un futuro Gobierno palestino, como ocurrió en Gaza. Conocer palestinos no borró mis temores ni resolvió todas mis preguntas; me enseñó a convivir honestamente con ellas.

El estudio de maestros judíos, como Rav Kook, el rab Yehuda Amital o Rab Menajem Fruman también me ayudaron. Fui encontrando una visión de la redención vinculada a la paz, la conciliación y la unidad. Mi transformación política acabó convirtiéndose también en una pregunta espiritual: qué responsabilidad implica pertenecer al pueblo judío y qué mensaje queremos ofrecer a la humanidad.

Niños judíos y palestinos juntos en las actividades de Roots
Niños judíos y palestinos juntos en las actividades de Roots

Tus acciones provienen de un enfoque místico del judaísmo. ¿Podrías explicar cómo influye en tu manera de pensar y actuar?

La mística influye mucho en mi forma de entender el judaísmo, pero muchas de las cosas que defiendo empiezan por algo más inmediato: la ética. El rabino Yehuda Amital hablaba del musar tiví, la ética natural. No necesito una norma ni un conocimiento secreto para comprender que está mal hacer sufrir a inocentes o deshumanizar a un pueblo entero.

Después de un vídeo con Sergio Bacari, alguien me preguntó cómo podía defender a los palestinos si eran malos por naturaleza. Pensé: ¿cómo podemos afirmar que millones de personas, sin excepción, son malas por naturaleza? Precisamente nosotros, como judíos, deberíamos cuidarnos de reproducir ese lenguaje, porque conocemos sus consecuencias.

Esa sensibilidad moral precede a la elaboración intelectual. Después encuentro en la Torá, los profetas y la Kábala un lenguaje para profundizar en ella. Cuando los profetas denuncian una religiosidad que ofrece sacrificios mientras abandona a la viuda, al huérfano y al vulnerable, nos recuerdan que la relación con Dios no puede separarse de nuestra responsabilidad hacia quien sufre. La teshuvá, la capacidad de examinarnos y corregirnos, también debe aplicarse a nuestro Gobierno y a nuestra sociedad.

En la mística, la palabra que para mí lo resume todo es unidad. Decimos en el Shemá que Dios es uno. La lectura cabalística que me inspira entiende que una unidad profunda sostiene toda la existencia: ein od milvadó, no hay nada fuera de Él, aunque nosotros percibamos un mundo fragmentado.

Desde esa visión, la redención consiste en hacer visible esa unidad. Isaías dice: «No harán daño ni destruirán en todo mi santo monte», porque la tierra estará llena del conocimiento de Dios como las aguas cubren el mar. Ese monte es el Monte del Templo, el recinto conocido también como la Explanada de las Mezquitas, situado sobre el Kotel o Muro de las Lamentaciones. Me duele que el lugar llamado a encarnar esa promesa esté tan atravesado por la violencia. El conocimiento de Dios tendría que conducirnos a dejar de hacernos daño, no a justificarlo.

Hay una imagen sencilla que me ayuda a comprenderlo. Si tropiezo y me lastimo un brazo, mi mano no golpea a mi pierna para castigarla por haberme hecho caer. Entiendo que ambas pertenecen al mismo cuerpo. El desafío espiritual consiste en ampliar esa conciencia y reconocer que el otro forma parte de la realidad a la que yo también pertenezco.

Eso no significa negar las diferencias, las amenazas o la necesidad de defendernos. Significa que la guerra no puede convertirse en nuestro ideal. Si en algún momento debemos combatir, tenemos que buscar cómo terminar la guerra, reducir el sufrimiento y construir una seguridad que no dependa de repetirla eternamente.

Por eso me produjo tanto rechazo que Bibi hablara de una «super-Esparta». Podemos necesitar fuerza, pero ¿qué queremos construir con ella? Si nuestro ideal se reduce al dominio y a la capacidad de imponernos, Israel pierde el sentido de su misión judía. La historia del rey David resulta significativa: el libro de Crónicas explica que no construirá el Templo porque ha derramado mucha sangre. Lo hará su hijo, vinculado a un tiempo de paz. La guerra y la construcción del Templo no son lo mismo.

