Francesca Albanese y la sombra del Reich

May 11, 2026 | Blog

Las reiteradas declaraciones de la relatora de las Naciones Unidas actualizan el antiguo patrón conspirativo antijudío

Yojanan Ben Abraham*                                                     

Europa tardó siglos en comprender que el antisemitismo nunca aparece únicamente bajo la forma de la violencia abierta. Antes de los pogromos llegaron las insinuaciones. Antes de los guetos llegaron los discursos sobre influencias ocultas. Antes de las deportaciones llegaron las teorías sobre redes judías infiltradas en gobiernos, bancos, periódicos y centros de poder. El antisemitismo moderno construyó primero un clima intelectual y emocional donde el judío perdía su condición de ciudadano a ojos de la multitud y era presentado como una fuerza conspirativa responsable de los males colectivos. Como advirtió Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo, el antisemitismo moderno prosperó en el contexto de la crisis del Estado nación europeo, vinculando la creación de enemigos abstractos con la crisis moral de las sociedades europeas.

La propaganda del Reich explotó precisamente ese mecanismo. Joseph Goebbels convirtió la idea del “poder judío internacional” en uno de los ejes de la narrativa nazi. La prensa del régimen hablaba constantemente del “capital judío”, del “control judío de la prensa”, de la “influencia judía sobre Occidente” y de una supuesta red mundial capaz de manipular gobiernos y opiniones públicas. Der Stürmer, el panfleto dirigido por Julius Streicher dedicó años a inocular la imagen de un judaísmo internacional que operaba desde dentro de las instituciones europeas y estadounidenses. Aquella construcción propagandística tenía una función concreta: justificar el odio transformándolo en autodefensa. En la reflexión filosófica de Emil Fackenheim tras Auschwitz aparece constantemente la preocupación por la transformación del judío en símbolo abstracto del mal político.

Por eso resulta tan perturbador escuchar, en pleno siglo XXI, a una alta representante de Naciones Unidas afirmar que Estados Unidos y Europa están “subyugados por el lobby judío”. La frase pronunciada por Francesca Albanese en 2014 reproduce exactamente el esquema mental que durante décadas alimentó el antisemitismo político europeo. Cambian los contextos históricos, cambia el lenguaje exterior, permanece intacta la estructura narrativa: los judíos como grupo de presión oculto capaz de someter democracias y condicionar gobiernos.

La gravedad del asunto aumenta todavía más al comprobar que aquellas declaraciones no fueron un episodio aislado. Albanese acusó posteriormente a la BBC de tener “el lobby israelí dentro de sus venas y su sistema”. La imagen vuelve a ser reveladora. Habla de penetración interna, de contaminación institucional, de una influencia que circula por el cuerpo político occidental. Europa ya escuchó demasiadas veces discursos semejantes. Precisamente por eso desarrolló, después de la Shoá, mecanismos éticos y jurídicos destinados a reconocer esos patrones antes de que el deterioro moral avanzara de nuevo. El historiador Yehuda Bauer insistió en que el antisemitismo adapta su lenguaje a las sensibilidades morales de cada época.

La propaganda antisemita nunca necesitó presentar a los judíos exclusivamente como enemigos raciales. Le bastaba convertirlos en una amenaza sistémica. El judío aparecía como manipulador de gobiernos, arquitecto de guerras, responsable de conflictos internacionales y controlador de estructuras culturales o financieras. Aquella construcción permitió que millones de europeos contemplaran las agresiones contra los judíos como respuestas políticas comprensibles dentro de un conflicto mayor.

Ahí reside otra de las dimensiones más inquietantes de las declaraciones de Francesca Albanese tras el 7 de octubre de 2023. Mientras Hamás perpetraba la mayor masacre de judíos desde el Holocausto, asesinando familias enteras, secuestrando civiles y ejecutando actos de brutalidad documentados internacionalmente, Albanese declaró que “las víctimas del 7/10 no fueron asesinadas por su judaísmo, sino como respuesta a la opresión israelí”.

