La paz como coartada

Mar 11, 2026 | Blog

El pacifismo sin análisis político sirve a  las tiranías

Por Guillermo Atlas *


Tras las tragedias del siglo XX, la paz se convirtió en un ideal moral indiscutido; pero cuando sustituye el análisis político puede terminar funcionando como una coartada frente al expansionismo de las tiranías.


En los debates contemporáneos sobre la guerra aparece con frecuencia una palabra que parece cerrar cualquier discusión: paz. Pocas nociones poseen hoy una legitimidad moral tan inmediata. En el discurso público occidental, invocar la paz funciona casi siempre como una forma de superioridad ética: quien la pronuncia parece colocarse automáticamente del lado correcto de la historia.

Sin embargo, precisamente por esa autoridad moral casi automática, la palabra paz corre el riesgo de convertirse en una abstracción que sustituye el análisis político. Cuando la paz se invoca como consigna moral absoluta, deja de ser un proyecto político concreto y se transforma en una fórmula retórica que evita la pregunta fundamental: paz bajo qué condiciones y frente a qué actores.

El escritor israelí Amos Oz expresó esta tensión con una claridad que incomoda tanto al pacifismo ingenuo como al realismo cínico. Oz criticaba con ironía a cierto pacifismo europeo abstracto que creía posible abolir la guerra mediante declaraciones morales. No se trataba de una defensa de la violencia, sino de una advertencia: desear la paz no significa ignorar la realidad del conflicto. Cuando un adversario declara abiertamente su intención de destruirte, la defensa deja de ser una opción ideológica para convertirse en una cuestión de supervivencia.

Esta distinción —entre el ideal de la paz y la responsabilidad de la defensa— atraviesa toda la historia del pensamiento político.

La guerra en la tradición política

Desde la antigüedad, la filosofía política ha intentado comprender la guerra sin reducirla a una anomalía moral. Platón entendía que los conflictos entre ciudades surgían de ambiciones y necesidades humanas que ninguna moral abstracta podía eliminar. Niccolò Machiavelli, muchos siglos más tarde, sostuvo que la capacidad de defenderse era una condición elemental de la existencia del Estado.

Incluso los pensadores más universalistas, como Immanuel Kant, imaginaron la paz no como un simple deseo moral, sino como el resultado de instituciones políticas capaces de limitar la violencia entre los Estados. La paz perpetua kantiana no era una utopía sentimental, sino un proyecto jurídico y político basado en repúblicas, tratados y normas internacionales.

La historia moderna parece confirmar esa intuición: la paz rara vez ha sido el resultado de proclamaciones morales. Ha surgido, más bien, de equilibrios de poder, instituciones políticas y acuerdos entre actores que reconocen límites a la violencia.

Pensadores liberales del siglo XX, como Raymond Aron, insistieron en esta idea: la política internacional no puede analizarse con los mismos criterios morales que las relaciones entre individuos. En el mundo de los Estados, la paz depende no solo de las intenciones, sino también del reconocimiento de amenazas y de la capacidad de responder a ellas.

El pacifismo europeo y sus límites históricos

La historia europea del siglo XX ofrece una advertencia sobria sobre los límites del pacifismo cuando se enfrenta a regímenes totalitarios y expansionistas.

En la década de 1930, profundamente marcada por el trauma de la Primera Guerra Mundial, la sociedad del Reino Unido desarrolló una importante corriente pacifista y antibelicista. El rechazo a la guerra era comprensible: millones de muertos habían dejado una huella profunda en la conciencia europea.

Sin embargo, ese clima moral también favoreció una ilusión política peligrosa: la idea de que la paz podía preservarse simplemente evitando el conflicto. Esa ilusión estuvo presente en la política de apaciguamiento que culminó en el Acuerdo de Múnich. El intento de evitar la confrontación con el régimen de Adolf Hitler no preservó la paz, sino que facilitó el camino hacia una guerra aún más devastadora.

La lección que muchos pensadores extrajeron de aquel episodio fue clara: el deseo de evitar la guerra puede convertirse en una forma de ceguera política cuando se enfrenta a proyectos de dominación que no comparten ese mismo horizonte moral.

El retorno del dilema en el siglo XXI

Este dilema reaparece hoy en múltiples conflictos internacionales. El debate europeo sobre la guerra en Ucrania mostró hasta qué punto el pacifismo contemporáneo enfrenta una tensión difícil de resolver. Durante décadas, la cultura política alemana se construyó sobre un fuerte rechazo de la guerra. Sin embargo, la invasión rusa obligó a replantear ese consenso.

La pregunta dejó de ser si la guerra es deseable —nadie sostiene seriamente que lo sea— y pasó a ser otra: si una sociedad puede defender la paz sin estar dispuesta a defenderse.

Este tipo de simplificación moral no es nuevo. A lo largo de la historia moderna, los conflictos internacionales han sido interpretados repetidamente a través de marcos ideológicos que sustituyen el análisis político por narrativas morales prefabricadas. Cuando esto ocurre, la comprensión del conflicto se vuelve secundaria frente a la necesidad de confirmar una visión del mundo.

Protestas pro-palestinas en Washington. Carecen de cualquier contexto y análisis de la realidad, movidos por consignas que resuenan con la realidad política local más que con el conflicto entre israelíes y palestinos

En algunos sectores de la izquierda europea, figuras como la alemana Sahra Wagenknecht o movimientos como Podemos de España han articulado discursos fuertemente antiatlantistas que tienden a interpretar la política internacional mediante un esquema moral binario: Occidente como principal fuente de imperialismo y sus adversarios como actores meramente reactivos.

