La manósfera y su gramática antisemita

May 24, 2026 | Blog

El autor y periodista James Bloodworth sostiene que la manósfera, la comunidad en línea de supremacistas masculinos y misóginos que atacan a las mujeres, se basa tópicos antisemitas antiguos


James Bloodworth

Publicado en Fathom Journal. Agradecemos su autorización para la traducción


LA MISOGINIA DE LA MANÓSFERA


Cuando uno piensa en la manósfera —un conjunto de subculturas supremacistas masculinas que han cobrado protagonismo en los últimos años— suele imaginarse ciertas cosas: influencers de internet con mentalidad simplona que venden cursos de superación personal carísimos y fórmulas para hacerse rico rápidamente; discursos incendiarios sobre la «hipergamia» (que las mujeres solo buscan hombres con estatus económico superior)  y la opresión de los hombres bajo la bota del feminismo; hombres engreídos y presumidos con físicos hipertrofiados, que se pavonean ante la cámara y que creen que las mujeres, en cierto sentido cósmico, son el problema.

Y no estarías muy equivocado. Las diversas subculturas que conforman la manósfera —los seductores, los incels (célibes involuntarios), los separatistas masculinos— dedican gran parte de su tiempo a pensar en las mujeres. Conspiran, traman y fantasean con humillar a las mujeres y reafirmar la autoridad de sus antepasados.

ALGORITMOS DEL ODIO


No es un fenómeno nuevo, aunque el sistema de difusión del mensaje —el algoritmo— aún parezca relativamente reciente. Una minoría considerable de hombres siempre ha odiado a las mujeres. En este contexto, la manósfera es simplemente la última manifestación de la voluntad de afirmar la dominación masculina. Gracias a internet, este mensaje parece tener tantos exponentes contemporáneos.

Si algo nos ha enseñado internet, es que las teorías conspirativas son rentables. Siembra el miedo en tu audiencia y podrías cosechar los frutos. El miedo genera clics y los clics generan ganancias. El miedo también crea cierto grado de paranoia: un zumbido constante de odio y ansiedad dirigido hacia las mujeres. El mensaje se repite hasta la saciedad: las mujeres no te amarán, los hombres no te respetarán; ahora compra mi curso y seré tu salvador y guía. Los llamamos influencers cuando en realidad son vendedores: emprendedores cuyos ostentosos avatares digitales están diseñados para hacer que quienes están al otro lado de la pantalla se sientan insignificantes en comparación.

Gran parte de esta industria se entiende mejor no como política, sino como comercio. El cliente no compra tanto ideología como salvación: de la humillación, el rechazo, la desorientación, la sensación de no estar a la altura. Los emprendedores de la masculinidad monetizan el dolor privado transformándolo en culpa pública. La genialidad del modelo de negocio reside en decirles a los hombres infelices que su miseria no es solo contingente o personal, sino civilizacional. La baja autoestima se convierte en evidencia de colapso social; la decepción amorosa, en prueba de ginocracia (el dominio de las mujeres).

Las teorías de la conspiración también engendran teorías de la conspiración. Empiezas con una y proliferan como moscas sobre carroña. Hay ciertas contradicciones que solo pueden resolverse con intrigas adicionales. Es tentador señalar las contradicciones en todo esto, pero eso no viene al caso. Las teorías de la conspiración son sistemas emocionales diseñados para convertir la confusión en certeza. Las mujeres pueden ser débiles y omnipotentes al mismo tiempo, porque lo que importa no es la coherencia, sino el resentimiento. La misma mentalidad que cree que el feminismo ha infantilizado a la sociedad también puede creer que las feministas la gobiernan en secreto.

LA GRAMÁTICA MÁS ANTIGUA: EL ANTISEMITISMO


Según la manósfera, las mujeres dirigen el mundo. Sin embargo, a esta mitad de la especie también se la describe como histérica, hipócrita, hipergámica, emocionalmente incontinente, intelectualmente deficiente y colectivamente falsa. Quienes supuestamente son las menos aptas para cualquier cosa más allá de cocinar y limpiar, al parecer, son quienes mandan. ¿Cómo, se preguntan invariablemente los hombres de la manósfera, hemos llegado a esto?

La respuesta, casi siempre, es que no se imagina a las mujeres actuando solas. En la imaginación conspirativa, la autonomía femenina no puede surgir simplemente del cambio social, la independencia económica o la evolución de las normas. Debe haber sido orquestada. Y una vez que un movimiento comienza a buscar a los ingenieros ocultos —aquellos que corrompen la tradición, debilitan a los hombres, controlan los medios, las instituciones financieras y disuelven las jerarquías naturales—, solo hay un corto camino hacia un territorio más antiguo y oscuro. La manósfera redescubre con frecuencia, en forma de jerga y memes actualizados, la arquitectura clásica del antisemitismo. Las mujeres se convierten en marionetas, controladas por fuerzas oscuras que mueven los hilos entre bastidores. Los judíos ofrecen una respuesta a la pregunta: ¿quién diseñó este sistema? La manósfera vende a los hombres heridos una fantasía de poder restaurado, mientras que el antisemitismo proporciona al villano que lo robó.

