El rey David ¿ficción o realidad?

Abr 7, 2026 | Blog

Ramy Wurgaft *

La Biblia Hebrea lo describe como un guerrero intrépido, artífice de un gran imperio y precursor del Mesías redentor. Ciertas monarquías europeas  -como los Hannover (hoy Windsor) o los Borbones- asientan su legitimidad en en él. Los  cristianos inscriben a Jesucristo en su linaje.   

No obstante el aura que le rodea, a mediados del siglo XX surgió entre los investigadores, la  pregunta de si David existió realmente. O si acaso el rey de reyes fue producto de la fecunda creatividad de los autores bíblicos.  

A propósito de la Biblia Hebrea, los primeros arqueólogos en hincar la pala en Israel la consideraban un texto infalible y tenían a sus personajes por  innegablemente históricos. Por cierto, William F. Albright, considerado como el padre de la Arqueología Bíblica era hijo de misioneros metodistas y él mismo un creyente devoto. Nelson Gluek, era un rabino y arqueólogo fomado en el Hebrew Union College. Y el francés Roland de Vaux, arqueólogo e historiador, era un sacerdote dominico. Por tanto, ni ellos ni sus discípulos dudaban de la existencia corpórea del rey David.

Esta era la percepción dominante en la academia, hasta que a finales de la década de los 80 surgió la “escuela de la Copenhague”, llamada así porque sus dos mayores exponentes, Niels Peter Lemche y Thomas Thompson, eran  profesores de Historia Bíblica en la Universidad de Copenhague. Ellos postulaban que la Biblia Hebrea no es otra cosa que una ficción, creada por unos rabinos durante el exilio de Babilonia (entre el 586aC y el 513aC) o incluso más tarde, durante el período helenístico (siglo II aC). “El rey David es tan real como el rey de Bastos”, ironizaba Thomas Thompsón, aludiendo a una figura de la baraja española. 

La escuela de Copenhaguen, también conocida como corriente minimalista, navegaba con las velas henchidas por el escepticismo, cuando en 1993 el arqueólogo israelí Abraham Birán realizó un hallazgo que echaría por tierra la incrédula tesis de Copenhaguen. En un muro del yacimiento de Tel Dan (Galilea) apareció el fragmento de un monolito de basalto, que llevaba una inscripción del siglo IX aC atribuida a Hazael, rey de Aram Dameseq. En ella, el monarca arameo refería su victoría sobre el rey israelita Yehoram y… sobre el rey judaita Ahaziahu de la Casa de David; vale decir…de la dinastía del rey David. Es más, tras la revisión minuciosa de otra fuente extra-bíblica; la Estela (monolito) de Moab, atribuida al rey moabita Meishá y también fechada en el siglo IX, apareció otra mención alusiva al susodicho rey hebreo.

La inscripción de Tel Dan, la primera evidencia histórica del rey David
La inscripción de Tel Dan. Del 850 AC, está escrito que el rey arameo Jazael mató al rey Ajaziahu, de la casa de David
El monolito de Meishá, rey de Moav en el siglo 9 AC. Ahí también aparece el nombre de David
Meishá, rey de Moav en el siglo 9 AC. Ahí también aparece el nombre de David

Pues bien, más allá de lo que relatan las escrituras, la arqueología había aportado  pruebas irrefutables de la existencia de un David de carne y hueso. Pero aún quedaban dudas rondando al personaje. Desde la década de los 90 hasta hoy, la discusión gira en torno a  las grandes conquistas militares que la Biblia Hebrea atribuye a David y al imperio que éste habría forjado, extendido entre wadi El Arish (Sinaí) y el río Éufrates (Mesopotamia).  De acuerdo con la postura representada por Israel Finkelstein, arqueólogo y catedrático de la Universidad de Tel Aviv, las amplias conquistas adjudicadas a David hubieran requerido de colosales recursos humanos y materiales. Recursos de los cuales el territorio de la tribu de Judá -la matriz del reino de David- estaba desprovisto. En base a los estudios de la paleo-agricultura y a las estadísticas -disciplinas incorporadas a la arqueología moderna- se ha podido determinar que la Judá de la época de David (entre el 1005 aC y el 970 aC) estaba compuesta por no más de una veintena de aldeas pastoriles con una población cercana a los 1.200 habitantes, de los cuales sólo unos 400 habrían sido aptos para el combate.