En Alemania este fenómeno ha dado lugar al término “Putin-Versteher”, utilizado para describir a quienes tienden a relativizar la responsabilidad del Kremlin en la guerra contra Ucrania. Más allá de las polémicas que rodean esa etiqueta, el debate revela un problema intelectual más profundo: la tendencia a reducir conflictos complejos a narrativas morales simplificadas.

El conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán

Esta simplificación resulta particularmente problemática cuando se analiza el conflicto que involucra a Estados Unidos, Israel e Irán.

Desde la revolución iraní de 1979, la República Islámica ha desarrollado una estrategia regional que combina confrontación ideológica, proyección de poder a través de milicias aliadas y agresividad aniquilatoria hacia Israel. Organizaciones como Hezbolá en Líbano, milicias chiíes en Irak o los hutíes en Yemen forman parte de una arquitectura regional que permite a Irán ejercer influencia sin recurrir necesariamente a una guerra convencional directa.

La política regional iraní no responde únicamente a cálculos estratégicos clásicos. El régimen se concibe a sí mismo como una revolución destinada a desafiar el orden regional existente y a proyectar su influencia más allá de sus fronteras. En ese contexto, la confrontación con Israel y con Estados Unidos forma parte no solo de una rivalidad geopolítica, sino también de una narrativa ideológica.

A ello se suma la dimensión estratégica del programa nuclear iraní, que plantea interrogantes fundamentales para el equilibrio regional. Para Israel, un Estado pequeño y geográficamente vulnerable, la posibilidad de que un régimen que cuestiona abiertamente su legitimidad adquiera capacidad nuclear constituye un desafío existencial.

Reducir esta situación a una simple oposición entre guerra y paz oscurece su naturaleza política. La política internacional rara vez ofrece elecciones tan simples.

La ética judía frente al conflicto

La tradición judía ofrece una perspectiva particularmente sobria sobre esta tensión entre paz y guerra. El concepto hebreo de shalom ocupa un lugar central en la tradición bíblica y rabínica. Derivado de la raíz shalem, que significa “completo” o “entero”, designa una condición de plenitud que abarca la seguridad, la justicia y la armonía social.

En la tradición bíblica, la paz no puede separarse de la justicia. Los salmos describen poéticamente esta relación afirmando que “la justicia y la paz se besan”.

La paz no es simplemente lo contrario de la guerra, sino el resultado de un orden jurídico, político y moral en el que la justicia pueda florecer. Por eso los sabios talmúdicos enseñan que «el mundo se sostiene sobre tres cosas: la justicia, la verdad y la paz». No puede haber paz duradera sin justicia (relaciones justas y sostenibles).

La tradición judía no glorifica la guerra. Incluso la violencia necesaria deja una marca moral: el rey David, a pesar de ser el fundador del reino, no puede construir el Templo porque ha derramado sangre. Sin embargo, la defensa de la vida tiene prioridad sobre principios abstractos. El principio de pikuaj nefesh —la obligación de preservar la vida humana— ocupa un lugar central en la ética judía.

Entre el cinismo del poder y la ingenuidad moral, esta tradición propone algo más exigente: una ética de la responsabilidad frente al conflicto.

Paz sin ilusiones

La aspiración a la paz sigue siendo uno de los logros morales más importantes de la civilización moderna. Después de las catástrofes del siglo XX, el rechazo de la guerra se convirtió en un principio central de las sociedades democráticas.

El ideal pacifista actúa muchas veces como una capa bajo la cual se ocultan intenciones muy distintas a la regulación no violenta de las relaciones humanas.

Recordemos cómo el sistema soviético convirtió el llamamiento a la “paz” en la pieza central de su estrategia ideológica. Durante la Guerra Fría infiltró sistemáticamente los “movimientos por la paz” en las democracias occidentales.

En ese mismo sentido, hoy los apologetas de Putin, desde la izquierda hasta la derecha, apuestan con creciente éxito por los reflejos pacifistas presentes en amplios sectores de la opinión pública democrática, con el fin de debilitar la disposición de resistencia de las sociedades occidentales frente al expansionismo de Rusia, Irán y China.

De cara a la guerra actual contra el régimen de los ayatolás, la historia no admite ingenuidades. Las políticas principistas y abstractas basadas en ideas cuasi místicas, que ignoran el juego político internacional, no preservan la paz: favorecen una pasividad negligente frente a la tiranía y la injusticia. Cuando la política se rige únicamente por una ideología, se convierte en religión. Y las religiones, como sabemos, no negocian.


* Guillermo Atlas, residente en Frankfurt, es sociólogo, periodista y ensayista. Desde hace años escribe sobre política internacional, pensamiento judío contemporáneo y formas actuales de antisemitismo, con especial énfasis  en los debates en torno a Israel y a la recepción poscolonial del conflicto de Oriente Medio. Colabora habitualmente con el periódico Nueva Sión y con otros medios de la comunidad judía de habla hispana, donde aborda las tensiones entre universalismo e identitarismo, así como los modos en que las guerras culturales redefinen el lugar del judaísmo en las sociedades democráticas.

1 Comentario

  1. Carles

    Es Molt fácil,de respondre,quan es parla de Pau,vol dir no a les Armes,no val a dir,que les opinions,de tothom,no tinguin sentit,el Sr Atlas ha intelectualítzat,l’ escrit,en el cas,del Judaisme,cal dir que el Poble Jueu,está mes que Fort,amb l’antisemitisme ,hi ara donaré
    La meva impresio per abolirlo,Israel,i el Poble Jueu,sempre han estat perseguitats i
    Maltractats,hi esclavitzats,Els Jueus hem de reconduir al Nostre taranna,cap a situaciones
    Politiques mes diferents de les actuals hem de Fem i Ser Guardians de la Igualtat,la Democracia,i les Llibertats.

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