Internet ha acelerado este proceso al recompensar la escalada. La moderación rara vez se vuelve viral. Nadie construye un imperio parasocial aconsejando a los espectadores que mejoren sus hábitos de sueño y desarrollen expectativas realistas. La atención se centra, en cambio, en aquellos dispuestos a nombrar enemigos, prometer verdades prohibidas y hablar con la cadencia de la revelación. Cada plataforma empuja a los creadores hacia el lado oscuro. El gurú de las citas de ayer se convierte en el científico racial de hoy; el antifeminista de hoy se convierte en el «escéptico» del Holocausto de mañana.

Esta tendencia se observa en la cultura de los influencers. En agosto de 2024, Andrew Tate, el influencer que enfrenta cargos por tráfico de personas en Rumania, declaró en su transmisión en vivo que «ellos [Israel] controlan la Matrix. Controlan las narrativas». Tras su arresto ese mismo mes, Tate también retuiteó una publicación del supremacista blanco estadounidense Nick Fuentes. «Solo dos días después de que Andrew Tate dijera que ‘la Matrix’ no es más que la mafia judía, allanaron su casa y lo arrestaron de nuevo», escribió Fuentes en el tuit que Tate compartió. Tate también ha animado a sus seguidores a cuestionar si «ellos» mintieron sobre la Segunda Guerra Mundial y si los nazis eran realmente los «malos».

Nick Fuentes (izq) Andrew Tate (der)
Nick Fuentes (izq) Andrew Tate (der)


Cuanto más tiempo pasa una persona en la manósfera, más probabilidades tiene de verse atraída por teorías conspirativas afines. Dan Bilzerian, el playboy de Instagram cuyo estilo de vida ostentoso lo convirtió en un ídolo para los adolescentes durante la década de 2010, ha empezado recientemente a negar el Holocausto. «No murieron 6 millones de judíos durante la Segunda Guerra Mundial, les mintieron», escribió en X en enero de 2025. «Dejen de llamarlos globalistas, elitistas, frankistas, sabateos, comunistas, Estado profundo, sionistas, oligarcas, banqueros Rothschild… ¡SIMPLEMENTE DIGAN JUDÍOS…!», tuiteó Myron Gaines, copresentador del popular podcast Fresh&Fit, en agosto de 2024.

LA INDEPENDENCIA DEL EXTREMO


El circuito de podcasts es otro canal habitual. Es un terreno autodidacta donde presentadores crédulos dan carta blanca a sus invitados para que expongan sus conocimientos parciales y erróneos. Joe Rogan, el podcaster más popular del mundo con una audiencia que supera los 11 millones de oyentes por episodio, entrevistó recientemente a Ian Carroll, un conocido teórico de la conspiración y revisionista del Holocausto, quien afirmó en 2024 que «Israel orquestó el 11-S». El podcast de Rogan tiene una gran influencia entre los hombres jóvenes. En marzo del año pasado, el comediante Theo Von —otro referente en el mundo de los podcasts, dominado por hombres— invitó a la teórica de la conspiración Candace Owens, quien ha promovido la calumnia de la sangre y ha descrito a los bolcheviques como parte de una «cábala judía». Otros en el ámbito de la masculinidad hablan de cómo es ser pillados por «judíos».

Vi la misma lógica en persona en 2022, cuando asistí a una conferencia de la manósfera en Orlando, Florida, mientras investigaba para un libro sobre el tema. Todas las quejas habituales se hicieron patentes ese fin de semana. Había una «guerra contra la masculinidad»; el feminismo había convertido a Estados Unidos en un «país de mierda»; la administración Biden quería convertir a los niños en transgénero. Todo se enmarcaba en una mentalidad apocalíptica de nosotros contra ellos.

Lo que más me impactó fue lo teatral que resultaba gran parte de ello. La arrogancia, la jerga, los apretones de manos forzados y la seguridad ficticia: la masculinidad no como una condición establecida, sino como un disfraz que requería ajustes constantes bajo los focos. Los hombres seguros de sí mismos rara vez necesitan proclamarlo a los cuatro vientos. Sin embargo, la inseguridad es terreno fértil para movimientos que prometen iniciación, hermandad y enemigos a quienes culpar.

La conferencia fue más o menos lo que esperaba. Sin embargo, también se hablaba otro lenguaje: un código, una especie de mensaje subliminal, destinado solo a los ya iniciados. Se hablaba mucho de «globalistas», «marxistas culturales», «banqueros» y «cosmopolitas». Un orador advirtió de un «genocidio globalista». Otro habló de un «juego» que se desarrollaba en las sombras. «Pueden llamarlos intereses globalistas, pueden llamarlos banqueros, pueden llamarlos como quieran», dijo ominosamente. «Esta gente controla las cosas entre bastidores». Cuando lo busqué en internet, descubrí que publicaba memes que ponían en duda el Holocausto. Uno de ellos describía «todo este rollo progresista» como algo que «provenía de los judíos».