Las sefirot de la Kabala
Las sefirot de la Kabala

La Kábala también enseña a integrar fuerzas opuestas. Jesed representa el amor y la expansión; Guevurá, el límite y la capacidad de decir que no. Ambas se integran en Tiferet, una armonía que se inclina hacia Jesed. Aplicado a nuestra realidad, necesitamos límites, defensa y, en ocasiones trágicas, fuerza. Pero la fuerza debe estar al servicio de un horizonte de vida, amor y unidad.

La psicología junguiana me ofrece otro lenguaje para pensar este conflicto: la sombra, la proyección y la inflación psíquica. La sombra contiene aquello que no queremos reconocer en nosotros, incluida nuestra capacidad de ser agresivos o crueles. Es fácil vernos solamente como víctimas y colocar todo el mal en el otro. Integrar la sombra no significa imaginar que las amenazas son irreales ni igualar responsabilidades; significa aceptar que nosotros también podemos causar daño y responder por ello.

La inflación psíquica aparece cuando nos identificamos tanto con una nación, una ideología o una misión religiosa que atribuimos legitimidad absoluta a nuestros actos. Dejamos de vernos como personas capaces de equivocarse y nos sentimos instrumentos de Dios, de la redención o del destino histórico.

Veo ese mecanismo en Yahya Sinwar y en la brutalidad del 7 de octubre: una misión de liberación yihadista convertida en permiso para perder cualquier límite moral y humano ante el sufrimiento humano. Reconocerlo no justifica a Sinwar ni equipara las acciones de ambos lados. Pero tampoco nos exime de examinar cómo nosotros podemos justificar una violencia terrible en nombre de la seguridad, la conquista o la redención. El peligro empieza cuando la convicción de que nuestra causa es justa nos hace creer que todo está permitido.

Los discursos extremistas seducen porque prometen seguridad. Después del 7 de octubre se derrumbaron muchas certezas, y la fórmula «conquistamos, expulsamos y se acaba el problema» ofrece una ilusión de control frente a la impotencia. Pero que una idea calme el miedo no significa que sea justa ni que vaya a protegernos.

Por eso el encuentro humano también tiene un sentido místico. Encontrarme con un palestino puede quebrar la imagen absoluta que he construido de él, y a él puede sucederle lo mismo al conocerme. Las diferencias no desaparecen, pero surge una persona donde antes solo había un enemigo. Ahí se encuentran para mí la psicología y la Kábala: reconocer lo que no quiero ver de mí y recuperar la humanidad del otro también revela la unidad de Dios en el mundo.

No todos en el judaísmo, ni en el mundo no creyente y no judío, creen que se puedan resolver los problemas por fuera de la política o de una ideología política que prometa sanar problemas como las guerras, los conflictos y las divisiones culturales y económicas. ¿Cómo puedes traducir tu tikun olam místico hacia esos públicos más bien escépticos?

No creo que debamos elegir entre política y espiritualidad. La política expresa las ideas, los valores y los miedos de una sociedad. Somos seres políticos, pero antes que eso somos personas con emociones y con una forma determinada de mirar al otro. Esa vida interior aparece después en los partidos que apoyamos y en lo que estamos dispuestos a justificar. Trabajar sobre la conciencia no sustituye a la política, pero puede cambiar nuestra manera de hacerla.

Mi vecino Avyah HaKohen, que lidera un movimiento favorable a los asentamientos y a la convivencia con los palestinos, dice que su lucha no busca un lugar en la Knéset, sino recuperar el alma del judaísmo. Esa idea me representa. La tierra, la soberanía y la seguridad importan, pero si reducimos el judaísmo a posesión, control y victoria, lo mutilamos. El mundo ya conoce la lógica de la conquista. Debemos preguntarnos qué mensaje diferente podemos ofrecer.

Rav Kook entiende la teshuvá como un regreso a nuestra esencia, no solo como la corrección de una falta individual. Desde mi fe, volver a esa esencia significa reconocer la unidad divina que nos vincula, también a judíos y palestinos. Para alguien que no cree en Dios, puede expresarse de una forma más sencilla: la vida, la dignidad y el sufrimiento del otro también cuentan. No hace falta creer en la Kábala para comprenderlo.

Mural que contiene un poema del palestino Mahmoud Darwish: —Ella dice: «¿Cuándo nos encontraremos?».
—Yo digo: «Después de un año y una guerra».
—Ella dice: «¿Cuándo terminará la guerra?».
—Yo digo: «Cuando nos encontremos».
Mural del centro comunitario Shorashim que contiene un poema del palestino Mahmoud Darwish:
—Ella dice: «¿Cuándo nos encontraremos?».
—Yo digo: «Después de un año y una guerra».
—Ella dice: «¿Cuándo terminará la guerra?».
—Yo digo: «Cuando nos encontremos».