La frase posee una enorme carga ideológica. Desplaza el centro moral de la masacre desde el asesino hacia la conducta previa de las víctimas colectivas. Introduce una lógica justificativa donde el crimen pierde parte de su monstruosidad al quedar absorbido por un contexto político superior. Exactamente ese mecanismo fue utilizado durante décadas por múltiples corrientes antisemitas europeas para relativizar agresiones contra judíos: convertir la violencia antijudía en una consecuencia comprensible de determinadas tensiones sociales, económicas o políticas.

La propaganda nazi operaba frecuentemente de ese modo. Los judíos asesinados, expulsados o perseguidos aparecían descritos como elementos responsables de provocar inevitablemente una reacción histórica. El agresor quedaba diluido en una narrativa de “respuesta”. El odio adquiría apariencia de consecuencia política. La barbarie encontraba cobertura intelectual.

Nadie sostiene que Francesca Albanese sea nazi. La comparación sería absurda e injusta. Pero las democracias europeas aprendieron después de Auschwitz que determinados imaginarios políticos sobreviven incluso cuando desaparecen los regímenes que los popularizaron. El antisemitismo contemporáneo rara vez utiliza la estética del siglo XX. Adopta nuevos códigos morales, nuevas terminologías y causas internacionales. Sin embargo, continúan reapareciendo los mismos elementos de fondo: la sospecha sobre el poder judío, la deshumanización simbólica del Estado judío, la inversión moral que transforma a las víctimas en responsables indirectos de la violencia sufrida y la indulgencia hacia quienes los atacan.

Por eso organizaciones como la Anti-Defamation League, UN Watch y numerosos representantes diplomáticos occidentales condenaron públicamente las declaraciones de Albanese. Francia calificó sus palabras sobre el 7 de octubre de vergonzosas. Alemania expresó alarma ante la relativización del carácter antisemita de la masacre. Deborah Lipstadt, una de las mayores especialistas mundiales en antisemitismo y negacionismo, definió algunas de sus afirmaciones como “abiertamente antisemitas”.

Las polémicas alrededor de Albanese continuaron creciendo en los meses posteriores al ataque de Hamás. Diversas organizaciones internacionales la acusaron de minimizar o cuestionar testimonios sobre las violaciones y agresiones sexuales perpetradas durante la masacre del 7 de octubre. La cuestión posee una enorme sensibilidad histórica. La negación o relativización de la violencia sexual ejercida contra mujeres judías ha acompañado múltiples episodios de antisemitismo contemporáneo, especialmente cuando el sufrimiento judío entra en conflicto con determinados relatos ideológicos dominantes.

También provocaron alarma sus reiteradas comparaciones entre Israel y categorías históricas vinculadas al nazismo o al colonialismo exterminador europeo. La utilización de analogías relacionadas con el Tercer Reich ocupa un lugar especialmente delicado dentro de la memoria judía contemporánea. La definición de antisemitismo de la IHRA incluye expresamente entre sus ejemplos determinadas comparaciones entre la política israelí y la de los nazis cuando estas sirven para demonizar colectivamente al Estado judío o banalizar la singularidad histórica de la Shoá. Precisamente por eso múltiples gobiernos europeos y organizaciones de memoria histórica reaccionaron con preocupación ante ese tipo de discursos.

El problema de fondo trasciende ampliamente las opiniones concretas de una relatora de Naciones Unidas. Lo verdaderamente inquietante reside en la facilidad con la que ciertos sectores intelectuales y políticos occidentales vuelven a tolerar lenguajes que atribuyen a los judíos poderes ocultos, responsabilidades colectivas y capacidades sistémicas de manipulación política o mediática. Europa conoce demasiado bien las consecuencias históricas de esos relatos. El antisemitismo europeo nunca comenzó directamente en Auschwitz. Comenzó mucho antes, en periódicos, universidades, cafés políticos y discursos aparentemente sofisticados donde los judíos aparecían descritos como un cuerpo extraño infiltrado en la vida nacional.