Los presentes estaban atravesando una puerta de entrada a viejas obsesiones. Un gurú de la masculinidad estaba en el escenario haciendo su habitual discurso machista cuando, de repente, empezó a hablar de que «los judíos» actuaban «entre bastidores». Lo había esparcido en su discurso como si fueran hierbas en una pizza. Durante una pausa para beber, oí a otros dos oradores hablar de los retos a los que se enfrentan los hombres. «¿Y los judíos?», preguntó uno. «No sé nada de eso», respondió el otro, evasivamente.

Quizás no debería haberme sorprendido. Desde hace tiempo existe una superposición entre el resentimiento masculinista y la extrema derecha. Incluso donde no hay antisemitismo explícito, la estructura suele resultar familiar: el mundo está amañado; los hombres débiles obedecen; poderes ocultos manipulan la sociedad; las mujeres son recompensas u objetos de estatus; la fuerza y la dominación son necesarias para restaurar el orden.

VIEJO ODIO EN NUEVOS MEMES


Nada de esto es históricamente nuevo. Keynes observó en su momento que los hombres comunes solían ser esclavos de algún economista fallecido. Los teóricos de la conspiración de hoy no están menos endeudados con las patrañas del pasado. No dejemos que el medio nos distraiga del mensaje: los nuevos hombres de la manósfera no son nuevos en absoluto. Simplemente están adaptando viejos odios a la era digital.

Es fácil confundir la estética online con la novedad intelectual. Un meme puede hacer que un viejo prejuicio parezca novedoso. Pero poco de lo sustancial aquí se inventó en YouTube o Telegram o X. Las plataformas han cambiado la velocidad de transmisión, no el contenido subyacente.

En su obra de 1996 sobre la historia cultural de la masculinidad y el nacionalismo, La imagen del hombre, George L. Mosse argumentó que el fascismo utilizó la virilidad tanto como ideal como herramienta práctica para fortalecer su orden político. Para ello, requirió de marginados —ya fueran judíos u homosexuales— contra quienes pudiera definirse la virilidad. En el discurso fascista, el judío era, como escribió Mosse, «en el mejor de los casos, medio hombre». En la extrema derecha europea, los judíos eran frecuentemente acusados de violar las normas de masculinidad. Walter Rathenau, planificador económico alemán durante la guerra, y Léon Blum, primer ministro del Frente Popular francés, fueron caricaturizados por los nacionalistas como homosexuales afeminados empeñados en subyugar a sus naciones. Una caricatura de 1936 en Le Charivari representaba a Blum con forma femenina.

El fascista italiano Julius Evola —cuya influencia aún se percibe hoy en círculos que fetichizan la «masculinidad guerrera»— creía que las sociedades sanas eran masculinas, mientras que las «decadentes» eran femeninas. Su obsesión con la virilidad también alimentó su hostilidad hacia la cultura judía, a la que consideraba excesivamente refinada y afeminada.

Además, la estructura de la misoginia en la manósfera es análoga al antisemitismo. Las mujeres, al igual que los judíos en la imaginación conspirativa, son retratadas mediante la contradicción: a la vez inferiores y superiores; débiles pero todopoderosas; irracionales pero astutas; despreciables pero de alguna manera dominantes.

DE LA DEBILIDAD SURGE LA FALSA FUERZA


Los movimientos organizados en torno a la debilidad percibida buscan constantemente símbolos de fuerza. Admiran la dureza: las llamadas virtudes militares, la fuerza física, las fronteras punitivas, los enemigos eliminados sumariamente. Esto ayuda a explicar por qué algunas figuras del mundo masculinista se sienten atraídas por estados o líderes de los que, por lo demás, saben poco, como Vladimir Putin. Esta admiración suele ser más psicológica que geopolítica.

El Estado de Israel ocupa un lugar igualmente contradictorio en el ecosistema masculinista moderno. Algunos lo admiran como un Estado-nación militarizado: consciente de sus fronteras, impenitente y dispuesto a usar la fuerza. Desde esta perspectiva, Israel se convierte en una fantasía de soberanía masculina en una era débil y decadente. Otros lo describen como el centro de mando de la manipulación global, que controla la política, los medios de comunicación y las finanzas estadounidenses. Muchos logran mantener ambas posturas a la vez: alaban la dureza israelí mientras reciclan tópicos antisemitas clásicos sobre la influencia judía. La coherencia es irrelevante.

La manósfera se presenta como un nuevo movimiento surgido de las aplicaciones de citas, el descenso de la natalidad y el descontento con los algoritmos. En realidad, su lenguaje emocional es mucho más antiguo. A los hombres que se sienten desposeídos se les dice que han sido robados; a las mujeres se las presenta como colaboradoras; a los judíos como los artífices ocultos. La tecnología puede ser moderna, pero la paranoia es de una época más antigua y nociva.

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