El nombre de David en caracteres hebreos antiguos
El nombre de David en caracteres hebreos antiguos

El segundo argumento que esgrime Israel Finkelstein refiere a que si David hubiera forjado un gran imperio, esa grandeza debería haberse visto plasmada en Jerusalén; de la misma manera que la grandeza del Imperio Romano se reflejaba en Roma y la del Imperio Asirio en Nínive. Sin embargo, las numerosas y prolijas excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en Jerusalén (desde 1961 hasta el presente) no han arrojado vestigio alguno de arquitectura monumental atribuible al siglo X aC, la época correspondiente al reinado de David y de su hijo Salomón. La Jerusalén que la Biblia Hebrea describe como insignia de una Edad Dorada, habría sido un pueblo de alrededor de 200 habitantes. Estas consideraciones llevaron a Israel Finkelstein a una conclusión radical: David no fue más que el jefe de Judá, su propia tribu. A lo sumo, monarca del Reino Unificado (Judá e Israel) por un período no mayor de quince años.  

Al otro lado de la contienda davídica se encuentra Yosef Garfinkel, arqueólogo y catedrático de la Universidad Hebrea de Jerusalén. De partida, Garfinkel señala que, pese a ser el territorio más excavado del mundo, Jerusalén presenta enormes obstáculos a la investigación arqueológica. Primero, las áreas de mayor relevancia para reconstruir la historia del antiguo Israel, o bien se encuentran ocupadas por santuarios musulmanes -como las mezquitas en el monte donde se alzaba el Templo de Salomón- o bien corresponden a vecindarios árabes actualmente habitados.  Segundo, la grandiosa obra constructiva de Herodes en Jerusalén (entre el 37aC y el 4aC) y de los romanos (del siglo II aD al siglo IV aD) arrasaron con gran parte de las estructuras preexistentes, incluídas las del periódo del rey David.

“La búsqueda de David y su reino no debe circunscribirse sólo a Jerusalén”, afirma Garfinkel. El veterano arqueólogo dirigió las excavaciones en Shaaraim, ciudad-fortaleza situada a 32 kilómetros al oeste de Jerusalén que aparece mencionada en la Biblia Hebrea en el contexto del duelo entre David y Goliat. Las excavaciones dieron a luz dos pórticos monumentales, imponentes murallas con piedras de hasta ocho toneladas, grandes depósitos de granos, aceite y vino así como un edificio palaciego. Entre las ruinas aparecieron cerámicas importadas de Chipre, estaño proveniente de Turquía y joyas de manufactura egipcia, todo lo cual denota la mantención de extensos lazos comerciales. El broche de oro fue el hallazgo de una inscripción en hebreo arcaico, entre las más antiguas que se han hallado en Israel. Las pruebas con Carbono 14 han permitido fechar a Shaaraim entre el 1020 aC y el 980 aC, vale decir, dentro del período del rey David. 

Qeiyafa - Sitio arqueológico de Shaaraim
Qeiyafa – Sitio arqueológico de Shaaraim

Yosef Garfinkel considera improbable que David haya establecido un imperio entre el Sinaí y el río Éufrates. Pero las excavaciones en Shaaraim, en Beit Shemesh y  en Hebrón -las grandes ciudades de la época davidiana también situadas en Judá- demuestran que David fue un monarca hecho y derecho. “No el reyezuelo que describe mi colega”, dice Garfinkel, refiriéndose a Israel Finkelstein y sus postulados.

Al margen de si fue un caudillo tribal o un gran emperador, la saga de David constituye una de las cumbres literarias de la Biblia Hebrea. Contenido en los libros Primero y Segundo de Samuel, el relato nos cautiva y conmueve porque reconocemos en David y en los otros actores de la trama, las virtudes y los defectos que caracterizan al género humano en todos los tiempos.

* Ramy Wurgaft, ciudadano chileno-israelí, es Lic. en Relaciones Internacionales por la Universidad Hebrea de Jerusalén, periodista y conferencista, especializado en temas bíblicos y arqueológicos

1 Comentario

  1. Carles

    Molt Bona, Explicacio de la Vida del Reí David.

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