Jean-Paul Sartre escribió en Reflexiones sobre la cuestión judía que el antisemita necesita inventar un judío o un judaísmo abstracto sobre el que descargar sus frustraciones políticas, morales o religiosas. Esa construcción simbólica sigue reapareciendo bajo nuevas formas en el debate contemporáneo. Cambian las terminologías y las sensibilidades culturales, pero permanecen muchos de los mecanismos psicológicos y políticos. El judío colectivo continúa siendo presentado, en determinados discursos, como responsable de tensiones internacionales, conflictos bélicos o deformaciones estructurales de Occidente.

Elie Kedourie advirtió que las ideologías modernas poseen una enorme capacidad para transformar prejuicios antiguos en lenguajes aparentemente emancipadores y su obra es especialmente útil para entender lo que ocurre hoy con determinadas expresiones del antisemitismo contemporáneo.

El odio antijudío ya rara vez se presenta abiertamente como odio racial. Prefiere adoptar el vocabulario de la justicia internacional, del anticolonialismo o de determinadas lecturas radicalizadas del conflicto de Oriente Medio. Sin embargo, bajo esas nuevas formulaciones reaparecen con frecuencia elementos perfectamente reconocibles: sospechas conspirativas sobre el poder judío, culpabilización colectiva y relativización moral de la violencia ejercida contra judíos.

La cuestión trasciende ya a Francesca Albanese como figura individual. El verdadero problema afecta a Europa y a su capacidad para reconocer viejos patrones ideológicos bajo nuevas formulaciones políticas. El Nacionalsocialismo fue una cosmovisión tradicionalista, racial, de exaltación de lo castrense y rechazo de la Modernidad para exaltar la ancestralidad pagana y nórdica. El socialismo tuvo un origen totalmente distinto y antagónico con el primero: materialismo, ateísmo y lucha de clases. Muchos socialistas fueron compañeros de campo de concentración junto a judíos. Es inquietante como se producen herraduras en unos extremos que terminan tocándose cuando el antisemitismo se introduce en las prácticas discursivas.

La memoria jamás debe consistir en recordar las consecuencias finales de la barbarie, también implicaba identificar los relatos, símbolos y mecanismos intelectuales que prepararon el terreno cultural para ella.  Precisamente por eso las declaraciones de Albanese provocan tanta alarma entre quienes consideran que la defensa de los derechos humanos exige coherencia histórica, sensibilidad moral y una vigilancia constante frente a la reaparición de los viejos lenguajes del odio.

Doctor en Filosofía. Abogado. Residente en Madrid, es activista contra el Antisemitismo.

2 Comentarios

  1. Nuria Romero

    Excelente artículo. Hay que hablar claro porque la situación es muy preocupante. Esta Sra es una antisemita reconocida y el presidente del Gobierno de España la premia. Socorro!!!!

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  2. Tomas Gottlieb

    me parece absolutamente bien estructurado el planteo sobre la Sra Albanese y coincido en su gran mayoria con los argumentos esgrimidos. Mi gran pregunta acerca de este articulo y la conducta del Estado de Israel y sus ciudadanos es que pocas veces ( salvo viniendo de grupos de apoyo o alianza con el mundo palestino) haya una autocritica a la conducta que se ha tenido con ese grupo humano desde antes de 1948.
    La permisividad con que los colonos ( ya convertidos en agresores a mansalva) abusan de los Palestinos y sus pocos bienes y territorios, el apoyo irrestricto que les da el ministro Ben Gvir y sus huestes.
    «la ropa sucia se lava en casa», me parece que no puede llevarse hasta ese extremos, luego de haber sufrido como pueblo las persecuciones sufridas.
    No se ve posibilidad de paz sin empatía.

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