Pocas cosas rompen tanto una imagen deshumanizada como encontrarse realmente con el otro. Puedes estar convencido de que todos los palestinos son terroristas, de que todos quieren matarte y de que no hay nadie con quien hablar. Entonces te sientas ante un palestino concreto que no quiere matar a nadie ni vivir en guerra, sino llevar adelante su propia vida. Descubres a una persona con familia, trabajo, sueños y miedos. También puede sentir rabia y tener motivos legítimos para sentirla.

Eso no borra a Hamás ni a quienes quieren matar judíos. Tenemos que defendernos de una amenaza real. Pero identificar a todo un pueblo con Hamás le concede a ese movimiento la representación de todos los palestinos y convierte la guerra en la única relación posible. El 7 de octubre golpeó con especial brutalidad a comunidades israelíes cercanas a Gaza donde vivían muchas personas comprometidas con la paz. Entiendo también aquel ataque como un intento de destruir la confianza y convencernos de que la conciliación es imposible.

Si aceptamos que todos los palestinos son enemigos irreconciliables, Hamás habrá obtenido parte de esa victoria. Defendernos de su violencia y mantener abierto un horizonte de convivencia son dos responsabilidades que debemos sostener a la vez. Para mí, glorificar la muerte es una forma de idolatría, venga de donde venga. No quiero que terminemos pareciéndonos a aquello que combatimos ni que «por nuestra espada viviremos» se convierta en nuestro ideal. Tal como nos enseña Isaías, nuestro horizonte profético sigue siendo convertir las espadas en arados y llegar a un tiempo en el que no aprendamos más a hacer la guerra.

Mi participación en Shorashim volvió estas ideas concretas. Tuve que mudarme a un asentamiento en Judea y Samaria para encontrar cerca de casa un espacio de encuentro entre palestinos y judíos, entre ellos colonos religiosos que también sienten esta tierra como el corazón de su identidad. Allí descubrí que nuestra narrativa no necesita borrar la del otro pueblo.

Ese encuentro no resuelve por sí solo las cuestiones políticas. Para mí no hay un futuro digno que no pase por construir una realidad compartida. No podemos convertir la expulsión o la eliminación del otro en un proyecto de futuro. Tampoco podemos mantener indefinidamente a millones de palestinos sin un horizonte político claro: sin Estado propio, sin ciudadanía israelí y bajo un régimen de control militar.

La existencia de la Autoridad Palestina no resuelve esa contradicción. Administra ciertos aspectos de la vida palestina, pero su poder es limitado y está profundamente condicionado por Israel, que conserva un control decisivo sobre el territorio y la seguridad. No es una conspiración, sino una relación estructural de dependencia. Podemos seguir abocándonos a guerras que nos hagan cada vez más miserables o aprender a compartir esta tierra.

Desde mi fe, no hay nada más místico que reconocer el reflejo de lo divino en el rostro que tengo delante. La Torá dice que el ser humano fue creado a imagen de Dios. Si antes solo veía una amenaza y ahora reconozco a una persona, ahí ocurre algo espiritual. En el lenguaje de la Kábala lo relaciono con rescatar chispas: descubrir una presencia divina que mi propia mirada ocultaba. Quien no cree en Dios puede llamarlo simplemente reconocimiento humano. Podemos compartir la experiencia aunque la expliquemos de maneras diferentes.

Yiad, un amigo palestino de Shorashim me lo expresó con claridad: si tú me matas a mí o yo te mato a ti, salimos en las noticias. Si nos encontramos cada semana, nos hacemos amigos y nos enseñamos fotografías de nuestros hijos, casi nadie lo ve. Sin embargo, eso también está ocurriendo. Necesitamos hacerlo visible y educar nuestra mirada para que el miedo y la violencia no sean lo único que determine nuestras decisiones.

La paz no es fácil y muchos intentos han fracasado, pero la guerra permanente tampoco ofrece seguridad duradera. No tenemos el lujo de dejar de intentarlo. Ninguno de los dos pueblos construirá un futuro digno negando la humanidad del otro. Creo que aprender a compartir esta tierra, sin renunciar a nuestra identidad ni borrar la ajena, sí podría ser un mensaje para la humanidad.

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